María Agustina Martín

EN la actualidad el que una mujer trabaje como estibadora es algo muy normal en el día a día portuario. Este hecho que hoy no tiene mayor importancia hace un siglo, en Málaga, constituyó un eco periodístico muy sonado. Corría el año 1909 y el puerto malagueño se nutría de un abundante tráfico de barcos con diferentes tipos de mercancías. Con los muelles repletos de todo tipo de cargas, los estibadores, sin ningún tipo de horario establecido, trabajaban a destajo.

Casada con el estibador José Ortega, María Agustina Martín, con 25 años y cuatro hijos, vivía en una modesta casa en Las Lagunillas cuidando de su familia y realizando sus labores domésticas. A finales de febrero de 1909, El Ortega, que así es como apodaban en su colla al marido de María Agustina, tenía que dejar el trabajo por lo que hoy denominaríamos una bronconeumonía. Sin ingresos en casa y con la posibilidad de que la enfermedad se alargada, María Agustina se presentaba ante los capataces de la estiba malagueña reclamando temporalmente el trabajo de su marido. Tras una negativa inicial por parte de los portuarios, la insistencia de esta mujer pudo con los estibadores y, a finales de marzo, comenzó a trabajar en los muelles.

Sin realizar los mismos trabajos que sus eventuales compañeros, María Agustina, a la cual le impusieron un horario fijo que le permitiera atender a sus hijos y a su marido enfermo, nunca efectuó trabajos físicos. Encargada de atender que no faltara agua y realizando encargos menores, la estibadora mantuvo el puesto de trabajo de su marido durante once meses. Una vez recuperado de su enfermedad, El Ortega regresó a los muelles, y María Agustina, volvió a su casa de Las Lagunillas.

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