Crónica cualquiera del fin del mundo

  • Oh, melancolía l Hay diversas maneras de hacerse viejo: una es comprobar cómo los bálsamos más íntimos se convierten en artesanías simpáticas al borde de la extinción l Frente al mercado de Atarazanas, Pat Discos se parece al cementerio de los elefantes l Pero allí descansan muchos amigos

Comentarios 0

CUANDO se pasea por Éfeso, la sensación que embriaga los sentidos es la del planeta metido en un puño. Quienes hayan tenido la fortuna de someter el Mediterráneo desde sus calles, adorar a Adriano en su templo, imaginar a San Pablo predicando en el enorme teatro y embriagarse de los pilares de la sabiduría en la biblioteca pueden decir, a su manera, que han vivido. O, como Blas de Otero, que han visto y han creído. Volví a recordar recientemente mi particular viaje al enclave de la Magna Grecia, hoy en Turquía, al leer un texto de Eugenio Trías sobre los filósofos clásicos. En concreto, recordé mi visita a las casas, las mansiones familiares que entonces, hace año y medio, se encontraban sometidas a un amplio proceso de excavación pero que admitían el tránsito de curiosos (la mayoría de los turistas ignoraban esta oferta) mediante un complejo sistema de andamios y pasillos elevados. Lo que más me llamó la atención de aquellas viviendas, pertenecientes en su mayoría a comerciantes, eran los mosaicos que adornaban paredes y suelos: la mayoría representaban a modo de retratos a los grandes pensadores que sentaron las bases del conocimiento, a Sócrates, Aristóteles, Pitágoras, Platón. Sus rostros invocaban la lucidez con los ojos muy abiertos y sus nombres posaban escritos en enormes caracteres. Los griegos que habitaron aquella hermosísima ciudad en el salto que condujo de la Antigüedad a nuestra era se divertían decorando sus chalés con los primeros planos de aquellos ilustrados, cual adolescentes que fijan con chinchetas en sus cuartos los pósters de sus ídolos de la canción. Al descubrir este hallazgo, subía a la boca un sabor agridulce, una sensación de abismo entre el presente y el pasado que se abría ante los ojos. Si hoy a cualquiera que le dé por colgar en su salón la imagen más heroica del Che Guevara le tildan de vejestorio soplamocos, imagínense la que tendría que soportar alguien que se atreviera a equilibrar el pasillo con un perfil de Anaxágoras. Con la filosofía y las humanidades metidas en el fondo del pozo educativo de los fracasos curriculares y la objeción a la Educación para la Ciudadanía contemplada por muchos como derecho cívico (la paradoja es digna de Wittgenstein), cualquier día ni una novela de Saramago podrá salvar el mito de la caverna. El mundo de Éfeso, con sus mosaicos, es exactamente lo que puede verse en las postales: una ruina.

Ahora que todo va tan rápido, la frecuencia con que los modelos de la mayoría pasan de moda (valga la redundancia) es abrumadora. Sin ir más lejos, los de mi quinta, que ayer éramos unos niñatos, tenemos ya motivos varios para sentirnos viejos. No sé ustedes, pero cada vez que me da por comprar un disco me siento abuelete de bastón y batallita que va al quiosco a comprar sus caramelos. Uno entra a Pat Discos, frente al mercado de Atarazanas (verdadero reducto superviviente de los establecimientos de su género), y le da como vergüenza: los sobrinos, los amigos y los compañeros (excepto García Gómez, único en su especie y hombro para el llanto en estos menesteres) sólo escuchan la música que se bajan de internet o descargan en el móvil, y yo, por mucho que a la EMI le prendan fuego y Paul McCartney grabe sus discos para una multinacional cafetera, ni sé cómo funciona el eMule ni me importa. Lo que me gusta es abrir las fundas, extraer las carpetas y ver quién toca el bajo en el corte cuatro. En Pat Discos descansan mis filósofos griegos particulares, Lou Reed canta a la gloria del amor en Coney Island baby, yo tengo 15 años, leo la letra y me conmuevo como un estúpido; Robert Fripp se armó de valor para rearmar a King Crimson en los 80 y desguazó mis tímpanos en Discipline; Solsbury hill de Peter Gabriel es el himno de mis días de fiesta; todos, amigos, son parte de un mundo que se acaba, pero las ruinas de Éfeso son las mías.

más noticias de MÁLAGA Ir a la sección Málaga »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios