Donde el camino se hace espejismo

Son las 12:52 en la primera parada de la línea 23 de la EMT en la Alameda, en la acera de Stella Maris. Hay ocho pasajeros a bordo, entre ellos un señor mayor con sombrerito de paja, rostro afilado, un discreto cruce de piernas que le permite su complexión delgada y un carrito gris de la compra. A su lado, en uno de los asientos tapizados en rojo, otro hombre mayor, muy moreno, calvo, con una muleta y un pie vendado, mira al vacío con gesto malhumorado. Una señora de formas exquisitas y limpia pronunciación castellana pregunta a otro hombre junto al que acaba de sentarse, de restos canosos alrededor de su cráneo: "¿Sabe usted lo que tarda el autobús en llegar al cementerio?" Y responde el hombre, que viste una camisa azul a rayas que filtra algunas manchas de sudor: "Pues unos veinte minutos, o media hora. Es que da muchas vueltas. Pero no hay otro que llegue hasta allí". La mujer casi se lleva la mano a la boca, en un gesto antiguo, como para dar cuenta de su admiración: "¡Media hora! Es mucho tiempo. ¡Pero es que los taxis cobran una barbaridad!" El hombre de la camisa a rayas asiente con la cabeza y el autobús inicia al fin el trayecto. Hay un atasco notable en la Alameda, y muchos peatones que visten la camiseta de la selección nacional de fútbol. En la segunda parada, en el cruce de la calle Hilera y Armengual de la Mota, suben nueve usuarios, entre ellos una monja con un hábito negro, un hombre calvo y acalorado que viste traje azul y corbata y una joven con el pelo teñido de verde que escucha música en su Ipod. También suben una mujer con gafas, el cabello muy corto y un vestido rojo y otro hombre calvo, más fresco, que lleva un maletín de cuero. En Armengual de la Mota suben tres viajeros, un hombre mayor con una carpeta llena de documentos y dos adolescentes de expresión triste. En la calle Mármoles, que reviste también hoy una actividad efervescente en sus aceras, donde una anciana se detiene para recuperar fuerzas en una sombra mientras saca de paseo a su caniche, suben otros cuatro pasajeros, todos de edad avanzada. La mujer del vestido rojo y el hombre calvo del maletín mantienen una conversación sobre una tercera persona, cuñada de la primera, y los problemas que ésta tiene con su hija. Al parecer, la chica ha decidido irse a vivir con su novio para disgusto de sus padres, muy religiosos. La mujer de rojo da algunos detalles: "Mi cuñada dice que su hija ha seguido el camino del Diablo. Imagínate, no son de los que van a misa los domingos, van todos los días". En la siguiente parada, la primera de Martínez Maldonado, suben diez personas, entre ellas una señora algo despistada que arrastra un carrito de la compra amarillo. La mujer otea en busca de un sitio libre y decide avanzar hacia la parte central del autobús, pero las ruedas de su carrito pasan por encima del pie vendado del hombre moreno de la muleta. La mujer se da cuenta enseguida y se dirige al hombre, avergonzada y muy arrepentida: "¡Lo siento mucho! ¡Ha debido dolerle muchísimo!" Y el hombre le responde, sin modificar un ápice el gesto de mal humor de su rostro: "No se preocupe. Hace mucho tiempo que no siento nada".

En el cruce de Martínez Maldonado y Eugenio Gross suben siete pasajeros y bajan cinco. Se forma un tapón considerable en el pasillo y algunos de lo que acaban de subir empujan para llegar a la parte trasera, pero el obstáculo tarda algunos minutos en disolverse. El hombre calvo del traje azul y la corbata ya no suda. Ahora está sentado de espaldas al sentido de la marcha y mira hacia fuera con la misma inclemencia de pocos amigos. En Las Chapas suben cinco viajeros, cuatro mujeres y un hombre muy mayor, casi albino, con gafas de sol, al que ceden un asiento nada más pagar el billete. Se apea la primera usuaria que utiliza la salida, una mujer cargada de bolsas de la compra. Un matrimonio que había subido en Eugenio Gross con su hijo, de unos tres o cuatro años, alcanza al fin la zona trasera, prácticamente vacía. Los padres se quedan de pie y el niño se sienta junto a la señora del carrito amarillo, que sonríe.

En Arroyo Cuarto bajan cuatro pasajeros y suben otros cuatro, y en la primera parada de la Avenida de Carlos Haya bajan seis y suben tres. Un hombre alto, grueso, vestido con una llamativa camisa estampada que le cubre hasta las rodillas y unas gafas de sol ridículamente pequeñas va comiendo un cucurucho de helado con dos bolas de fresa. En la parada del hospital bajan seis viajeros, entre ellos la monja, y suben cuatro. En Parque Florida baja un hombre vestido con una camiseta deportiva ajustada y sube una mujer que luce vestido azul largo y esparteñas. En la Residencia Militar de Castañón de Mena bajan seis personas, entre ellas el matrimonio con el niño y el señor del sombrerito de paja que inició el trayecto en la Alameda. En la siguiente parada baja la chica que escucha música en el Ipod. El autobús toma una raqueta, cambia de sentido y enfila por Tamayo y Baus. En la primera parada de esta calle suben dos mujeres, con bolsas de la compra, que se sientan en la parte trasera. En la segunda bajan cuatro personas. Las dos mujeres que acaban de subir tienen acento argentino y mantienen otra conversación sobre un hombre que cayó por las escaleras de un edificio. "Estaba oscuro, no veía nada y tropezó. La compañía les cortó la luz", dice una. "¿Y cómo está?", pregunta la otra. "Mal. Lo llevaron al hospital, estaba grave, perdió el conocimiento. Pero no sé nada más". El autobús llega a la Colonia de Santa Inés. Algunos niños juegan en las aceras. En la primera parada baja una joven rubia, con un vestido corto negro y el pelo recogido en una larga cola, que parece a punto de llorar. No se producen más intercambios de viajeros hasta Torre Atalaya, donde bajan tres. Una pandilla de niños juega en unos columpios. Tres o cuatro playeros caminan con sus sombrillas y toallas al hombro, camino a sus coches. En Altamira se dispone a bajar una de las mujeres con acento argentino. La otra, antes de que el vehículo llegue a la parada, le da 50 euros y le dice: "Acuérdate de devolvérmelos mañana, que me voy a Ceuta". La mujer que ha prestado el dinero se baja en Soliva, junto a una señora mayor. Hay un edificio en el que salen tuberías por todas partes y aceras levantadas. Parece que nadie vive allí. "Esto es muy tranquilo", dice la mujer. Una mujer camina, despacio, al sol, en una acera desierta. Cualquier atisbo de sombra es un espejismo. Sólo hay un coche aparcado en la calle. Un barro seco cubre algunas fachadas pintadas de colores vivos. Las dos mujeres caminan por otra acera en la que todas las arquetas están abiertas y por las que asoman algunos cables.

En los Asperones no se produce intercambio de viajeros. Una pared pintada da la bienvenida al barrio a los recién llegados. Algunas chabolas están pintadas con coquetería, y evocan cierto gusto bohemio. Pero la mayoría presentan un estado deplorable. Hay muros derruidos, cobertizos improvisados con somieres, restos de basura quemada y algunos coches desvencijados, o también quemados. En una de las calles más amplias un joven aviva una hoguera que despide un humo atroz con un palo mientras se tapa la nariz y la boca. Ondean banderas de España por todas partes. En la puerta de una casa, dos niños se bañan en una piscina de plástico mientras su madre, una mujer muy joven, hace pequeños dibujos en el suelo con una rama. Uno de los niños sale de la piscina, se acerca a su madre y le da un beso tan largo que se queda pegado a su mejilla. En otra casa, más grande, con un patio, un señor mayor vestido sólo con un pantalón deportivo corto se da una auténtica ducha con una manguera mientras a sus pies chapotea otro niño. El calor quema al otro lado del cristal del autobús. El depósito municipal de vehículos sin uso parece un hangar extraterrestre. El Cementerio de San Gabriel respira su silencio cotidiano de pájaros y luto. Quedamos siete a bordo. Son las 13:32. Fin del trayecto.

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