Impresiones al regreso, si lo hay

  • El nombre de María Zambrano recibe a todos los viajeros que tienen la suerte de llegar a Málaga en tren, pero las sensaciones que despierta son contradictorias l Ver a la pensadora convertida en anfitriona alegra el sentido; ella, sin embargo, no pudo volver en mucho tiempo l Madrastra Historia

ME preguntan a menudo, por mi apellido, si soy pariente de ciertos abogados, médicos y ciertas personas influyentes. Y, aunque algunas conexiones habrá, mis orígenes son mucho más modestos, lo que ni me enorgullece ni me hace sentir humilde. Los bujalances que me precedieron son ferroviarios: lo son mis tíos, lo fue mi padre antes de cambiar de oficio e ingresar en la Policía Local y lo es mi hermano Adolfo, que trabaja en los talleres de Los Prados y ahora anda como loco adaptándose a la maquinaria del AVE, tan moderna y supersónica en comparación con los viejos cacharros. No crean que escribo esto, que seguramente les importará lo que un click de Famóbil, por una cuestión de homenaje familiar ni nada parecido: algunos de estos consanguíneos míos son unos verdaderos canallas, por emplear un término discreto. Todo esto viene a cuento porque desde pequeño he escuchado en casa historias de los trenes a porrillo, anécdotas que se remontaban a la posguerra, cuentos de hombres llenos de grasa hasta las orejas y mal tapados por monos grises que hacían avanzar casi a empujones armatostes infames por paisajes de la ancha España, algunos cubiertos de nieve y sabañones, otros de calores infernales y máquinas que achicharraban con sólo acercarse. El gremio de los ferroviarios es particular donde los haya: no hay más que echar un vistazo a la Cofradía de La Cena. Pero pocos grupos profesionales han tenido que enfrentarse a un proceso de modernización tan abrumador como el del tren. Hace poco, y a esto quería llegar, tuve mi primera experiencia en tren de alta velocidad con salida desde Málaga y posterior viaje de vuelta en la misma jornada. Y no pude dejar de imaginar aquellas ollas compartidas en los vagones de cola, en los 50 ó en los 60, cuando muchos, entre tanta miseria, se pensaban seriamente lo de buscarse las habas fuera. Mi padre lo hizo, de hecho: se dejó los huesos en Alemania un año y medio, en una fundición del demonio en la que se hizo amigo de turcos e italianos y donde la mayoría de aquellos desgraciados arios de escupitajo fácil le trataban con la punta del pie (por eso, aunque recordaba la Falange como un paraíso idílico de juventud, le dolía como un palo que los inmigrantes africanos no pudieran encontrar trabajo en España o se quedaran en el intento, varados en la playa). No pude dejar de imaginar todo esto, insisto, así como a los maquinistas que murieron atrapados en las vías, el estraperlo y la cantidad de gente que se quitó la vida con la Guerra Civil todavía tan cercana arrojándose al paso del tren, cuando vi el Avant tan pulcro y llegamos a Antequera en veinte minutos.

Al regresar, me sorprendió encontrar el nombre de María Zambrano alzado e iluminado por todas partes en la estación. Me sentí feliz porque en muchas de las páginas que escribió esta mujer he crecido en la medida en que un tipo como yo puede crecer leyendo, porque hablar de María Zambrano es hablar de alguien que me parece conocer bien, una especie de confidente. Que Málaga reconozca a esta hija, aunque sea tan peligrosamente cerca de un centro comercial, puede servir de motivo de reconciliación en otras guerras, porque seguramente sin ella las ideas que muchos sostienen sobre política, derechos humanos, religión y la Madrastra Historia serían otras, aunque no hayan leído uno de sus libros. Pero luego recordé lo mucho que a ella le costó volver a Málaga después de medio siglo de exilio, no en un tren romántico sino en un avión extraño, y al menos tuvo esa suerte. Muchos no volvieron. No hubo un tren para ellos.

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