Reivindación del caminante

  • Málaga es una ciudad favorable como pocas al noble arte de andar y es una lástima desperdiciar semejante tesoro por querer aparcar en la puerta La bipedestación es la gran aliada del talento

UNO de mis mejores hallazgos respecto a la literatura ensayística reciente se titula Andar. Una filosofía, una obra del pensador francés Frederic Gros, publicada hace poco en España por la editorial Taurus. Gros borda una bellísima reivindicación del noble arte de caminar como conducta intrínsecamente humana, por cuanto el hombre, cuando camina, se sitúa en relación con el entorno y deja que su inteligencia actúe en consecuencia. El deambular representa una ocasión magnífica para la puesta a punto del talento, y Gros lo demuestra atendiendo a su campo, el de la filosofía: Rousseau, Thoureau, Nietzsche, Benjamin y Kant (emblemático éste, con sus diarios paseos por Könisberg a la sombra de un paraguas que sostenía impertérrito un abnegado sirviente), entre otros muchos, pensaban mejor cuando caminaban. Pero, si se cae en la cuenta, a poco que se tenga una mínima sensibilidad, semejante mecanismo prende en el más común de los mortales. Andar es una ocasión para tentar lo imposible y traerlo al imperio de la realidad, una partera de ideas. Si Sócrates consideraba que la verdad aflora siempre entre dos, al individuo le es permitido alcanzar la revelación siempre que se levante de la silla y se ponga en marcha. La postmodernidad baldía, blandita y efímera ha logrado vender la moto de los beneficios para la salud que reporta dar un paseo, pero lo primero que advierte Gros es que andar no es un deporte. Se trata de algo mucho más hondo, precisamente en su completa sencillez: una puesta en práctica de la libertad, especialmente en relación con uno mismo. Así reza su libro: "Caminando se escapa a la idea misma de identidad, a la tentación de ser alguien, de tener un nombre y una historia. Ser alguien está bien en las veladas mundanas en las que cada uno habla de sí mismo o en la consulta del psicólogo. Pero ser alguien ¿no es una vez más una obligación social que encadena, una ficción estúpida que pesa sobre nuestros hombros?" Es aquí, en esta liberación que entraña el andar en virtud del anonimato, donde cada uno es seguramente más cada uno, y a la vez donde más fácil es encontrar al otro. Frente a las exigencias del momento el camino brinda un escape, como el juego infantil al niño que regresa, a través de la imaginación, a los lugares donde más se reconoce a sí mismo. Siempre es hermoso salir a vagar por ahí, al campo, y dejarse embriagar por el paisaje. Pero quizá es en la ciudad donde mejor se percibe esa libertad, aunque sea porque la premura rodea al caminante y éste aprovecha el trayecto para deshacerse de todos, de sí mismo. Y, al igual que ocurre en el juego, el talento se reconforta. Es en los veintipocos minutos de marcha que separan mi casa de la redacción donde, de lejos, se me ocurren las mejores ideas, donde con más eficacia resuelvo los problemas, donde con más serenidad tomo las decisiones; y, a la vuelta, cuando ha caído la noche, el ritmo que marcan mis pasos ejerce una función purificadora, como un trance en el que, poco a poco, voy vaciándome de todo lo que he sido, o he pretendido ser, durante la jornada.

A Málaga se la puede amar por muchos motivos, y uno de los primeros es para mí su calidad favorable a la actitud machadiana del caminante, no sólo por sus muchos días de buen clima, también por su llaneza, su condición litoral, su perfil desprovisto de accidentes abruptos. Uno va por ahí cantando, como Sergio Makaroff, "Cuántas pizzas me quieren traer / yo prefiero salir a buscarlas". Y es una lástima que tantos desaprovechen la ocasión con tal de aparcar lo más cerca posible de la puerta. Ya ven, tanto dinero gastado en el Metro y el tráfico sigue siendo un problema, y no parece que vaya a dejar de serlo en un futuro. La alternativa más humana es clara; y, tal vez si todo el mundo se pusiera a andar, a alguien se le ocurriría una buena idea, ésa que tanta falta hace. El sendero se extiende ante mis pies, y recuerdo a Séneca: "Necesario es vivir persuadidos de que no hemos nacido para quedar fijos en un punto determinado: mi patria es el mundo". Y empiezo a deambular, dejo de llamarme Pablo, por el camino menos corto.

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