Para un amanecer en Mercurio

LOS más perspicaces ya se habrán dado cuenta. Éste es el primer Calle Larios que se publica sin una imagen de Málaga, nuestra adorada ciudad, reina de Fitur y de la Segunda División. La fotografía aquí impresa corresponde nada menos que a un amanecer en Mercurio, y fue tomada por el satélite Mariner 10 el pasado 14 de enero. La encontré buceando en la página web de la NASA, en la que intruseo de vez en cuando para empaparme de las misiones espaciales y de los acontecimientos más destacados del Sistema Solar. Existe un motivo aclaratorio, además de que, dadas las enormes distancias, el espacio nos corresponde un poco a todos y Mercurio puede ser tan malagueño como La Farola. La razón de apostar aquí por este planeta tan pequeño, caluroso e inhóspito tiene que ver con los contenidos de otros sitios de internet, que también tuve oportunidad de visitar esta semana. Inspirado por las noticias que se referían al caso, pude ver en el YouTube los vídeos de algunos malagueños (muchos, pocos: uno solo ya serían demasiados) en pleno éxtasis nocturno de fin de semana, bañándose en la fuente de la Plaza Uncibay, insultando a quienes duermen en la calle, aporreando las puertas de calle Beatas, colándose en balcones y azoteas, vomitando y escupiendo a ver quién llega más lejos (aquí hay algo de Ilustración: los romanos más respetables practicaban deportes semejantes) y conduciendo borrachos como cubas a 180 por hora en Portada Alta. Como a estas alturas del artículo ya habrá más de uno maldiciendo a la juventud, lo mejor será que no se lleven a engaño: entre los energúmenos hay adolescentes, claro, pero también cuarentones con pinta de pasarse los domingos colgados de la Play Station. Igualito que si se reprodujeran por esporas. Después de semejante espectáculo, por si no tenía ya bastante con verlo en vivo y en directo, acudí a Mercurio en busca de un poco de paz y, quién sabe, un destino idóneo para mandarlo todo a freír espárragos.

Porque quienes se ocupan cada semana de ponerlo todo perdido y juzgar que la vida de los demás no tiene importancia, que si una rotonda se puede tomar a 200 con tres cubatas se toma, con la impunidad que otorgan las fuerzas de seguridad (no hace mucho advertí a un agente que cinco desgraciados estaban orinando cerca de la Plaza de la Merced y el susodicho me respondió que no podía hacer nada porque aquello era motivo constituyente de falta, no de delito; eran las diez de la noche, lo juro), han decidido que además lo interesante es distribuir sus gracias por internet: mira lo que me importa que me vean, mira lo que me preocupa que me graben las cámaras municipales. Hace poco tuve que pasar unas cuantas noches en la Clínica Gálvez por una cuestión familiar y el ruido que despedía la calle desde el miércoles hacía imposible el descanso. A ninguno de los que celebraban a voz en grito lo grandes que tenían los genitales le importaba un bledo que allí quisieran dormir personas enfermas. Es el colmo de la estupidez: en cualquier instituto de la ciudad, cuando dos se pelean de inmediato son registrados por decenas de móviles que a las pocas horas cuelgan la función en el YouTube. Si fastidia que los cuadrúpedos nos lo pongan más difícil, encima quieren que les veamos. Por la cara. Si emprendemos acciones, nos pondrán una denuncia. Y la ley les amparará.

Por eso, a menudo me entran ganas de apostatar y colgarle al Cenachero o a la Virgen de la Victoria mi partida de nacimiento. Anda y que os zurzan: meteos la Feria y a Picasso allí donde os quepan. Con amor, desde Mercurio.

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