Las cenas de gala

SI han viajado en un buque de crucero, habrán comprobado la excesiva decoración que acompaña a los alimentos que se sirven en sus bufetes y restaurantes. Desde esculturas hechas con hielo, pasando por todo tipo de frutas talladas y terminando con infinidad de flores, la comida que se sirve en estos barcos, es, como se suele decir, algo que entra por los ojos.

Y aunque estos adornos suelen estar bastante estandarizados (por supuesto cada barco tiene su toque especial), en determinadas ocasiones, se encuentran detalles que marcan la diferencia por su originalidad.

El 20 de agosto de 2006, atracaba en el muelle número uno el buque de crucero Van Gogh. Realizando un largo viaje con turistas alemanes, el barco llegaba a Málaga procedente de Gibraltar para efectuar una larga escala desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche. Al tratarse de un viejo buque de la clase Belorrusiya (una serie de ferries reconvertidos en buque de cruceros de los que ya les he hablado), semanas antes de su llegada pedí permiso para visitar el buque. Acompañado del jefe de relaciones públicas recorrí el barco, y me sorprendí, cuando sin pedirlo, pude acceder a lugares que normalmente no se suelen visitar. Tras conocer la cocina, mi anfitrión me mostró una pequeña estancia en la que se fabricaban unas esculturas que servían para decorar el comedor principal del barco en sus cenas de gala. Realizadas con corcho blanco pintado, un camarero singapurés copiaba de una foto algún monumento típico de la ciudad que se iba a visitar, y lo exponía en el restaurante junto a la comida la noche antes de que el buque llegara el puerto de esa ciudad.

Una muy especial e idealizada réplica de la catedral malagueña, tras haber presidido la cena la noche anterior, se encontraba en ese taller para ser reconvertida en la catedral de Cádiz, siguiente puerto de escala que debía tocar el Van Gogh.

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