Margen y ruta para una odisea presente

  • Desde la Alameda hasta San Alberto, la línea 7 de la EMT regala una populosa trayectoria de historias, encuentros y personajes de siempre en busca de sí mismos

Son las 12:03 en la mediana de la Alameda. Apenas hace cinco minutos que salió el último autobús de la línea 7 de su parada y ya hay un nutrido grupo de viajeros, tarjeta o importe en mano, que guardan correcta cola hasta que el vehículo finalmente llega y el orden termina por desarmarse. Suben en total 32 pasajeros. La mayoría son de edad avanzada, aunque el grupo es suficientemente heterogéneo. Una chica con palestina al cuello lee un libro amarillento y un jovencito con gorra y pinta de hiphopero repasa un folleto publicitario de teléfonos móviles. Un hombre que se apoya junto a la puerta central de salida del autobús acomoda a su madre en uno de los asientos reservados para personas con discapacidad. Él es calvo, delgado y con el rostro picado de viruelas, viste muy correctamente, con camisa, jersey y pantalón y lleva en la mano derecha un sobre con radiografías del Parque San Antonio; ella lleva un vestido ligero hasta los tobillos, una rebeca fina y una muleta. Se cuentan en total dos bastones y tres muletas. Los asientos tapizados en rojo son ocupados de inmediato. El autobús sale raudo, con un acelerón que provoca algunos desequilibrios en el pasaje. En la calle Hilera suben seis nuevos usuarios, en su mayoría jóvenes. Una chica escucha música con su iphone y se abstrae en sus auriculares. Otras tres jóvenes se sitúan en la parte central del autobús. Llevan carpetas llenas de folios, pero sus indumentarias delatan que no son estudiantes. Una de ellas comienza a hablar sobre unos presupuestos a presentar y un plazo que termina de manera inmediata. Otra empieza a reír sonoramente. La anterior la reprende, "pero, ¿es que te hace gracia?" "Me río por no llorar", responde la presunta, mientras la tercera guarda silencio hasta que su teléfono móvil empieza a sonar. Responde, pero la llamada se interrumpe. "Pues no me ha colgado, encima va y me cuelga". En Armengual de la Mota suben otras seis personas, en este caso mayores. La última, una señora de melena cardada y carrito de la compra, logra auparse in extremis después de golpear con violencia la puerta que ya se habíacerrado. Dos mujeres que habían subido en la Alameda conversan en la parte trasera, sentadas. Una le cuenta a la otra sus problemas derivados de una enfermedad renal. Tiene cita para una revisión hospitalaria en mayo. Considera que es demasiado tarde. "Pero no tengo dinero para ir a la privada", admite apesadumbrada a pesar de la sonrisa, cierta sonrisa propia de algunas madres, que no se le marchita.

En la calle Mármoles suben otras cinco personas. La plataforma central está ya atestada de viajeros y la estrechez, subrayada por el calor, comienza a hacerse incómoda. Algunos pasajeros reclaman a los demás que se desplacen hacia atrás. Pero nadie se mueve. La trasera sigue casi vacía. Las tres chicas de las carpetas continúan hablando, y mientras lo hacen la tensión va creciendo. "No nos da tiempo, tía", dice una. "Tengo que comprar tabaco. Ya no me queda", responde la otra. En la Avenida de Barcelona suben dos pasajeros y bajan otros dos. Una grúa municipal procede a retirar un coche aparcado completamente en la acera mientras un agente de la Policía Local termina de cumplimentar la multa. Un hombre mayor, enjuto, con el rostro enrojecido y orejas de soplillo, hace gala de su dentadura mellada agarrado a una de las barras de seguridad del autobús mientras ríe y dice: "Menudo regalo le están poniendo a ése". Y una mujer que debe tener la misma edad, vestida de negro de arriba a abajo y con abundante melena canosa, le responde con tono de maestra jubilada: "Es que queremos dejar los coches en la misma puerta del sitio a donde vamos y luego, claro, queremos que no nos llamen la atención".

En Gálvez Ginachero, frente al Hospital Civil, suben tres viajeros y bajan 16, con lo que la estrechez por fin desaparece. Las chicas de las carpetas se esfuman corriendo en dirección a la calle Sevilla. Un señor que acaba de subir intenta resolver un crucigrama de un periódico gratuito, aunque el vaivén del autobús no le deja fijar con precisión el bolígrafo en las casillas. En la primera parada del Arroyo de los Ángeles, junto a la parroquia de Santo Tomás y a pocos pasos del Cuartel de la Guardia Civil, baja un viajero (el chico de la gorra con su folleto de móviles en la mano) y suben cinco. Tres de ellos son un matrimonio de abuelos y su nieto, un niño pequeño que llevan en brazos, muy rubio y de grandes ojos azules, que parece pasarlo en grande allí dentro. En la acera del Materno Infantil el trasiego de peatones es multitudinario. En la parada correspondiente bajan tres pasajeros y suben cuatro, entre ellos una joven enfermera con su uniforme azul y otra chica vestida con bata de rayas azules y blancas que lleva a un niño de no más de 3 años en una mano y una mochila llena de juguetes en la otra. Como no quedan asientos libres, se quedan de pie. Tras el cruce con Blas de Lezo, en la tercera parada del Arroyo de los Ángeles, suben dos mujeres con bolsas de la compra y baja el señor del crucigrama, después de que la puerta le haya dado un susto al cerrarse casi en sus narices cuando ya se había abierto. Una de las mujeres que acaba de subir se dirige a un hombre mayor muy moreno, que viste polo azul y rebeca gris, junto a un asiento que se ha quedado vacío: "Siéntese usted". A lo que responde el hombre mientras niega con la cabeza: "Yo, hasta que no coma, no me siento". En la cuarta parada de la vía, cerca de la rotonda, bajan cuatro usuarios y no sube ninguno.

En la calle Nuestra Señora de los Clarines, ya en Miraflores de los Ángeles, las aceras lucen su amplitud recobrada después del final de las obras del nuevo parking. En la parada del Colegio Gibraljaire bajan dos viajeros y sube uno, un joven con un maletín de piel que parece sacado de la posguerra y un jersey naranja. Se adivina el perfil imponente del barrio, su urbanismo desquiciado, sus alturas separadas por pocos metros, sus fachadas repletas de ropa tendida, sus pintadas, sus calles sucias y la maraña de coches aparcados en cualquier parte. En la segunda parada de Nuestra Señora de los Clarines bajan 17 pasajeros, entre ellos el hombre calvo de las radiografías y su madre, que tiene serias dificultades para alcanzar el bordillo, y a la que toma del brazo cuando al fin la mujer logra recomponerse en la acera. En la tercera y última parada de la misma calle bajan cuatro personas, con lo que quedamos a bordo 15 usuarios, un bastón y dos muletas. El autobús enfila después por Camino de Suárez, en cuya primera parada bajan otras dos personas. En la segunda, ya cerca de la rotonda del cruce con la Avenida de Valle-Inclán, bajan otros cinco viajeros y suben dos, entre ellos una mujer de unos 50 años que viste zapatillas deportivas, chaqueta vaquera y bufanda roja. La mujer saluda efusivamente a un hombre sentado que la recibe con una sonrisa, "Pepe, ¿cómo estás? Yo bien, ahí vengo de andar un poquillo".

En Alcalde José Luis Estrada, ya en Carlinda, bajan dos pasajeros, al igual que en la parada del Jardín de la Amistad, donde tres adolescentes que deben estar de piarda saltan a la comba y un amplio grupo de jubilados toman el sol bajo sus gorras de pana. El Camino de San Alberto, por la calle Platero Diego de Baena, se retuerce a partir de ahora en cuestas pronunciadas y hermosas casas y chalets en cuyos jardines las mujeres riegan las plantas y los gatos se purgan con placidez extrema. El autobús inicia entonces un pequeño recorrido circular por la calle Tambre, justo a la falda del monte, donde se disponen más casas y algunas naves industriales, hasta el regreso al Camino de San Alberto. Son las 12: 35. Fin del trayecto.

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