Y el chocolate espeso

  • Mediada la campaña electoral, puede formularse un juicio a modo de resumen de noticias: los caballos siguen patinando en la calle Larios l Los políticos apelan a la virtud y a la inteligencia de los ciudadanos a la hora de pedir su voto; otra cosa es a la hora de prometer regalos l Ellos son así

DÍA raro, el de hoy. El 29 de febrero induce a la lástima, una jornada construida con las sobras de los tres años anteriores para prolongar un poco más este invierno vestido de primavera. Otro motivo más, entre los calores repentinos y los abrigos que de pronto se echan en falta, para que febrerillo se gane el cariñoso apelativo de El Loco. Y por si fuera poco, la campaña electoral atraviesa su ecuador en la travesía hasta el 9 de marzo, en el que afortunadamente no estaré de vocal en ninguna mesa y votaré con la discreción que me caracteriza; es decir, saldré del colegio cuanto antes. Aunque, bien pensado, la posibilidad de pasar doce horas viendo a la gente desfilar de frente con su papeleta en la mano resulta una oportunidad idónea para comprobar de qué materia estamos hechos. De la misma que sostiene a los sueños, dijo Shakespeare. ¿De ilusiones? No sé. El caso es que cada vez que hay elecciones me vienen a la cabeza recuerdos entrañables de anteriores convocatorias y me pongo tierno, cual episodio de Cuéntame. Como cuando en los comicios municipales de 2003 la Junta Electoral prohibió ir a votar con el lema del No a la guerra y Antonio Romero me llamó a la redacción para decirme que él votaría en su Humilladero del alma con una camiseta que luciera la sentencia bien grande, por si queríamos mandar a un fotógrafo. No sé ustedes, pero yo veo por televisión la sempiterna imagen de archivo de las monjas junto a las urnas, depositando su papeleta (a ojos de la opinión pública parece que no hacen otra cosa, además de dulces de leche frita) y me enorgullezco de la grandeza de la democracia. Y sin embargo, lo que también ocurre siempre, cuando pienso en estas elecciones, en las de la semana que viene, la efusión se enfría y la sensación es que a la ciudadanía le importa un bledo. Mi percepción es que apenas se habla del asunto, ni en la calle ni en los bares; cuando los charlatanes de saliva rápida quieren meterse en un fregao, prefieren emprenderla a golpes contra el Real Madrid. Y no creo que sea tanto cuestión de esa prudencia española a la hora de hablar de política que todavía, tantos años después, encubre algunos miedos, sino más bien de que los votantes anónimos y no afiliados piensan que, realmente, da exactamente igual que gane uno u otro. La paleta de colores ideológicos es tan similar en sus modos e intenciones que todos los votos parecen conducir al mismo sitio.

Lo cierto es que la democracia ha perdido su sentido de fiesta. La pegada de carteles que abre la campaña ya no se hace en la calle, sino en hoteles. Éstas son las elecciones de internet, ciertamente, pero nunca lo han sido menos de los barrios, de la gente, de las miradas. Mis paseos transcurren estos días exactamente igual que el resto del año, y me parece impropio de la época presente: ni campaña, ni nada. La política se hace, más que nunca, para adentro. Y por eso, la percepción social que tienen los candidatos, que llega rebotada a sus electores mediante los mensajes y súplicas, resulta tan particular: a la hora de pedir el voto, los lemas hacen referencia a la virtud (Vota con todas tus fuerzas) y a la inteligencia (Las ideas claras) de los votantes; pero, cuando toca formular promesas, éstas son ignoradas y quienes deciden son tratados como mercancía vendida al mejor postor. Cuando Filipo constató que su hijo, Alejandro Magno, quiso ganarse el favor de los macedonios prometiendo beneficios económicos a quienes le secundaran, le reprendió así: "¿Quieres que te vean como a su gobernante o como a su tesorero? Deben amarte por tu virtud, no por tu dinero". Pues eso. Un respeto.

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