Mirar como muertos la vida pasar

  • El aburrimiento constituye una de las peores lacras de la sociedad postmoderna, y en Málaga el problema se ha extendido como un cáncer sin que nadie haya reparado en una posible solución l Además de la angustia económica, el paro crea una bolsa de tiempo estéril que puede resultar letal

ALGÚN día (disculpen este arranque a lo profeta, cada uno se levanta con el pie que puede) las efemérides acabarán con la información. Signo decisivo de la postmodernidad es la manía de celebrar los aniversarios de prácticamente todo, incluso la muerte de personajes célebres, como si su desaparición fuese motivo más digno para la memoria que su vida o su obra. Véase el reciente caso de Albert Camus, medio siglo después del accidente que acabó con sus huesos en una carretera: hasta Sarkozy ha paralizado a toda Francia en su empeño de trasladar los restos del escritor al Panteón galo de los próceres inmortales.

Y así ocurre con casi todo: tantas décadas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tantos años del descubrimiento del estroncio, tantos cuartos de siglo para el nacimiento, la muerte y la primera comunión de Elvis Presley. La primera conclusión a la que llega un servidor es que hay que estar muy aburrido para ponerse a practicar semejantes cálculos, seguramente porque el presente, paradoja, no anda demasiado pródigo en actualidades. Y de aburrimiento va la cosa. En Málaga tuvimos un caso parecido esta misma semana, cuando se cumplió un año del tornado que asoló Nuevo San Andrés. Es cierto que en el fondo había una cuestión práctica: comprobar si la restauración del barrio y la reparación de los destrozos se había efectuado según la lógica, pero en los recordatorios lanzados desde los medios de comunicación volvían a salir los mismos testimonios contando los mismos pánicos de 12 meses atrás. La novedad vino de la mano de los propios vecinos, que aprovecharon la atención prestada para convocar una masiva rueda de prensa y puntualizar que sus males no provienen de los vientos airados, sino del paro que castiga al 85% de la población de la zona habilitada para trabajar. El caso se convirtió en una verdadera lección de ética ciudadana: oigan, lo de conmemorar el huracán está muy bien, pero aquí la noticia es ésta. Si no nos contratan pronto, nos ahogaremos. Y es que si el aburrimiento atañe a quienes nos cuesta cada vez más encontrar noticias dignas de contar, el mismo hastío se ceba mucho más con los mártires de los lunes al sol. El paro no genera sólo la angustia económica, también una bolsa de tiempo estéril letal y de efectos impredecibles. Así, entre que la desocupación se extiende como un cáncer y que cada vez ocurren menos cosas, el aburrimiento se está convirtiendo en un peligroso patrimonio para los malagueños. El páramo sólo resulta saludable a las alimañas.

La calle está llena de gente aburrida. Cada día lo compruebo en mi barrio, La Victoria, pero también en el centro, y otras zonas que frecuento como Cruz de Humilladero. No hay banco de jardín que no amanezca convenientemente ocupado por alguien que a buen seguro pasará allí el resto de la mañana, al menos. Pero no me refiero sólo al desempleo: ya Santo Tomás afirmaba que la diversión es necesaria para el completo desarrollo de la personalidad, y me cuesta comprender cómo los líderes municipales han prestado tan poca maña al asunto. Las opciones de ocio y distensión para el personal, ya esté dado de alta en la Seguridad Social o no, son mínimas. Las opciones de que dispone una familia común para hacer algo en la ciudad se agotan a los dos o tres domingos. Lo poco que se ofrece cae en la rutina más desoladora, y además se publicita poco. Málaga es una ciudad, insisto en la que no pasa nada: no viene casi nadie interesante a contar algo interesante (¿recuerda alguien cierta conferencia de un Fernando Arrabal arrebatado poniendo a parir al comunismo?; ocurrió aquí hace décadas), las escasas actividades que se organizan son de una periodicidad tediosa, no se organizan suficientes talleres ni encuentros profesionales o artísticos, nadie se sienta a enseñar lo que hace, nada sale al encuentro cuando se camina el mismo trayecto una y otra vez. No basta con organizar muchas exposiciones. Hay que vivir. Lo contrario será el RIP.

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