Retablo barroco para un cucurucho

  • Había que ver ayer a los manifestantes que reclamaban la Tercera República procesionando en la calle Larios mientras se instalaban las sillas para la Semana Santa l Cosas del calendario l Al menos, ya están aquí los helados y la liturgia familiar que entrañan siempre l Lo que se congela es el tiempo

DURANTE el pasado Festival de Cine conocí a una chica gallega que trabajaba en la organización del certamen y que, según me comentó, nunca había visto una Semana Santa. Quiero decir, una Semana Santa con sus procesiones, sus tronos, sus nazarenos y todas las calles a rebosar. Una Semana Santa como la de Málaga. Y es curioso, porque, por más que uno esté acostumbrado a semejante jaleo anual y se cumpla aquella máxima de Chesterton según la cual uno deja de ver lo que tiene enfrente cada día, en el fondo hay que admitir que toda esa mojiganga se echaría de menos si no ocurriera. Y que conste que soy de los que preferirían poner tierra de por medio, por más que disfrute algunos momentos. Pero lo cierto es que la calle se viste de un contraste especial, distinto, respirado con mucha más flexibilidad. Resulta curioso que mientras buena parte de la ciudad se viste de gala y lo cuida todo al milímetro, conocedora de la atención que recibe, la otra se desabrocha el botón, se relaja y, por aquello de las vacaciones, se exhibe tal y como y es y sin miedo al qué dirán. Y creo que, en parte, ese contraste define bastante bien a Málaga, porque esta plaza, por mucho que la fundaran los fenicios hace seis mil millones de años, es un invento barroco. Así que lo suyo es la Contrarreforma, salir al aire libre y airear las miserias y alegrías, contarlo todo a voz en grito y que se entere todo el mundo de lo bien o lo mal que le van a uno las cosas, que nadie sospeche de prácticas luteranas o moriscas cultivadas en la íntima oscuridad del hogar infranqueable. Por ello, cuando pienso en los hombres de trono que seguirán a través de sus auriculares la final de la Copa del Rey el próximo miércoles santo entre los varales, casi se me hace la boca agua. Esa espontaneidad constituye un espectáculo por el que Esquilo habría mandado a Orestes a hacer gárgaras. Quienes amamos el teatro vemos en la Semana Santa no sólo una representación de la Pasión, también de las pasiones, las particulares, las ínfimas, las que pasan inadvertidas el resto del año pero que, a la sombra de un Cristo crucificado, se proyectan en un misterio sabrosamente doméstico. Añadan la música, los olores, las vestimentas, las liturgias y los balcones y obtendrán una criatura que se ha mantenido intacta desde que Felipe II juró al Papa que haría de España la reserva católica del mundo. Quienes han organizado la procesión atea en Madrid, por mucho que abrir una causa judicial contra la iniciativa sea un despropósito, no se han enterado de lo que va la película. Claro que todos necesitamos en algún momento matar al padre. Pero saber lo que es y de donde se viene, lo que no tiene que traducirse necesariamente en una fe (mucho menos en una servidumbre), es un reposo de libertad suprema.

Este año, con la Semana Santa tan retrasada, los contrastes se acentúan. Había que ver ayer a los manifestantes que pedían la Tercera República en la calle Larios mientras los operarios municipales ponían las sillas para ver las procesiones. Viendo la estampa, no tuve más remedio que pensar en 1936 y guardar silencio. Sin embargo, es la espontaneidad de las personas la que propicia un contraste tan radical pero tan armónica, sin hogueras, sin miedos, sin doctrinas. Mientras, pequeños y mayores se apostaban en los bancos y los escaparates degustando los helados de Casa Mira, como si nada fuera con ellos. También habrá muchos helados en la Semana Santa, quizá tantos como torrijas, con su liturgia familiar, de parada en común en medio del camino, venga, vamos a tomar un helaíto. Si el tiempo no lo impide, la Pasión se promete veraniega y pagana, fieramente humana, como el ángel de Blas de Otero, como un cucurucho de pistacho. Yo, oigan, tampoco lo entiendo. Pero existe un principio de vida sana en aceptar lo que no se entiende. Por si acaso.

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