tribuna de opinión

Siempre te ven mis ojos

  • Al situarse el rascacielos en un lugar central de la bahía y contar con una altura muy elevada, será visible por el litoral desde Rincón hasta Torremolinos pasando por la propia Málaga

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Al hilo del debate suscitado en torno al rascacielos del puerto se han emitido y deslizado errores e imprecisiones en relación a la noción de impacto paisajístico que sería conveniente aclarar y precisar. Ante todo, una idea central: los criterios de evaluación de un impacto visual son precisos y mensurables mediante parámetros específicos, como a continuación se podrá comprobar, y no responden a generalidades u opiniones personales.

Un impacto es mayor cuanto más amplia es la superficie desde el que se percibe. Esto es lo que mide el parámetro denominado cuenca visual. En el caso que nos ocupa, al situarse el rascacielos en un lugar central de la bahía y contar con una altura muy elevada, será visible por el litoral desde Rincón de la Victoria hasta Torremolinos pasando por la propia ciudad de Málaga; por el interior, se divisará previsiblemente desde el valle bajo del Guadalhorce, las sierras que lo enmarcan (como la Sierra de las Nieves, a 50 kilómetros), la Sierra de Mijas y los Montes de Málaga. Por tanto, no se trata de un impacto sobre el puerto, ni siquiera sobre la ciudad, sino sobre el conjunto de la bahía, sobre sus terrenos adyacentes y sobre parte de la provincia. Un mayúsculo impacto metropolitano. Considerar las vistas que se generarán desde este impacto como una justificación del propio impacto es, obviamente, improcedente. Desde todos los impactos visuales se generan vistas exclusivas destrozando las que se dirigen a él. Manejar este argumento implicaría negar la noción misma de impacto.

Un impacto visual será mayor cuanta mayor sea la cantidad de observadores potenciales afectados. El parámetro que cuantifica este criterio se denomina incidencia visual. El cálculo se debe realizar a partir de elementos del territorio donde se concentra o transita la población: los núcleos habitados (en este caso, Málaga, Rincón de la Victoria, Torremolinos), las vías de comunicación (ejes viarios urbanos, rondas de circunvalación, rutas marítimas) y los espacios públicos de especial concentración de la población, como puedan ser las playas, los paseos marítimos o los miradores. Una primera aproximación nos hablaría de unas cifras muy abultadas, mayores que en ningún otro lugar de la provincia. Calculen. Sólo una muestra: el Paseo Marítimo Pablo Picasso registra un tráfico diario de 27.553 vehículos en dirección oeste, el tercer dato más elevado de la red local. No se trata precisamente, como se ha mencionado, sólo de la población malagueña con barco.

Un objeto impacta más en el paisaje cuanto más contraste con su entorno por su tamaño y morfología, y tanto en la visión diurna como la nocturna. En este caso, la volumetría del edificio y su disposición vertical, perpendicular al plano de visión humano, acentuaría su impacto, sobre todo teniendo en cuenta que a su alrededor hay espacios horizontales, tan planos como el mar que lo rodearía, a menudo hecho un plato, como dice la expresión malagueña. Un plato al que amenazan clavarle un puñal.

Hay también en su altura una evidente desproporción con el entorno construido: el rascacielos multiplicaría más de dos veces la altura de las construcciones residenciales más elevadas de la ciudad. Como consecuencia lógica, el impacto sería muy alto, y no lo sería tanto si el rascacielos se construyera, por ejemplo, en Dubai o en Hong Kong. Y esta desproporción tiene un claro efecto paisajístico: a cierta distancia, ningún edificio de la ciudad lo podrá ocultar, sobresaliendo por encima de ellos. También hay un problema de escala de ciudad. El efecto de un rascacielos no es el mismo en urbes del tamaño de Londres o de Barcelona que en ciudades de las dimensiones de Málaga, de la misma forma que un bloque de diez plantas tendría un mayor impacto en Frigiliana que en Málaga.

El impacto visual es más grave si afecta a la visibilidad de componentes del paisaje valiosos, tapándolos o interrumpiendo su percepción. Por tanto, es necesario, para evaluar el impacto, considerar qué panorámicas y perspectivas valiosas podrían verse afectadas. Y estas vistas pueden ser valiosas por distintos aspectos. Por ejemplo, por su amplitud. Las vistas afectadas son vistas abiertas, de gran amplitud, tanto las existentes desde la ciudad hacia el mar como las que se dirigen desde el mar hacia tierra, así como, en especial, las vistas que cruzan, de un lado a otro, la bahía de Málaga.

En segundo lugar, el valor de las vistas se deriva de sus cualidades estéticas. En este sentido, el valor estético de las panorámicas en las que participa el mar aparece recogido en multitud de estudios de preferencias paisajísticas. En tercer lugar, las perspectivas aumentan su valor si contienen puntos de relevancia paisajística. En este caso, las perspectivas afectadas incluyen enclaves de gran relevancia paisajística, de naturaleza monumental (Castillo de Gibralfaro, Alcazaba, la torre de la Catedral) y de carácter referencial y simbólico (la Farola, las chimeneas del litoral oeste, el monte San Antón). Todos ellos hitos paisajísticos, consensuados y consolidados. Vender el rascacielos como un hito paisajístico es burdo y erróneo: los hitos no se crean porque uno lo disponga o le convenga, sino que surgen socialmente y están cargados de simbolismo positivo. Si se percibe como algo negativo, sigue siendo un impacto aunque pasen décadas y estemos condenados a observarlo. Ejemplos de esto tenemos, desgraciadamente, en la ciudad.

Una panorámica cobra más valor si ha sido reproducida históricamente como imagen de la ciudad, y si está presente en representaciones culturales relevantes. Buena parte de las imágenes más antiguas de la ciudad (Teixeira, Wyngaerde, Hoefnagel) representan la ciudad desde la bahía. Numerosas obras pictóricas relevantes también muestran la ciudad desde el mar. Su enumeración sería muy larga, pero podríamos quedarnos con una muestra señera y quizá poco conocida: Crepúsculo en el puerto de Málaga, el primer óleo de Picasso, que representa la ciudad y su bahía. Inseparables.

Las perspectivas y panorámicas, y en general el paisaje, forman parte de la identidad colectiva de un grupo, y sobre esto se insiste mucho en Europa, en documentos oficiales y en textos legales. Unamuno decía que la patria se revela y simboliza en el paisaje. Las vistas entre la ciudad, el mar, la bahía y su marco montañoso poseen un marcado valor como componente de identidad de la población malagueña, y aparecen recogidas en poemas tan emblemáticos como "Málaga, ciudad del paraíso", de Vicente Aleixandre, antetítulo de este texto. Se trata de nuestra bahía, nuestra ciudad, nuestro paisaje. Se trata de iconos como la Farola, asediada y empequeñecida perceptivamente por este gigante, desde el mar y también desde la tierra. El Convenio Europeo del Paisaje, que forma parte de la legislación española, insiste en la importancia de cuidar los paisajes cotidianos, los que en mayor medida afectan a la población. Pongámonos a ello.

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