Tradición y algunos excesos

  • Al rostro más genuino de la feria le sucede, también en las últimas jornadas nocturnas, el más juerguista en un recinto hasta arriba de incondicionales

En el Real de la Feria, al aire libre, no hay límite de aforo. Pero si lo hubiese, costaría creer que existiese una ordenanza que permitiese semejante multitud. Estamos ante el penúltimo día de festejos, aún son las once de la noche y caminar sin pedir disculpas porque pisas un pie ajeno se antoja algo difícil. Por eso parece imposible que los autobuses y taxis que se acumulan frente a la enorme portada luminosa puedan traer a más personas. El centro le ha pasado el relevo al Real y sus calles son ahora las que se encargan de dar cobijo a miles de hombres y mujeres para los que la noche apenas ha comenzado. "Ofú, qué pechá de gente", resume de forma más concisa una muchacha que apenas se acaba de bajar de uno de los autobuses.

El flamenco es la banda sonora de esta noche y en las casetas, todas vivas y alegres, resuenan los acordes de las canciones. Unas mujeres se suben al escenario sin ser llamadas para ello y bailan, divertidas, ante las risas de una sala en la que los botellines de Cartojal son omnipresentes. Los más pequeños, que esta noche se permiten tomar parte de las decisiones familiares, se alejan de la zona de las casetas y disfrutan de las atracciones y de los puestos de comida. Frente a uno de estos, una niña, con traje, tacones, peineta y flor a juego, observa con destellos en los ojos cómo al palo de madera que sujeta un feriante le crece una nube rosa que en unos minutos será casi de mayor tamaño que ella. Tira de la falda de su madre y le pide que le compre uno, pero ahora no pueden atenderla. El protagonismo de sus retoños lo acapara otro hijo que le explica entusiasmado cómo acaba de volar en un cacharro de los que suben y bajan mientras brillan y emiten música. Cerca de donde se desarrolla esta escena, en los aledaños de los coches de choque, el encargado expulsa a un hombre que, alcohol en mano, se metía en la pista. Este le responde con un improperio e inician una discusión que ensucia el buen transcurso que llevaba la noche. Por desgracia, conforme más intempestivas son las horas, situaciones como esta no resultan una excepción. Por cada familia que se marcha, entra un grupo de amigos que se frota las manos pensando, en alto, la juerga que se acerca. En la calle principal del recinto, las colas de unas casetas se confunden con las de otras. Una chica, primera en su fila, se enfada porque supuestamente alguien se ha colado. "Niña, que no me he colado, ¡soy el camarero!", le espeta el chico. "Y yo qué sé, si estoy borracha", se justifica ella.

Lo que no tiene justificación es la desoladora imagen de la explanada donde se realiza el botellón. Un mar de botellas, latas y bolsas de plástico inunda metros y metros de asfalto. Entre la basura se pasean una ambulancia y la policía. Una chica del servicio sanitario comenta que hoy la gente se ha portado mejor. Unos agentes lo corroboran. Divisando la explanada, resulta imposible confirmar que los encargados de la limpieza vayan a pensar mañana igual.

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