Disección de un autógrafo

  • Con una velocidad de crucero de ocho mil hormonas por minuto, la alfombra roja es un coágulo de historias que transcurren de forma efímera pero significativa l La proyección en el otro es inmediata y se da en las dos direcciones l El Festival de Cine convierte a Málaga en una ilusión

EL chico reconoce a la chica al instante. Él es un adolescente de rostro iluminado por el hallazgo, de aficiones comunes y limpieza en la mirada, que como todo el mundo persigue a sus ídolos. Ella es una mujer joven que trabaja en una serie de televisión de éxito. Es posible que él no recuerde su nombre, que incluso se dirija a ella por el nombre de su personaje, un nombre poco agraciado, incluso paródico. Al chico le daría vergüenza llamarla así. Pero si la llama por su nombre se marcará un tanto y destacará por encima de sus compañeros. Entonces sí habrá valido la pena esperar aquí tantas horas, aunque mañana tenga un examen en el instituto, aunque le queden horas de estudio hasta la madrugada. La llama, al fin, por su nombre, el auténtico, el de la actriz. Es por la tarde, no es de noche, no hay ninguna gala en el Cervantes, pero la alfombra roja está extendida y una valla separa al vulgo de las estrellas. Hay un estreno, sólo eso, ningún premio, ninguna pajarita, los vestidos no son de fiesta. No es difícil. Debería atender a la llamada, lo ha hecho con otros antes, por qué no lo va a hacer con él. La chica es muy guapa. No viste de gala, lleva una blusa sencilla que la haría pasar desapercibida en cualquier parte, y un peinado sencillo que palia sus rasgos. Sí, los admiradores sólo la conocen por una serie, pero tiene sin duda pose de actriz, esa pausa que parece preceder a cada movimiento, un silencio despistado antes de abrir la boca. No podía ser de otra forma. La chica acude. Se despide con amabilidad de otra chica y se acerca al chico con una sonrisa discreta, un gesto amable, una apariencia bien hilada, ha hecho esto mismo muchas veces. El chico sonríe con bastante más efusividad. Su reacción no oculta su alegría, pero sigue el plan trazado. Ya lleva bien preparados en su mano el cuaderno y el bolígrafo. Abre el cuaderno, en realidad un bloc de notas con cubiertas azules y anillas desvencijadas y forrado en plástico, un bloc escolar que seguramente fue adquirido para fines muy distintos y ahora se ha convertido en el álbum de un coleccionista. Abre el cuaderno por la página correspondiente. Transcurren unos segundos en los que el chico y la chica no cruzan palabra. A él le gustaría decirle algo, estás muy guapa, me gusta mucho tu serie, no me he perdido un capítulo, y posiblemente lo haga, antes se morirá de vergüenza. Ella se limita a responder, gracias, con la misma parsimonia, la misma sonrisa que no decae, y a lo mejor también habría querido decir pero qué clima más estupendo tenéis en Málaga, y probablemente lo diga, ha aprendido cuándo conviene romper el hielo. Es consciente de que muchos la ven como a la descerebrada que interpreta en televisión, pero aun así le gustaría acercarse, se siente incómoda con las distancias que su profesión exige, saltar la valla, y por qué no, dejarlo claro, chicos, no tengo nada que ver con la tarada a la que interpreto, pero sabe que esto no le conviene, que algunas personas podrían enfadarse. Todo transcurre en este equilibrio tácito.

El chico actúa como un profesional. Ha hecho esto muchas veces. Entrega el bolígrafo en la posición adecuada y señala a la chica el margen exacto en el que puede estampar su firma. Un autógrafo más, que será conservado como una mariposa en una urna, que será contemplado con ternura cuando dentro de diez, quince, treinta años, el chico que será un hombre adulto encuentre el cuaderno guardado en un cajón de su antigua casa. Entonces, todo se desploma en una tensión inesperada: al chico se le ha caído el bolígrafo antes de dejarlo en las manos de la chica. Quizá hace mucho calor, quizá está más nervioso de lo que quiere aparentar. Los dos se lanzan en su busca. Ella llega antes, se incorpora aproxima la punta al cuaderno, tres movimientos. El chico saca su móvil y le pide una foto. Ella se acerca al chico, él a la chica. Quietos. Ahora son uno solo. El chico dispara.

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