¿Vamos a la Feria? Cuestión de supervivencia

  • Del Parque del Sur a San Andrés se dan cita la Málaga obrera y la anónima, la que se busca la vida y la que la perdió para siempre, la más inconfundible y la más despistada

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Son las 9:52 en la Plaza Nazaret, en el Parque del Sur. El autobús ya está en la parada. El conductor fuma un cigarrillo fuera, en la marquesina, donde conversa con un compañero. Éste le sostiene el rubio cada vez que entra a cobrar el billete a un pasajero o a cerciorarse de que el mismo pasa debidamente la tarjeta del bonobús. El barrio empieza a desperezarse. Los propietarios de los comercios familiares abren las pesadas persianas metálicas y en la misma plaza hay algunos bares donde unos cuantos vecinos toman café. El autobús comienza el trayecto a las 9:55 con diez viajeros a bordo. Ocho de ellos viajan solos, los dos restantes son amigos, jóvenes, que discuten de manera entusiasta sobre algo relacionado con la informática y los cómics. Dos minutos después, en la parada de la Avenida de las Postas, todavía en el Parque del Sur, suben siete personas. Dos de ellos son subsaharianos. El primero se sienta justo detrás del chófer, el segundo hace lo mismo pero en la cola del autobús mientras mantiene una conversación animada con alguien a través de su teléfono móvil en un idioma que nadie más conoce. Ríe a menudo, y sonoramente. Los otros cinco pasajeros son de edad avanzada. Uno de ellos es un señor con expresión malhumorada que arrastra una cojera casi de forma ostentosa. Ocupa uno de los asientos delanteros reservados a discapacitados. Escucha la radio en sus auriculares a tal volumen que desde atrás pueden identificarse al menos dos de cada cinco palabras sin dificultad.

En la calle Lorenzo Correa y el cruce con la Avenida Guerrero Strachan el tráfico es muy ligero, cuando hace apenas veinte minutos el colapso era considerable. El autobús enfila por Emilio Díaz sin detenerse en la parada vacía y después por Albéniz, en dirección a las Flores, pero de inmediato accede a San Juan Bosco. Siguiente parada: suben cuatro personas, una de ellas una chica joven con un iPod, casi seguro la única persona menor de 25 años que viaja en el automóvil. Hay otra parada más en San Juan Bosco pero nadie espera y nadie solicita la parada. En el cruce con la Alameda Barceló, ya en Segalerva, el africano que va sentado en el fondo sigue conversando con el móvil en el idioma que nadie más entiende, pero justo entonces pronuncia de manera clara la palabra "locutorio". Viste un mono gris y lleva unos alicates con el mango amarillo en el bolsillo de la camisa. Hay banderas republicanas pintadas en las paredes. Otras tres personas suben frente a Salesianos. Una de ellas es otra chica joven con un iPod que se sienta en el fondo y revisa unos apuntes. Su corte de pelo, sus ojeras y sus piercings le dan cierto aire a Lisbeth Salander.

El autobús llega al jardín de Capuchinos, frente al CIE, y tuerce la esquina para incorporarse a la Alameda. En la siguiente parada se efectúa la primera bajada de pasajeros: lo hace uno solo mientras que suben otros ocho, cinco de ellos también de edad avanzada. Por primera vez algunos viajeros se levantan para ceder su asiento, entre ellos el chico africano que se había sentado detrás del conductor. El resto de incorporaciones corresponden a tres chicas árabes que se quedan de pie en el centro del autobús. La tres visten velos estampados y ríen a carcajada limpia. Charlan en árabe aunque ocasionalmente introducen términos castellanos. El subsahariano del móvil sigue con su conversación y también ríe, así que dentro del autobús se hablan ya al menos tres idiomas. Después de Fuente Olletas, la calle Cristo de la Epidemia regala su ritmo frenético, las terrazas de sus bares llenas a pesar del frío, los vecinos que pasean a sus perros, los clientes que salen de los supermercados cargados de bolsas repletas. En la primera parada de la vía bajan tres pasajeros y suben nueve. Una de ellas es una mujer, también africana y de color, que lleva a una niña pequeña en brazos, una linda criatura de menos de 2 años con la cabellera llena de trencitas. Nadie cede el asiento a esta mujer. La niña comienza a toser fuertemente y sufre un ataque que se prolonga durante unos minutos. La madre baja en la siguiente parada, cerca ya del Jardín de los Monos, frente a otro supermercado, con un agrio gesto de preocupación en el rostro. Suben once personas. Una de ellas es una mujer de mediana edad, gruesa, fatigada, que logra ya con cierto trabajo alcanzar el fondo del autobús. Se queda de pie. También mantiene una conversación a través del móvil. Su interlocutor es un amigo al que hace tiempo que no ve. Le dice que va al dentista, que la muela le duele desde hace días, que los primeros diagnósticos no son buenos y que tiene miedo porque sabe que le va a doler. El compañero parece insinuarle que se tome unos días de descanso o pida una baja. Ella niega con la cabeza: "Imposible. Este mes han despedido a cinco. No puede ser".

En el Jardín de los Monos suben quince personas. Una voz enlatada emite un mensaje: "Por favor, pasen al fondo del autobús". Pero sólo dos deciden agotar las posibilidades. Una señora de melena plateada se queda junto a las chicas árabes, que siguen enfrascadas en su conversación animada, y decide unirse sin haber sido invitada: "¡Mira, cuánta gente! ¡Parece que vamos a la Feria!" En la calle Victoria, dos mujeres sentadas justo al lado del africano que sigue conversando por el móvil discuten sobre la huelga de limpieza en Vialia. Una da la razón a los trabajadores, la otra emplea el término "vergüenza". Suben seis pasajeros en la Plaza de la Merced. El autobús circula después por el túnel de la Alcazaba sin encender las luces interiores. A lo largo del Paseo del Parque suben seis personas y bajan cinco. En la Acera de la Marina algunos turismos invaden el carril bus pero el tráfico es fluido. En la primera parada de la Alameda Principal suben siete pasajeros y bajan once.

Justo al llegar a la calle Cuarteles vuelve a sonar la voz enlatada, sin éxito. "¡Pero si es que están ahí, apelotonaos!", lamenta la señora que conversaba con las chicas árabes y que ahora viaja en el fondo. El tráfico se hace más denso en la Estación. Fuera, una chica joven con rasgos asiático corre a toda mecha. Lleva en sus manos algo envuelto en papel de aluminio. En Héroe de Sostoa, el paso a nivel del Ferrocarril del Puerto se traduce en algunos baches. A un señor de gorra de pana le cuesta mantener el equilibrio. El tráfico es aún más denso en el cruce con Juan XXIII, y ya en la Avenida Europa los desocupados lectores de prensa coinciden en las puertas de la Biblioteca Provincial. En la parada de Dos Hermanas bajan casi todos los ocupantes, incluidas las chicas árabes, la mujer que se había unido a su conversación y la joven de los piercings. El africano que habla por el móvil interrumpe la conversación, apoya la cabeza en el cristal y se queda dormido. A la altura de la Luz sólo quedan tres pasajeros. En Santa Bárbara, en la última parada, el africano despierta, coge los alicates y baja del autobús. Son las 10:47. Fin del trayecto.

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