Vidas marcadas por un tornado

  • Un socio de la bolera de Juan XXIII, el propietario de un bar, una familia desalojada, una pareja arrastrada por el viento y una afectada de San Andrés cuentan su historia

"Cuando veo el cielo así y oigo el viento..." Es jueves por la tarde y acaba de caer una tromba de agua sobre Málaga. María Teresa Araújo mira por la ventana del hotel donde está hospedada desde que el tornado la obligó a salir corriendo de su casa junto a los otros cuatro miembros de su familia, y al ver las nubes asegura que ahora teme al mal tiempo. Limpiadora de profesión, dos días después de la tempestad se dio de baja por ansiedad. "Me despierto en mitad de la noche llorando".

Comparte la habitación donde ha sido realojada por el Ayuntamiento con su hija Nerea, una administrativo de 29 años en paro. El cabeza de familia trabaja en la construcción en Jerez toda la semana y tenía pensado regresar el fin de semana. Los tres estaban en su domicilio de calle Llanonillos, con el pijama puesto, cuando las ventanas empezaron a temblar. "Cuando pude asomarme, vi cómo una silla de la terraza de la hamburguesería que hay en frente volaba hasta la quinta planta", explica María Teresa para transmitir el infierno que vio en el exterior.

Bajaron todos a la calle y ella aún no ha regresado a casa. Los bomberos y la Policía Local permitieron a su hija y a su marido entrar dos minutos al día siguiente para coger algo de ropa. Pero nada más. La vivienda está en la novena planta de un bloque en el que todos los pisos de la letra A han sido desalojados porque parte de la fachada desapareció. Esa noche durmieron en casa de un familiar, pero son cinco -viven con ellos su hijo Mikel y su novia- y no había espacio para quedarse. Tras una mala experiencia con el hostal donde fueron enviados en un principio, ahora disponen de dos habitaciones en un hotel a 10 minutos de su casa. Está reservada hasta el miércoles.

María Teresa da una vuelta cada día para ver cómo transcurre la reforma y se anima al comprobar la actividad de los obreros, pero le han dicho que "va para largo". Desde que pasó el tornado, se pasa las horas colgada al teléfono tratando con las aseguradoras de su casa y de los cuatros coches de su familia. Todos le han facilitado los trámites excepto el seguro del vehículo de su hijo, que se ha desentendido y remite al Consorcio. Desayunan, almuerzan y cenan en la calle y están guardando las facturas por si al final alguien se las paga.

"Estoy loca por subir a mi casa y ver cómo está", dice María Teresa. Nerea es todavía más ambiciosa: "Yo quiero que todo esto termine de una vez".

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