Creando la medicina del futuro

  • Una veintena de investigadores busca tratamientos contra la obesidad, la diabetes o el efecto de las drogas

Las células hablan, pero para entenderlas hay que saber su idioma. Un grupo de 17 investigadores del Laboratorio de Medicina Regenerativa del Carlos Haya se dedica precisamente a descifrar el lenguaje de los genes, las proteínas, las grasas o los azúcares. En síntesis, mientras los facultativos del hospital en sus consultas hacen la medicina de hoy, este puñado de trabajadores pone los cimientos de la medicina de mañana.

Por ejemplo, el grupo de Fernando Rodríguez Fonseca -coordinador nacional de la Red de Trastornos Adictivos- está buscando tratamientos para prevenir los daños del éxtasis. El investigador está convencido de que el consumo de este estupefaciente en un futuro no muy lejano desembocará en depresiones y demencias y que hay que empezar ya a buscar soluciones. Pero no es su único campo de trabajo. También ha patentado dos medicamentos contra la obesidad y la diabetes que suprimen el apetito y reducen el almacenamiento de grasas.

Los investigadores buscan financiación donde sea para sacar adelante sus proyectos: ministerios, consejerías, fundaciones y hasta algún maratón televisivo. Conseguir fondos a veces resulta más difícil que descubrir los mensajes de las células, pero si algo tiene este colectivo formado por biólogos, bioquímicos y médicos es su tesón.

La coordinadora del laboratorio es Elena Baixeras. Su línea de trabajo consiste en descifrar los mecanismos de desgaste y regeneración del hígado. Su estudio sobre cómo el virus de la hepatitis C bloquea los sistemas de defensa del tejido hepático ha sido publicado en el Journal of pathology. La investigación no es desdeñable si se tiene en cuenta que esa patología es una de las principales causas del colapso del hígado. Pero Baixeras tiene más estudios en marcha. En células animales, esta investigadora provoca un daño hepático. Después se dedica a espiar cómo el hígado de manera natural regenera el tejido dañado. Es decir, a escuchar los mensajes de las células. "Primero callamos a un gen, después a otro y así vemos cómo actúa cada uno en la regeneración hepática", explica la investigadora.

Aunque estos trabajadores estén construyendo la medicina del futuro, su objetivo ya lo expresó Hipócrates en el siglo V antes de Cristo: hacer terapias a la carta porque -como decía el médico griego- "no hay enfermedades sino enfermos". En otras palabras, que el tratamiento de una misma dolencia no va bien para todos los pacientes. Por eso el empeño es avanzar en una medicina personalizada.

Y para empeño, el de Antonio Luis Cuesta, investigador del laboratorio y presidente del Grupo Europeo para el Estudio de la Genética de la Diabetes. Hace una década, este médico ya predicaba la importancia de la diabetes monogénica, denominada así porque está causada por un solo gen y que supone en torno al 5 por ciento del total de la patología. Los avances hechos en este campo han permitido que muchos bebés con la enfermedad se traten con fármacos orales y no tengan que pincharse insulina. Cuesta también estudia el hiperinsulinismo, o sea, lo contrario de la diabetes: la excesiva producción de insulina. El laboratorio del Carlos Haya es el que más mutaciones ha descrito en el mundo del gen que provoca esa enfermedad. Otra línea de trabajo de este investigador es de ingeniería genética con islotes pancreáticos. Estas células son las responsables de producir la insulina. Aunque su uso en pacientes está paralizado a la espera de adaptaciones a la normativa europea, el trabajo en laboratorio para crear islotes de alta eficacia nunca se ha parado. Dada la alta prevalencia de la diabetes, es una línea de investigación en la que hay puestas muchas expectativas.

El laboratorio funciona en un sótano del Carlos Haya. Su mantenimiento y los investigadores dependen de la Fundación Imabis, una organización integrada por el PTA, la Universidad y los hospitales públicos de la provincia. Pese a que las instalaciones fueron inauguradas hace apenas un par de años, los trabajadores ya han hecho alguna pequeña reforma para dar cabida a nuevos aparatos. Hay un área a la que llaman cocina, donde preparan cultivos o esterilizan instrumentos y otra donde hay un congelador que a 80 grados bajo cero guarda quién sabe que experimento. Sorprende que en un espacio tan pequeño quepan tantos investigadores y se maneje tanto conocimiento.

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