Tejados para una ciudad vertical

  • Visto desde cierta altura, el casco histórico se revela como un territorio distinto, en el que los elementos se amontonan discretos con caótico orden l La antigüedad queda al amparo de los gatos, trepadores y silenciosos l Quién sabrá por qué se está mejor aquí, en esta Málaga, que a ras de suelo

QUIEN ha convivido alguna vez con gatos sabe de su misterio, de la estrecha relación que entablan con sus inquilinos (son ellos, en realidad, los dueños de las casas) a base estrictamente de miradas, pactos rigurosos en la distribución de los espacios y muy medidos gestos de cariño. Cuando uno se da cuenta de que dedica buena parte del tiempo en complacer al gato se siente egipcio y babilónico, faraón incluso, con poder celestial para acariciar su cabeza. En la calle, los gatos siguen con parsimonia su ritual de supervivencia, extremadamente ariscos cuando protegen a sus crías, respetuosos con las ancianas que compran pienso en el Mercadona exclusivamente para sus estómagos, cómplices de los motores de los coches cuando aprieta el frío y heridos, como partidos en pedazos, cuando han gustado el furor de los neumáticos y de los peores perros. He visto algunos gatos salir de lugares inverosímiles y confieso que, al pensar en las perspectivas privilegiadas que ellos pueden adoptar con respecto a la ciudad, a menudo he sentido envidia de los mininos, de su capacidad para encajarse en tuberías, rejas y hasta buzones, porque pueden ver una Málaga que a ojos humanos permanece inédita, todavía no descubierta, como las Indias sin Colón. Quizá por eso se muestran tan soberbios y a la vez tan complacientes con los homínidos, porque han visto mucho y saben más de lo que dicen. El caso es que, entre los felinos callejeros, los tejados constituyen un hábitat indispensable, y podría parecer que Málaga, tan adscrita a la plana arquitectura setentera, no ofrece muchos enclaves paradisíacos a los michos en este sentido. Pero resulta que sí: una de las grandes contradicciones de Málaga es que sus tejados apenas son visibles a ras de suelo. Salga usted de la Plaza de la Constitución, donde todavía se perciben algunos, y haga la prueba: todo es ángulo recto y diáfanas de contadores en las que de pronto terminan los bloques. Pero si, por ejemplo, se entra en uno de los edificios de calle Santa María, se toma un ascensor y se sale a la azotea, aparece de pronto un bosque de tejados antiguos. Una ciudad completamente diferente a la que se aposta desde la superficie diaria.

¿Dónde estaban? Misterio. Sólo los gatos, que se estiran y relamen entre las tejas, lo saben. Además de los vecinos, claro. A estas alturas, ya sea desde Santa María o calle Granada, los tejados componen un mar fragmentado, deconstruido en olas que colisionan a menudo con violencia. Sólo los agujeros que abren los solares, testigos de edificios que ya no están, abren cauces de luz entre los bordes y las esquinas. No hay orden ni siquiera intuido, las líneas siguen sus propias direcciones de manera libre, como si las casas hubieran caído en el suelo desde el cielo, en disposición aleatoria, y sin embargo, en el firme, las calles siguen la numeración y continuidad que ansían los carteros. Esta geometría, la misma que Picasso descubrió desde el palomar que su padre cuidaba en lo alto del colegio San Agustín, revela que el mundo tiene poco de armónico y que sus elementos se sostienen en permanente conflicto.

Y entonces, cuando la vista se embelesa en las ropas tendidas a escasos metros del Museo Picasso y la iglesia de Santiago, uno admite que aquí arriba se está mejor que en la cotidiana horizontalidad, donde las aceras amanecen cada día más sucias, el ruido se hace más molesto, los modales y los gestos de cortesía han sido severamente extirpados y Málaga muestra su peor cara, chusca a bajo precio. A lo mejor es que esta ciudad fue creada para vivirla en vertical. Menuda clave. Que pregunten a los gatos.

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