Foro Joly

Regreso a la escuela humanista

  • El discurso de Moneo, dotado de intuición, humor y hondura clásica, brindó argumentos en torno a la felicidad, la belleza, la ética y los espacios públicos a una ciudad en la que sonaron, aún, a quimera.

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Minutos antes de que comenzara en el Hotel NH el Foro Joly con Rafael Moneo, algunos de los invitados improvisaron antes de ocupar posiciones un debate amistoso en torno a la crisis. Y la conclusión, compartida sin fisuras, fue que corresponde hablar, ante todo, de una crisis de valores. Pero claro, cabía preguntarse qué valores. La respuesta llegó servida en bandeja por el propio arquitecto, en la medida en que articuló un discurso profundamente humanista, de hondura clásica, valiente en cuanto a opiniones e ilustrativo en cuanto a intenciones. Moneo no disertó nunca, pero habló con disposición socrática sobre belleza, felicidad, ética, responsabilidad y sentido de lo público, en una ciudad en la que estas cuestiones suenan a quimera. Más aún, todavía despiertan recelos y sospechas entre algunos, lo que no es de extrañar en una Málaga que ha dejado caer por su propio peso algunas de sus señas de identidad más notables. De pronto, entonces, este hombre de exposición discreta y aire presuntamente distraído , afirma: "Si uno goza de momentos epifánicos en la impresión que causa una obra arquitectónica, creo que belleza y felicidad coincidirían". Y entonces el oyente malagueño, acostumbrado al tedio y la ruina, se pregunta: ¿Es que una intervención urbana puede ir dirigida a mi felicidad? Pues resulta que sí. Es más, éste es el sentido primero de la arquitectura. Pero algo se perdió por el camino. Algo que dio preferencia al interés inmediato y la consagración de lo efímero. Algo que en Málaga ganó una clientela numerosa y entusiasta.

Para los filósofos escolásticos, los trascendentales del ser eran cuatro: unidad, verdad, bondad y belleza. Cada uno de estos cuatro implicaban siempre al resto, y eran mutuamente convertibles. Cuando estos pensadores se referían a la belleza, a la que también mencionó ayer Moneo, utilizaban el término latino pulcrum: lo bello es, en esencia, lo limpio, lo reconocible, lo que inspira sensación de reencuentro, de pertenencia. El ser humano tiende a estas coordenadas de manera natural, se reconforta en ellas, las busca, y si las encuentra alumbra la felicidad. A la hora de poner valores sobre la mesa para superar la crisis, Rafael Moneo parece tener más que clara su preferencia por el saber clásico, no en un sentido enciclopédico, sino decididamente vital. Él encarna de manera fidedigna los arquetipos del humanista: bajo su expresión apocada se encuentra un hombre extraordinariamente curioso e inquieto (releyó ayer de arriba a abajo cada periódico, revista, anuncio o publicación cualquiera que cayó en sus manos antes, durante y después del Foro, dispuesto a obtener de todas las fuentes posibles material útil para su pasatiempo favorito: la conversación), sabio y capaz de aportar datos sobre cualquier asunto (al conocer el apellido del arriba firmante localizó rápidamente en la geografía cordobesa el pueblo de Bujalance y apuntó una clase magistral sobre el cultivo del olivo) y cierta condescendencia hedonista (al serle recordada su afición a los boquerones victorianos respondió de modo lacónico, como situando la bola de billar: "Me gustan otras muchas más cosas en la vida"), aunque su humanismo parece más deudor de la llama epicúrea. Así que, con estos ingredientes, la reivindicación de la belleza no es sólo un motivo estético, también ético. Casi una ética en sí misma.

De modo que sí, Málaga gozó ayer de una oportunidad para ponerse a prueba. Y de paso recibió una advertencia que podría adoptar como credo para ser, precisamente, más feliz: "El paso por esta vida permite disfrutar de muchos mundos. Los que nos han antecedido y los que viven con nosotros nos recuerdan que hay otros mundos, aunque no los conozcamos". Es esta lección la que hace más grande, si cabe, a Rafael Moneo, y la que confiere dignidad al Premio Príncipe de Asturias. Estar allí para comprobarlo fue otro placer de la vida.

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