Desfile con el corazón en la primavera

  • Desde el Parque hasta Cortijo Alto, el trayecto de la línea 4 de la EMT es un banquete de contrastes entre edades, silencios, ruidos, intenciones y miradas, a vueltas con la ciudad ensimismada

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Son las 10:25 en la Glorieta de Torrijos. Es una mañana espléndida de un día cálido y luminoso de febrero, que anticipa ya una primavera latente a la vuelta de la esquina. El autobús de la línea 4 echa a andar con una sola ocupante a bordo, una mujer que se sienta en la zona intermedia y que lee con fruición un periódico gratuito. En la siguiente parada, en el Paseo del Parque frente al Ayuntamiento, suben seis personas, entre ellos un matrimonio que se sienta junto a la misma mujer. Ella, que lleva todavía la boca cubierta estratégicamente con una bufanda, lee a su marido en voz alta una noticia de otro ejemplar del mismo diario gratuito. El cónyuge, un señor con el rostro enrojecido, grueso y cuyas manos delatan la práctica de un oficio obrero, aparenta cierta atención con la que más bien disimula su paciencia. En la siguiente parada, ya en el cruce del Parque con la Marina, suben dos muchachas que se sientan en la parte trasera y empiezan a discutir sobre un examen que han hecho hace poco y un problema que una de ellas tuvo con el límite permitido para la extensión. El tráfico es fluido en la Plaza de la Marina y el autobús circula por su carril sin invasiones indeseables. En la Alameda suben nueve viajeros. Se trata de un grupo heterogéneo en edades y perfiles, desde un niño de no más de 8 años, peinado con flequillo perfecto y con un audífono que sube en compañía de su madre, hasta personas mayores que se apresuran ya a ocupar los asientos libres. Un hombre pregunta al chófer por el autobús que lleva a Campanillas, y el conductor le indica dónde puede coger el 25. Cuando el automóvil está a punto de continuar el viaje, una pasajera que había subido en el Parque y que se ha distraído con una conversación que mantiene a través del móvil solicita la salida in extremis. Las puertas se abren y la mujer abandona el vehículo con prisa notoria.

En Hacienda suben dos personas. Uno de ellos es otro señor mayor que se sienta junto a la salida central. Viste el pantalón gris de un pijama, mocasines, una chaqueta de chándal y camisa a cuadros. Lleva unas gafas seguramente indicadas para la miopía de la que hace gala y que alcanzan a cubrirle casi todo el rostro. El hombre lleva metido en un bolsillo de la chaqueta un radio-cassette por el que suena a un volumen considerable Rocío Jurado cantando Soy de España. Pero nadie le llama la atención. De alguna forma la sintonía encaja bien en el paisaje. El autobús llega a la Avenida de la Aurora, donde hay un atasco considerable, y permanece detenido unos minutos. El chófer entabla una conversación a través de su ventanilla con el conductor de un autobús de la línea 14 que circula en el carril contrario. Discuten sobre horarios y frecuencias. El niño del audífono llama la atención de su madre con entusiasmo: "¡Mira, mamá, la Policía!", y buena parte del pasaje responde con risas. El atasco continúa. Se escuchan quejas y resoplidos. Una mujer consulta su reloj cada pocos segundos y un hombre juguetea con un sobre que lleva en la mano.

Una vez que el autobús alcanza la calle Gabriel Celaya, junto al centro comercial Larios, el tráfico parece mucho más despejado. Incluso en la rotonda del cruce con la Avenida de las Américas, habitualmente atestada, el automóvil se incorpora a su carril de inmediato mientras en el radio-cassette Rocío Jurado canta ahora Tus cinco toritos negros. Ya en el Paseo de los Tilos, frente a la Estación de Autobuses, bajan dos pasajeros (uno de ellos es un joven con gafas de sol, chaqueta de cuero y un bolso de The Beatles que recuerda levemente al Bob Dylan de The Freewheelin') y suben veinte ávidos estudiantes acompañados de una profesora. Parecen tener entre 16 y 18 años y van a hacer una gymkana. Se precipitan todos en la parte trasera, en su mayoría sentados, y la profesora procede a distribuir el grupo por parejas. Para ello decide recurrir a la suerte y extraer unos papelitos con los nombres de todos los alumnos que otro chaval le sujeta con ambas manos. Cada pronunciamiento es celebrado con vítores ruidosos por los exaltados adolescentes. Apenas se escucha ya a Rocío Jurado.

El Paseo de los Tilos aparece esta mañana singularmente vivo, efervescente en sus bazares, bares y demás comercios. Hay africanos sentados en los bancos, magrebíes que ríen frente a un local que vende camisetas de Messi a bajo precio, amas de casa que discuten a corro con sus carros de la compra estratégicamente colocados en la acera, vendedores de lotería que compadrean con los vecinos y dos jubilados de guayabera y rebeca de punto que fuman a discreción en la puerta del estanco. El sol de da lleno en la calle y eso se traduce en chaquetas asidas en la mano o anudadas en la cintura. En el cruce con Cruz de Humilladero bajan siete personas, entre ellas las dos chicas que discutían sobre su examen con un más que notable ceceo y el matrimonio que compartía el periódico gratuito, ahora abandonado en el asiento. Justo después, ya en el semáforo, el autobús se sitúa junto a otro vehículo de la misma línea que acaba de salir de la misma parada. El chófer abre la puerta de acceso para poder decirle algo al otro conductor y le da la preferencia para la siguiente parada. Así que el nuestro pasa de largo en la primera de Ortega y Gasset, ya que nadie la ha solicitado. El hombre del radio-cassette se levanta entonces, pulsa el botón para solicitar la parada y se dirige a la parte trasera. Una joven que va con la pandilla de la gymkana le pregunta, "¿Va usted a bajar?", y el hombre asiente con la cabeza. "¿No le importaría hacerlo por la otra puerta, que está más cerca y además vacía?", le indica la incondicional del whatsapp. Pero el hombre no se dirige a la otra puerta, sino a la plaza que había ocupado y en la que vuelve a sentarse. La jovencita muestra una expresión de incredulidad y algunos compañeros se ríen. La profesora pregunta qué ocurre, la alumna le responde correctamente y la profesora se limita a sonreír. La siguiente parada es la de la antigua prisión provincial, frente a Santa Julia. El autobús se detiene, pero no se produce intercambio de pasajeros, a pesar de que un hombre de edad avanzada, muy moreno y tocado con una gorra de pintor, está sentado en la marquesina como esperando que venga alguien a recogerlo. La cinta de cassette ha llegado a su fin, así que su propietario toma el radio-cassette del bolsillo, extrae la cinta, le da la vuelta, vuelve a meterla y pulsa el play. El hilo regresa, ahora apenas perceptible.

El tráfico en el cruce con Juan XXIII también es sorprendentemente ligero. Un hombre se tambalea por la avenida vestido con un abrigo raído y con un cartón de vino blanco en la mano. No vuelven a bajar ni a subir pasajeros hasta Cortijo Alto, junto al campo de fútbol, donde abandonan los estudiantes y otros usuarios. El niño del audífono y su madre bajan en la calle Mefistófeles. En la última parada, en la Ciudad de la Justicia, quedan seis pasajeros, incluida Rocío Jurado. Son las 10:50. Fin del trayecto.

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