La ciudad contemporánea para tres millones de habitantes

  • El escritor Francisco Silvera publicará durante los meses de julio y agosto una serie de cuentos en 'Málaga Hoy', ilustrados por Esteban. Éste es el primero de ellos.

"Le Corbusier

far calls, coming far!"

Toru Takemitsu

"Ya no recuerdo bien [...]: todo eso está

enterrado en mi memoria, irrecuperable".

Jorge Semprún

"He repasado mis cintas de recuerdos... ".

Aviador Dro

METIÓ los datos para el satélite profiriendo, tranquilo y natural, la numeración memorizada; el coche comenzó la ruta. La conferencia había comenzado, oía atentamente y miraba a la mujer, toda de negro, que con una sonrisa permanente hablaba:

"Existía la costumbre, que de alguna manera en este instante rememoramos, de preservar lo pasado. Piensen que la cantidad de datos, la mayoría en forma de documentos físicos, sobre todo papel, era exigua, pues hasta poco antes de 1700 no era posible editar con una difusión suficiente. Además, este soporte era caduco: ¡una delicia para antiguos hongos e insectos! Poco era lo conservado, aunque para ello fueron necesarias grandes áreas, llamadas pomposamente bibliotecas, donde con esmero se guardaban los volúmenes. A su vez, los museos atesoraban todo aquello que se estimaba digno de mención. Recién llegados al Conocimiento, pretendían legar huella del máximo número de cosas. A nosotros nos choca, nuestra civilización no necesita ya poner el interés en distinguir un Fidias de un Miguel Ángel; qué más da Velázquez o Picasso, Bach o Schönberg, Cervantes o Thomas Mann. Sé que estos nombres, hoy, son indiferentes, pero les aseguro que no lo eran en aquel tiempo".

"Centrémonos en la Literatura. Como ya saben, a partir de los dos fogonazos intelectuales que fueron el Mundo Clásico y el Renacimiento, separados ambos por un par de milenios, para que se hagan una idea de cómo fueron precipitándose los acontecimientos, digo que, ancladas las bases ahí, se afianzó la idea de encontrar placer estético en lo escrito. Esto podría parecerse a lo que ahora sentimos al recibir el mensaje de cualquiera; en el fondo, nuestro concepto de Literatura tampoco es tan distinto, sólo que entonces la privacidad, hoy esencia, era la enemiga del literato. Todo escritor pretendía ser leído por el máximo número de personas; no eran raros los que, para ello, empleaban todo tipo de martingalas, artimañas y bajezas. Algunos de los citados anteriormente alargaron su fama siglos después de su muerte. Cervantes mismo, cinco siglos después de escribir sus obras, seguía siendo objeto de repetitivos estudios acogidos siempre como novedad. Existían verdaderos especialistas en diseccionar sus textos; a partir de sus estudios daban las normas acerca de cómo conseguir el arte supuesto a todo escritor, pero ni éstos las seguían ni aquéllos se atrevían a elaborar una sola línea. Lo llamaban Preceptiva. Sí, sí, ya sé que esto parece absurdo, sin embargo les pido el esfuerzo de pensar con perspectiva".

"Podemos situar el comienzo del fin, y perdonen la vulgaridad de la expresión, en la segunda mitad del siglo XX. Hasta entonces, el libro era un privilegio de las clases pudientes. Y una parte de ellos siguió siéndolo, pero algunos ideólogos inventaron la especie de que extendiendo el mercado de este objeto también se extendía la Cultura, que, con ello, la sociedad habría de aumentar por fuerza sus conocimientos. Lo que consiguieron fue un comercio más relacionado con el pasatiempo que con la estética propugnada con anterioridad respecto al citado libro. Viendo la fama y los dineros alcanzados por algunos escritores, el número de aficionados subió notablemente. Hay quien ha defendido la tesis de que los literatos eran, en general, personas discapacitadas psíquicamente, ansiosos de otras vidas para poder rechazar sus propias vulgaridades diarias. De modo que, por toda la Tierra, en avanzado estado de occidentalización, brotaron las semillas de las editoriales que terminaron convirtiéndose en grandes complejos económicos. Y digo que esto comenzó a ser el principio del fin porque cuanto más se afianzaba el negocio, más se hundía su futuro, ampliaban lectores a coste de matar al Arte que, supuestamente, los mantendría. Todo el ansia de estos artesanos editores se derrumbaba en una tarde, anegada por toneladas de trabajos de otros igualmente publicados; la mayor parte de las obras eran olvidadas si es que llegaban a ser conocidas por alguien, aparte los amigos y familiares, así que párense a imaginar las dolorosas frustraciones vividas por aquellos infelices sedientos de inútil gloria".

"Una situación análoga se vivió en el fútbol. Recuerden, aquel espectáculo con balón que arrastraba a naciones enteras. Ganar trofeos era un mérito tremendo; ser campeón cien veces de lo mismo terminó por aburrir. Cuando parecía que un club era inmortal surgía otro que, al cabo de veinte o treinta temporadas, había hecho desaparecer, como a dinosaurios, todo vestigio de aquellas enormidades deportivas".

"El tiempo nos da la perspectiva para comprender lo que ellos no pudieron. Pensaron que los libros serían siempre recordados y sus autores aspiraron a dioses; hoy no queda nada, acaso esta charla distendida donde resuenan, tras siglos enteros de enterramiento en el silencio, nombres perdidos...

Afortunadamente desapareció el afán de exponer al público lo hecho. Gracias a eso, hoy todos pintamos, componemos o escribimos, con ayuda de la tecnología, sin tener que justificar ni guardar nada".

Pero él miró hacia el horizonte, cerró el canal de la conferencia, que le había provocado una sonrisa sardónica, y se dispuso a leer un libro hecho en papel; eran raros y ciertamente había algo esnob en usar esos documentos viejos aunque para él eran una forma de ampliar el efecto de lo escrito, la posesión le acercaba con el tacto al escritor... Buscó una antigua grabación del siglo XX y comenzó a oír una suite de Bach para violonchelo solo interpretada por Anner Bylsma; durante un instante reflexionó sobre el tiempo y la muerte, oyendo al músico y al compositor desaparecidos los dos tantos cientos de años atrás. Le gustaba esa sensación de atraerse un momento que ya no era. A nadie interesaba esto de conservar y reflexionar sobre lo escrito. Texto y grabación eran los nexos elitistas con unos significados olvidados para los pocos que aún recordaban su valor...

La ciudad se extendía ante sus sentidos, elevada la vía sobre una planicie que era el asiento de la urbe. "La ciudad es hermosa vista desde arriba", discurrió. Al lado suyo vio el reflejo vibrátil de un aerocoche, a punto de despegar; él prefería su viejo modelo adaptado... querría haber oído el sonido real de un motor de explosión, misterio sobre el que tanto se había escrito. Como los libros o las antiguas grabaciones de música, los coches, más soñados que vistos, tenían un halo romántico que ningún vehículo por cómodo y seguro que fuese podía igualar.

Arropado en la molicie del aire climatizado y la música, penetró en la ciudad geométrica como un electrón en su probabilística. Las trayectorias de los viajeros parecían trazadas con tiralíneas, todos en sus vehículos, unos rodantes, otros elevados sobre varios niveles dependiendo de los destinos y las distancias, parecían gravitar de centros comunes. En algunas zonas del laberinto, la altura de los edificios oscurecía las calles por lo que el lucerío anunciante y el del interior de la nave en marcha brillaban como en un atardecer; de repente, tomar una perpendicular llenaba todo de claridad solar y el día parecía otra vez dominante. La velocidad y las alternancias de sombra y luz hacían irreal un viaje que parecía virtual por lo silencioso.

Llegó al Núcleo Central, un edificio inabarcable de forma cúbica y techado con una claraboya, repleto de galerías de cristal por las que penetraba un sol que fluía de todas las formas posibles desde la aurora, pasando por el cenit y acabando en el arrebol de la sonochada. El coche paró en el centro del cubo, que dedicaba toda la planta baja a aparcamientos. Bajó y comenzó a caminar, torpemente ofuscado por lo muelle. Sus pasos sonaban con reverbero al buscar la entrada; accedió a un elevador y alcanzó unas oficinas extremadamente silenciosas. No tuvo que preguntar nada; el sistema le reconoció. Como otras veces, fue a la Sala de Consultas y ocupó una habitación cuadrada tal el edificio; la pared lateral era una gran hoja de vidrio inteligente que permitía ver las calles pero que cambiaba según lo intenso de la claridad y el calor exteriores.

Al entrar, el visor detectó la información cuya búsqueda pretendía y se encendió: allí estaba todo, dispuesto. Como especialista en retrotecnologías, su labor de pesquisa en los albores de la imagen y el sonido le proporcionaba satisfacción y un sueldo suficiente para vivir muy bien. Él mismo había desarrollado convertidores que le permitían acceder casi a cualquier tipo de archivo y atesoraba programas adaptados que le permitían usar hasta teclados y ratones antediluvianos. Quienes le veían alguna vez trabajar no podían evitar el asombro ante aquellos emuladores de la antigua tecnología digital.

Sus jornadas de búsqueda entre los trillones de antiguos holobytes apenas deparaban secuencias vulgares, escenas cotidianas grabadas siglos atrás y que, ahora, la gente compraba para poner como hilo visual en las paredes de las viviendas; le hacía gracia que todo eso le recordaba los frescos de las casas romanas que tanto gustaban a estas civilizaciones extinguidas.

En realidad, muchos perseguidores conseguían lo mismo, sólo vidas cotidianas o noticiarios de personajes desconocidos, y ése era el grueso del negocio. Sin embargo, a comienzos del siglo XXI había aparecido la red MEMORANDA, en la que algunas personas volcaban imágenes de sus vidas enteras. Siglos de Historia han convertido el contenido de las antiguas redes en depósitos inextricables y caóticos, ilegibles por lo obsoleto de sus lenguajes, pero encontrar un archivo de MEMORANDA íntegro, de alguien de la primera fase que pudiera haberlo usado desde una edad pronta, pues que habían caído en desuso a partir de la época de la prohibición, eso sólo ocurría cada mucho y tras un extraordinario trabajo; pero era rentable, las gentes del Poder gustan de esos vídeos larguísimos de escenas enristradas, que son el testimonio real de una vida del siglo XXI, de principio a fin. Por eso, a punto de descodificar su hallazgo del día anterior, estaba un poco impaciente; le palpitaba el corazón, en parte por interés, en parte por poder ser el primero que viera aquellas imágenes tras cientos de años.

Se conformó la Vista Previa. Un aluvión de instantáneas, extractadas de las imágenes en movimiento almacenadas, quedaron suspendidas en el aire delante suya. Bastaba alargar la mano para recuperar la narración en algún punto, como tocando el aire. Era un caso especial; supo enseguida que estaba ante algo distinto...

Arriba, a la izquierda, una joven, muy joven, una adolescente miraba sonriente a la cámara en lo que debía ser su presentación. Pero, conforme iba avanzando por aquel índice en el sentido de la lectura, vio que aquella mujer había dejado en su cuenta de MEMORANDA restos de su vida completa. Se preguntó extrañado quién podía querer hacer eso, y se respondió vagamente aludiendo a mentalidades diferentes. La ristra de instantes detenidos era interminable y mostraba a una muchacha que iba creciendo y envejeciendo en una secuencia cerrada. Inmediatamente señaló a lo que parecía, lo que quiso creer... y era un vídeo de la chica apareándose con alguien, y debía haber más. Existían especialistas en pornografía de todos los siglos pasados, pero tener una historia personal, completa, real, incluyendo relaciones sexuales naturales, sin imposturas, podía adquirir un enorme valor en el mercado.

Miró de reojo hacia atrás; no debía justificarse ante nadie, nadie más había allí ¿no?, pero el primer plano de la vagina de la mujer penetrada una y otra vez, el sonido del golpeteo y los gemidos, consiguieron descomponerlo. Puso la mano sobre las imágenes, imposibles de tocar, y paró la escena. Se sentía culpable. De refilón había observado en la Vista Previa una imagen abajo, a la derecha; le costó reconocerla, era también ella, estaba totalmente cambiada, vieja, en una cama, los ojos muy abiertos en aquella suerte de fotograma parado. Puso allí el índice y al agrandarse la pantalla y el movimiento vio a una anciana intentando respirar, ahogándose aterrorizada, hundiéndose en la entrega, ralentizando sus reacciones hasta que cesó y se dejó caer inerte sobre la almohada. La miró, con el pecho apretado de compasión, y al finalizar todo volvió automáticamente la Vista Previa. Tenía otra vez delante a la muchacha sonriente, a la mujer amando, la visión de su agonía y el resto de su vida a su alcance...

Había algo terrible en esta posibilidad. Poseía la vida de una persona: sus deseos, sus ansias y su muerte; eso era todo cuanto de ella quedaba, de alguna manera cientos de años después volvían al mundo de nuevo sus anhelos y sus caídas... Alzó la mano al azar: la mujer, madura ya, parecía recién levantada, la cámara fija terminaba por ser como un dios; "Como el vacío por el que transcurren las cosas. Y eso es dios", pensaba el espectador, "El sentido en el que somos algo". Como aquel Dios rudimentario que algunos, por entonces, imaginaban pendiente de cada vida humana. Ahora la divinidad era él, y ella parecía aturdida, triste, iba caminando por el salón de su casa, se asomó a la ventana, se acercó al aparato de música y comenzó a sonar la misma sarabanda de Bach que venía oyendo él en su aeronave; ella volvió a la ventana y con el lamento del violonchelo de fondo -¿podía ser Bylsma también? ¿Quizá había alcanzado a verlo tocar en directo?- se quedó observando el exterior, quizá una lluvia, unas nubes, el tráfico o las gentes...

El hombre no pudo seguir mirando; se levantó y fue hasta el cristal cuadrado que se había aclarado progresivamente al ocultarse el sol tras un vasto cúmulo gris; no obstante no se había nublado toda la vista, un brillo áureo de día se derramaba por los límites del nubarrón dejando una parte de la ciudad bajo su poder y otra con los automatismos lumínicos iniciándose. La zona oscurecida se fue llenando de destellos móviles que hacían sus recorridos rectilíneos con perfección de láser; el parpadeo de los autos elevados formaba un contrapunto iridiscente que, a ojos del observador, parecía guardar proporciones matemáticas; la geometría de la ciudad para tres millones de habitantes, sus edificios cuadrangulares y grandes como montes contrahechos, le apabullaba de orden. Tuvo la sesanción asfixiante de vivir en el interior de una máquina, el abismo que le separaba de aquella mujer, de aquella vida comprimida en MEMORANDA le pesó sobre las espaldas como a un titán un mundo por castigo. Oía Bach, leía sentada tranquilamente sus libros, se acostaba con sus parejas, su hijo crecía a su lado y al final la miraba con la misma mirada compasiva con que él había visto su agonía ineluctable.

Hacía varios días que soñaba con números y con agua. Todas las noches lo mismo. Como si la vida fuera líquida y medible. Como si una lágrima y una razón fueran la esencia de todo lo que la muerte se lleva. Su ánimo hundido sentía el paralelismo de su vida y las allí almacenadas. No albergaba ninguna fe, ninguna esperanza le hacía sentir lástima sino la mera perdurabilidad limitada como un rollo de película; y el hecho de que él pudiera ver todo según lo deseara le hizo sentir asco y orgullo, porque, al menos, alguien había resucitado su memoria enterrada, aunque fuera con el insano vicio de mirar a una persona muerta en una vida que ya no es.

Miró de nuevo por el ventanal. Al final de la avenida, que le parecía un río con su curso lamiendo las tierras hasta no sé qué mar, había un rascacielos irreal de tan grande, y la mitad superior estaba encendida y la inferior fulgía por el sol. La estrellería cintilaba levemente, aún ofendida por la luz vespertina. Se dio la vuelta y apagó el Buscador; cortó el archivo de MEMORANDA y lo guardó encriptado. Al salir de la habitación reparó en el ojo de cámara situado sobre el dintel de la puerta. También habría quien lo mirara a él.

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