El colegio que nació de una fábrica

  • En plena vorágine de falta de plazas escolares el CEIP Intelhorce sólo tiene ocho solicitudes · Allí estudian un centenar de niños, que tienen desde ordenadores hasta un huerto · También abre los fines de semana

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El colegio Intelhorce parece un oasis en el desierto. Ubicado en la barriada que nació para acoger a los trabajadores de la desaparecida fábrica textil, es uno de las pocos edificios de la zona que reboza vida. A su lado, cientos de antiguos pisos dan ejemplo de que vivieron una época mejor y las nuevas casas adosadas que pronto inundarán el barrio aún están deshabitadas: llevan ya dos años de retraso. Pero cruzando el umbral del centro educativo la atmósfera cambia. Los niños corren por sus pasillos y las sonrisas inundan las pocas aulas que hay. Y no sólo de lunes a viernes, sino que el colegio abre también para los vecinos durante el fin de semana: son las únicas instalaciones públicas de la zona.

El CEIP Intelhorce tiene marcado en su propio símbolo su origen. Una gran chimenea, emulando la que un día fue bandera de la fábrica textil en la que trabajaron hasta 3.000 personas, es la base de su escudo. Destinado primero a zona comercial, luego fue guardería para los hijos de los empleados y más tarde colegio público. Pero el desvanecimiento industrial ha tenido en él su reflejo: hoy apenas quedan un centenar de niños. Muchos de ellos, llegados desde la barriada de Las Castañetas, porque si no el centro apenas tendría unas pocas decenas de pequeños. Sólo hay que ver las únicas ocho solicitudes que han tenido de niños de 3 años para el curso que viene, frente a las cerca de 130 de varios centros de Teatinos. "Pero aquí estamos, sin parar de trabajar y metidos en mil fregados", afirma su director, Francisco Teba.

Observar el trajín del docente y a su equipo de profesorado sirve para conocer hasta dónde se han implicado en la educación de los niños que tienen en sus clases. Muchos de ellos han llegado allí voluntariamente porque el centro tiene un programa de coeducación. El surafricano Bruce Mcmillan es un claro ejemplo. Eligió el colegio hace dos años después de varios cursos dando clases en un centro privado. "Un día mis alumnos vieron una fotografía de chabolas en Brasil y me dijeron que eso no había en Málaga. Me di cuenta de que tenía que irme a otro sitio", explica el profesor, que en el momento de la entrevista da clases de inglés a una quincena de niños de varios países y etnias.

Algunos de ellos llegan de familias conflictivas de Las Castañetas. Pero la baja ratio de niños (cada clase tiene una media de 12) permite "una educación totalmente individualizada". "Los profesores pueden prestar atención a cada uno y todo el mundo aprende mucho", cuenta el director, orgulloso de que el suyo sea un centro TIC. Un equipo informático como mínimo en cada clase y todos en red, conexión a internet, televisión y vídeo en cada aula y varias de ellas con numerosos ordenadores. Pero no todo allí depende de las nuevas tecnologías. Una coqueta biblioteca con numerosos libros, aulas para educación de adultos o un patio remozado por el Ayuntamiento de Málaga dan "mayor calidad a la educación pública". Y, más aún. Las instalaciones del centro también acogen un huerto que cuidan los alumnos, aunque están a cargo de varios jubilados de la fábrica, "que dejan algunos alimentos aquí y otros se los llevan a casa, porque hay que repartir para todos", añade Teba.

Con el AVE a escasos metros, cerca de un polígono industrial y con la fábrica en proceso de descomposición, se augura un mal futuro a este colegio. Pero su director es optimista. Sabe que las nuevas viviendas "se entregarán algún día" y que con ellas llegarán más niños. Sus padres ya no trabajarán en las instalaciones textiles, pero darán vida a una barriada y a un colegio que necesita niños. Porque ilusión y ganas de trabajar no le faltan.

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