Malabaristas de la vida

  • Hasta veinte jóvenes llegan a citarse en la Avenida Andalucía para distraer a los conductores en los semáforos

"Desde que descubrí los malabares no he querido hacer otra cosa", confiesa Aitor en el segundo semáforo de la Avenida de Andalucía, dirección centro, mientras realiza su habitual juego con mazas. Este joven madrileño se dedica al arte del malabarismo desde hace más de 10 años. "He estado en Francia, Italia y Portugal; antes fui repartidor y soldador". De hecho confiesa que si le apareciese un trabajo estable no lo aceptaría. "El dinero no te da la libertad que ofrece este trabajo, yo soy un eterno nómada y me gusta lo que hago, lo que no me gusta es quedarme en un sitio fijo". Aitor asegura que su objetivo diario es ofrecer el mejor espectáculo posible a la gente sin pedir dinero a cambio. "Intentamos dar lo máximo de nosotros y allá cada cual si quiere darnos unas monedas. Ante todo nos consideramos artistas cien por cien".

Antonio José espera su turno para actuar apoyado en un árbol. Hace un año que reside en Málaga, donde se está estrenando como malabarista callejero. "Llegó un momento en que no tenía nada y antes de ponerme a robar, decidí hacer malabares, antes me dedicaba a la hostelería". Comenzó así con esta práctica impulsado por la ayuda de Aitor al que conoce desde pequeño porque son del mismo barrio de Madrid. "Él me enseñó a hacer algunos trucos con las bolas y me puse a actuar". Ambos hacen hincapié en la diferencia entre ir pidiendo por las ventanillas de los coches y ofrecer un espectáculo gratuito y recibir la voluntad de las personas.

Pero no en todas las ocasiones la necesidad económica es el motivo para ingresar en este mundo. "Tengo dos amigos italianos que eran controladores aéreos, un día decidieron dejarlo todo y dedicarse a los malabares para huir de los horarios y las obligaciones. Ahora actúan para un circo americano y tienen su propio espectáculo: Chip y Chop", confiesa Aitor, añadiendo que a veces actuar en la calle sirve como escaparate para dar el salto a algo más profesional, "El semáforo sirve para practicar y ganar algunas monedas y además muchas empresas de espectáculos y celebraciones se ponen en contacto con nosotros".

Los malabaristas comparten respetuosamente los puntos estratégicos de la avenida entre todos. En el siguiente paso de peatones está Raúl Díaz, otro joven madrileño que se ha visto azotado por el paro y ha encontrado en los malabares una vía de escape. Aitor y José fueron sus maestros. "Trabajé para el Ayuntamiento de Madrid y también en la hostelería pero hace ocho meses me quedé parado y antes que ponerme a robar, preferí ofrecer algún servicio a la gente, y encontré a ellos dos que me enseñaron a hacer malabares". En estos ocho meses, Raúl confiesa haber trabajado para algún cumpleaños incluso para hoteles. "La gente se acerca y nos dan tarjetas con sus números de teléfono". A diferencia de sus dos amigos, Raúl si estaría dispuesto a dejar la calle por un trabajo estable.

Iván López, de Puertollano, es el último en llegar. Ata su perro a una farola y comienza a practicar con las mazas. "Llevo un año haciendo malabares. Tras trabajar en animación y en el campo, me di cuenta que esto es lo mío y que podría vivir de ello". Su objetivo es tener una casa en el campo donde vivir aislado del mundo. Mientras tanto seguirá lanzando sus mazas al aire. En cuanto a la relación con la policía, todos coinciden en que "se portan bastante bien" y que mientras no estén delinquiendo, se respetan mutuamente.

Son sólo cuatro historias de personas que entretienen la Avenida de Andalucía en cuanto la luz de los semáforos se pone roja, aunque hay veces que han llegado a compartir los principales cuatro pasos de peatones hasta una veintena de artistas, según afirma Aitor, el más veterano de todos.

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