calle larios

Carretería o la metamorfosis posible

  • Ya advertían los clásicos de que la decadencia es consecuencia inevitable del paso del tiempo

  • El problema es la prescripción de un único modelo válido para la preservación ideal

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En la Tribuna de los Pobres hay un tipo que debe rondar la cincuentena, con barba cana de pocos días y una ligera cojera en la pierna izquierda. Viste un chándal zarrapastroso y lleno de lamparones y unas deportivas ajadas y sin cordones. Lleva la cabeza cubierta con una capucha del mismo rojo del chándal y, bajo la misma, unos auriculares gruesos y dorados bien asidos al cráneo, como un parásito alienígena. A poco que uno se le acerque percibe el estruendo del chunda chunda que desemboca directamente en sus oídos. El hombre arrastra su impar caminata con brío y decisión y, llegado al paso de cebra, no se detiene: cruza la calle al mismo ritmo en dirección a Puerta Nueva y obliga a un conductor (que afortunadamente había sido precavido y circulaba a velocidad reducida) a dar un frenazo. El claxon del automóvil resuena insistente a modo de reprimenda pero el de los cascos sigue a lo suyo como si no escuchara nada, lo que por otra parte es seguramente lo que sucede. Apenas veinte metros después en dirección norte, una mujer gruesa y bajita tocada con un hiyab empuja fatigosamente un cochecito donde un niño de no más de dos años llora como si le fuera la vida en ello. A su lado camina el que debe ser su marido, un árabe alto, fornido, que viste vaqueros impolutos, camiseta blanca y unas chanclas que dejan al aire sus pies negros. El hombre habla a la mujer a voz en grito, seguramente para sobreponerse al llanto del niño, que hace caso omiso a los tímidos intentos de consuelo de la señora. El árabe se expresa así poderosamente en su idioma y parece indignado, tal vez por algo que está echando en cara a su esposa (eso parece), tal vez por un negocio que se ha ido al garete; bajo su velo, la mujer, de rostro redondo y proclive a la ternura, se permite un leve gesto que le basta para exhalar una tonelada de hartazgo y media de resignación. Un agente de policía pone una multa a un coche aparcado en doble fila con las luces de emergencia encendidas. Las aceras están sucias, con la roña y diversos plásticos, así como restos orgánicos, adheridos al firme, mientras en el asfalto y los neumáticos continúa el ritual pegajoso que han derramado los cirios de la Semana Santa. Dos chicas que ríen a carcajada limpia en inglés un chiste que ha debido ser demasiado gracioso avanzan como dando zancadas. Sus reducidas indumentarias dejan al aire libre la piel blanca y unos tatuajes de nostalgia punk que casan más bien poco con sus melenas rubias. Las dos reciben un piropo singularmente obsceno de un malaguita que sigue luego hablando solo para quejarse de Rajoy y, en un quiebro que parece ensayado, entran en un bar donde sirven desayunos orgánicos y zumos detox. El reloj casi señala el mediodía. Otra joven seguramente forastera, aunque quién sabe, pelirroja y vestida con un peto, lleva en riguroso silencio su colada a cuestas y se mete en una lavandería, donde un hombre canijo como el alambre espera sentado que termine lo suyo mientras lee el periódico. El bulldog francés que aguarda obediente en la puerta del establecimiento debe ser suyo. La chica entra sin saludar, deja la colada en el suelo y busca una lavadora disponible. En el cruce con Andrés Pérez hay un cónclave de señoras inusualmente elegantes que parecen ultimar los detalles de algún acontecimiento, seguramente religioso, del que van a ser protagonistas: llevan carpetas iguales y conservan cierta similitud en sus indumentarias. Un tipo mal encarado, con una cicatriz en la mejilla, sale de un chino con una cerveza en la mano como si nos perdonara la vida a todos. En el cruce con Gigantes, una anciana vestida de negro de los pies a la cabeza arrastra un carrito de la compra y se detiene a coger fuelle cada dos pasos.

En los últimos días he conversado con varios vecinos de Carretería y todos se muestran contrarios a la semipeatonalización (que será peatonalización completa en Álamos) anunciada por el Ayuntamiento. No quieren ver esto invadido por cruceristas, franquicias y olor a fritanga. Y hay cierta impresión de fatalidad en el hecho de que la única manera posible de darle a esta frontera urbana natural una mayor dignidad pase por expulsar a sus vecinos. Mientras tanto la vida sigue, ensimismada.

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