Saturación y falta de medios en una de las cárceles más complicada de manejar

  • En la prisión de Alhaurín hay 500 funcionarios, pero sólo la mitad hace labores de vigilancia

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El jefe de Gabinete de Instituciones Penitenciarias, Ángel Herbella, asegura que la de Málaga es una de las prisiones más complicadas de manejar de toda España. Lo dice con conocimiento de causa, ya que dirigió el centro durante dos años. Y lo dice por todo lo que rodea a un espacio saturado, con el doble de presos que la capacidad para la que fue construida (posee casi 2.000 reclusos cuando debería albergar unos 900) y con una falta de medios que va desde lo material a lo personal: los funcionarios denuncian casos como el uso de colchones para hacer almohadas o una media de dos agresiones al mes.

Hay 500 funcionarios en Alhaurín, pero la mitad es de administración o de funciones como médicos, educadores o psicólogos. El resto se divide en turnos de 30. A lo que restar bajas o vacaciones. Así, la poca plantilla existente -dos personas para vigilar módulos compuestos por más de un centenar de presos- apenas puede actuar ante cualquier emergencia. Como las que ocurren cuando dos internos deciden pelearse u otro lo deja todo y quiere suicidarse.

En Alhaurín hay internos de medio centenar de nacionalidades y allí se agrupan varios de los más peligrosos. La actividad delictiva de la Costa del Sol ha hecho que el recinto penitenciario sea cobijo de un amplio abanico de delincuentes de todo tipo: desde mafiosos con formación militar pertenecientes a bandas armadas hasta expertos en atracos o violadores, drogadictos, maltratadores...

Para evitar problemas hay módulos especializados: en uno están los árabes, en otro los españoles o en otro todos los que tienen un mismo delito. "Pero la saturación echa por tierra la división y permite que haya mucho contacto entre presos", explican los funcionarios. Y la situación empeora de la noche a la mañana. Casi siempre para peor. Sólo hay que recordar la llegada de 130 africanos en un sólo día, todos detenidos en la Operación Nilo. Otra de las que tuvo que superar Ángel Herbella, que ahora ve desde Madrid como su sucesor, Antonio Guerrero, hace frente a toda una trama de corrupción en su casa.

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