Razón urbana en verde

  • Escindido en dos ciudades casi autónomas, este barrio, que antaño representara las ambiciones más decisivas de Málaga en sus afueras, es hoy un crisol donde el relevo generacional es norma común

Seguro que recuerdan los años (en realidad no hace tanto tiempo) en que trasladarse al Cónsul significaba poco menos que ir a vivir a la Luna. Tan cerca de Los Asperones y en el distrito del Puerto de la Torre, la primera fase del barrio representó en aquellos años 80 las aspiraciones legítimas de la ciudad a extenderse más allá de sus límites naturales y a arrimarse sin escrúpulo a núcleos no precisamente bien valorados por los vecinos con la esperanza de que pudieran ser desplazados o directamente eliminados. En el caso de Los Asperones la estrategia tuvo que prolongar sus esfuerzos, pero El Cónsul, con sus verdes alturas, sus accesos deficientes y su proximidad a una Universidad que entonces se parecía demasiado a un páramo permitió la independencia de buena parte de la juventud de la época, la de los profesionales que entonces luchaban por constituir sus propias familias y que contaban con que la ciudad les daría la razón en su empeño pionero, casi colono. Resulta entonces paradójico, pero al fin y al cabo obediente al signo de los tiempos, el modo en que aquella primera fase del Cónsul se ha convertido ya en un barrio señero, representativo de Málaga o al menos de cierta Málaga autónoma y un pelín liberal, con relaciones vecinales fuertemente asentadas. Entre las calles Esquilo y Aristófanes (le entra a uno cierto complejo de ditirambo cuando pasea por aquí) se respira un trato cordial, en la hora del recreo el jaleo del colegio se filtra por todas partes, un cartero reparte la correspondencia con celeridad y dos hombres ataviados con traje y maletín caminan a velocidad endiablada hasta que suben a un coche y salen disparados. Las aceras están razonablemente limpias. Dos vecinas entradas en edad y de porte simpático conversan en una esquina, una de ellas reconoce en la otra acera a su hermano que al parecer ha ido por allí a buscarla, ven, le llama, te voy a presentar a mi amiga. La vida transcurre en estos cauces espontáneos, a pesar del urbanismo de ínfula moderna y de que aquí también hay problemas para aparcar. Dentro de esta primera fase aparecen en los bajos de algunos bloques (se distingue ahora la protección social) templos de orientación cristiana evangélica y sedes de algunas organizaciones no gubernamentales. Un enorme centro comercial se impone en el paisaje: aquí vienen los vecinos a por su avituallamiento. Pero también se deslizan algunos pequeños comercios, tiendas familiares de ésas que se prestan al diálogo y en las que, con toda seguridad, el embutido estará más barato, o al menos te lo servirán mientras te hacen un comentario climatológico. Algunos de estos ultramarinos han cerrado, víctimas de la crisis, y se anuncia el alquiler o venta de los locales (muy rara vez los carteles hacen referencia a traspasos). En los balcones de los altos edificios no se ven, por el contrario, carteles de Se vende. Bingo: las verdes propiedades domésticas siguen en las mismas manos. Aquella generación de colonos mantuvo, al menos, el techo que adquirió, pero otra vecina que ha salido de su casa con el delantal amarrado nos pone los puntos sobre las íes: "En realidad, en los últimos años se han ido unos pocos después de llevar años viviendo aquí. La mayoría se han mudado a casas en el campo, más lejos de la ciudad. Es que todo esto ha crecido mucho". Cierto: los accesos desde la autovía se han multiplicado, las zonas verdes se han expandido, hay nuevos bloques de viviendas por todas partes y hasta barrios satélite, como el fantasmagórico Soliva, que refuerzan la preeminencia del Cónsul. Parece que a algunos tal envite de la civilización les resulta insoportable.

Pero es que, en realidad, hay que hablar de dos barrios. Incluso en la delimitación oficial de la ciudad la distribución se establece así: El Cónsul y El Cónsul 2 (imaginación al poder). La segunda sección se corresponde, claro, con la más cercana al Hospital Clínico y la Universidad. Y es curioso comprobar cómo se repiten aquí los procesos que se dieron en la primera fase hace treinta años. Un simple vistazo basta para encontrar parejas jóvenes que bajan la compra de los maleteros de sus coches, chicas embarazadas que leen el periódico mientras toman un café, bolsas de pañales en manos de lo que parece un matrimonio con la paternidad recién estrenada (a buen seguro el vástago espera en brazos de una abuela). Da la sensación de que los hijos de quienes se instalaron en la fase 1 se han instalado en la fase 2 para reproducir los mismos patrones. Pero hay diferencias. La variedad de negocios es mucho mayor: hay tiendas en las que se puede comprar prácticamente de todo, desde instrumentos informáticos a moda infantil, además de papelerías, más negocios de alimentación y bazares. La oferta de ocio es mucho mayor en cuanto a bares de tapas o de copas que abren hasta bien tarde los fines de semana, restaurantes, cafeterías, teterías y otros establecimientos. Se diría que quienes viven aquí han demostrado mucha más prisa por hacer de su barrio una ciudad más habitable, con todos sus atractivos a mano. Pero también son muchos más los anuncios de venta y alquiler de locales en los que hasta hace no mucho se regentaban negocios. Lo mismo ocurre con los pisos: aquí sí se distinguen no pocos carteles de Se vende y Se alquila en los balcones. En su mayoría son viviendas amplias y muy luminosas, que fueron compradas con mucha ilusión por quienes luego tuvieron que afrontar la tragedia de deshacerse de ellas. Un joven con la melena morena engominada y sonrisa demasiado forzada lo explica a la perfección: "Un porcentaje muy alto de las familias que en los últimos años no han podido hacer frente a sus hipotecas en Málaga vivían en El Cónsul". Abundan también los pisos de estudiantes, última opción que muchos propietarios han encontrado para mantener sus domicilios, incluso aunque no puedan seguir viviendo en ellos.

Entre estos dos barrios del mismo Cónsul descansan los chalés adosados, las zonas verdes, las pistas deportivas, en un silencio de área residencial como con todo todavía por estrenar. Aquí encontró Málaga su crecimiento y su propia historia. Nunca la periferia estuvo tan cerca.

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