calle larios

Las ciudades, los libros, el comercio

  • Málaga es una ciudad y, por tanto, un libro que puede leerse

  • Pero sorprende el entusiasmo con el que ha aceptado convertirse en un producto para el que, aleluya, no faltan compradores

Hice referencia la semana pasada en esta mismo sección a la idea de que las ciudades pueden ser leídas como si fuesen libros; más aún, lo son en un grado no pequeño, en la medida en que podemos conocer sus particulares relatos conforme indagamos en sus páginas. Semejante ejercicio, claro, y al contrario que en los volúmenes de papel, no admite una lectura lineal, sino multidireccional: cada página, ya sea en un orden urbanístico, arquitectónico o meramente humano, apunta a mil direcciones distintas al mismo tiempo. Y es que, aunque la historia, como invención intelectual, sí obedezca a un desarrollo lógico en su narrativa, tanto el tiempo (de lo que se trata, al fin y al cabo) como sus efectos siguen un discurso de un cariz más cuántico, dado que (perdonen la cursilada) todo lo relativo a esa historia está contenido en todos y cada uno de sus elementos. Es decir: al leer una ciudad, cada vez que leemos una página estamos leyendo el libro entero. Pero se me pasó apuntar (lo que hubiera sido de justicia) que esa relación entre libros y ciudades es muy antigua, tanto seguramente como los mismos libros y las mismas ciudades, aunque seguramente quien mejor ha sabido formularla (con permiso de Borges e Italo Calvino) es Walter Benjamin. Y me acordé de todo esto porque estuve hablando hace unos días sobre Benjamin con Olga, la editora del sello Candaya, que anduvo por Málaga de promoción. Citar a Benjamin a la hora de pensar sobre las ciudades es un tópico, claro. Todo el mundo lo hace. Podemos dárnoslas de originales y citar a Deyan Sudjic y su reciente obra El lenguaje de las ciudades, donde viene a decir a modo de conclusión algo muy viejo: una ciudad es, antes que cualquier otra cosa, la gente que la habita. Lo que tendría mucha tela que cortar, ya me dirán. Pero es que, después de mi charla con Olga, volví a acordarme de Benjamin, del Libro de los pasajes y de toda la marimorena que se traen las ciudades modernas cuando, hace dos o tres mañanas, mientras atravesaba la Plaza de Uncibay con mi alúa marca de la casa camino a la redacción, me encontré a dos señores entrados en años (digámoslo así), con sus cazadoras y sus pantalones de pana, sus gorras a cuadros, bigotudo uno, calvo como una bola de billar el otro, procedentes ambos de los dominios mesetarios a tenor de su acento, que seguramente habían venido de excursión y habían despistado un rato a sus respectivas con cualquier excusa, y que charlaban de manera animada, de pie como pasmarotes, como pensándose si echarse algo al coleto en la terraza de Doña Mariquita. Uno, que tiende a meterse a donde no lo llaman, arrimó la oreja enseguida al ver sus pintas y justo entonces un señor le soltó al otro, rendido de admiración, lo siguiente: "¿Ves? A cualquier hora, en cualquier sitio del centro, siempre está todo lleno. Es un no parar. Es que Málaga ha sabido venderse muy bien". Sí, diantre, no había más remedio que pararse a pensar qué habría dicho Walter Benjamin. Para empezar.

Y habría que señalar una evidencia: desde el siglo XIX, el ecosistema preferente de la experiencia humana ha sido con un apogeo incontestable el que ofrecen las ciudades. Desde que la burguesía renacentista europea decidiera inventarse el género, a nadie se le ha ocurrido un invento mejor para que las personas seamos, trabajemos, nos relacionemos, nos divirtamos y muramos. Eso sí, la consagración absoluta de las ciudades como espacio preferente para nuestras actividades, con la consecuente extinción del espacio rural y otras esferas naturales, ha coincidido con una tranformación radical no sólo del modelo, sino de la misma identidad de las ciudades. Hoy, la figura del flâneur nos sigue pareciendo cómplice y deliciosa, pero, para ser honestos, las ciudades en las que vivieron estos golfos deambulantes ya no tienen nada que ver con las que nos sirven de residencia y esparcimiento. Pongamos sobre la mesa el caso de Málaga, una ciudad con una delimitación geográfica muy marcada y, por tanto, con un perímetro exacto dado de antemano para su expansión. Una urbe mediterránea, coqueta, que ha girado desde su misma fundación hace casi tres mil años alrededor del mismo núcleo y que no parece dispuesta a renunciar a esta disposición (aunque el debate sobre la descentralización se haya convertido ya en todo un clásico). Una ciudad que tiene en un río imposible a su peor enemigo y en el clima que la bendice a su mejor aliado: mientras el uno empuja a Málaga al subdesarrollo, el otro la convierte en un objetivo apetitoso en muy diversos sentidos. Condenada durante siglos al mayor ostracismo tras la Reconquista, Málaga tuvo que esperar hasta el siglo XIX para aspirar a su siguiente gran oportunidad con la industrialización; y, tras la Guerra Civil que mandó todo aquel esplendor al garete, ha sido el turismo un benefactor decisivo que ha condicionado todos los demás resortes urbanos, desde la cultura hasta los servicios pasando por los equipamientos y la ordenación más elemental. En el siglo XXI todo sigue dependiendo del turismo, pero hemos abrazado el estado 3.0. La ciudad ya no es un ecosistema, sino un producto que se vende al público. Y bien sabemos que hay ahí fuera compradores dispuestos a pagar el precio.

¿Qué diría Walter Benjamin de todo esto? Seguramente, si pudiera, lamentaría no haber vivido esta época (cojan esto con todos los alfileres que estimen oportunos) por haberse perdido lo que venía después. Si Benjamin prestó atención a las ciudades como contextos decisivos de la experiencia, en los que se producen los intercambios culturales, sociales y económicos que garantizan el sostenimiento del capitalismo, la profecía del nuevo orden resulta ser bien distinta. No hace mucho, las ciudades perduraban y crecían gracias al trabajo de sus habitantes (sí, asumamos por una vez una clave marxista, a ver qué pasa), que a su vez transformaba el medio urbano en pos de una mayor comodidad, una calidad mejorada e, incluso, a tenor de las utopías, la felicidad de sus contribuyentes. La política municipal tenía como primer fin la consecución de esta felicidad. Ahora, las ciudades no son ecosistemas, sino productos fabricados, puestos en venta y lanzados al mercado, donde, ya se sabe, la reina de todas las madres es la especulación: a menudo compramos algo más por lo que dicen de ese algo que por la necesidad que tengamos del mismo. Bien, sorprende el entusiasmo con el que Málaga se ha lanzado de cabeza a esta economía virtual. La aportación de los ciudadanos ya no se materializa a través del trabajo, sino de un branding que considera indispensable, por ejemplo, un centro libre de vecinos para mayor solaz de los turistas. Sí, no sólo Málaga ha sabido venderse; es que, además, la han comprado. Un éxito entre tanta competencia.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios