Por una conversación con Barbie

  • Hay ocasiones en que el imperio de la actualidad se traduce en soledad ¿De qué hablar, y con quién, cuando todo se resuelve en blanco y negro? Al menos, Mattel acude en nuestra ayuda

ENTRO a una cafetería del barrio, atestada de vecinos que devoran sus desayunos. Pido a una camarera muy simpática mi café y mi pitufo y me siento en una mesa con mi periódico. Hay un televisor encendido. Nadie ofrece consejos sobre cómo prevenir el cáncer oliendo limones, pero alguien empieza a hablar en un plató del presunto asesinato del niño malagueño llamado Alejandro. El murmullo que acontecía a mi alrededor cesa de repente. Aparece entonces en la pantalla la imagen del presunto criminal, y el murmullo regresa al instante, virulento, multiplicado. Un hombre sentado en la barra grita, hijo de puta, y de inmediato es secundado por otros que increpan al hombre, o a su imagen emitida en televisión, con todo tipo de insultos. La indignación así expuesta se mantiene durante unos segundos, y es tanto su fragor que pienso que mi silencio puede convertirme en cómplice a ojos de aquellos que, como yo, desayunan en los primeros compases del día. Una mujer mayor, vestida con una sudadera y con una medalla de una Virgen al cuello, se me queda de hecho mirando, con una actitud que me parece inquisidora, y por un momento me gustaría contarle que el hecho de que no me líe a lanzar improperios no significa, en absoluto, que me parezca bien la muerte del niño, ni que me dé igual; pero que, por lo general, y más aún en asuntos tan serios, prefiero quedarme callado y esperar a que se resuelva lo que tenga que resolverse para después, si procede, pronunciar una opinión lo más racional y templada posible. No soy de los que van a las puertas de los juzgados a ciscarse en los corruptos ni en los etarras, prefiero quedarme en casa, hacer mi trabajo lo mejor que pueda y aguardar a que se enfríen las cosas. Qué le vamos a hacer, cada uno es como es. Si le hubiera dicho todo esto a la mujer que me mira me habría quedado más tranquilo, o, tal vez, lo más seguro dada mi tendencia a meter la pata, lo habría complicado todo muchísimo más. Pero, de cualquier forma, vuelvo a la lectura de mi periódico, a cierta información económica que no tiene nada que ver con tan abominable suceso, y la tormenta termina pasando. Dos minutos después se sientan a mi lado dos hombres, cuarentones largos algo castigados, gruesos ambos, con manos enrojecidas, camisetas de pintor y gorras manchadas de blanco que dejan sobre sus orondas cabezas. Un descanso en la faena. Piden su desayuno, abundante y calórico, y empiezan a discutir. Intento concentrarme en el estado de las bolsas europeas a cuenta de la tensión en Grecia, pero no hay manera. Los dos hombres están sentados justo a mi lado y hablan en voz bien alta. Y, al fin y al cabo, a quién le importan las bolsas: el mercado financiero no se va a venir abajo si Grecia vuelve al dracma. Pues si entran los de Podemos y nos quitan la Semana Santa, yo me voy a cagar en sus muertos, dice uno, el más alto. Pero venga ya, eso no lo van a hacer, responde el otro. ¿Que no? ¿No ha dicho la tipa esa que harán un referéndum? Y las elecciones son en marzo. En Cuaresma. Pues mira, para los ladrones que tenemos en el Gobierno, prefiero a los de Podemos, aunque nos quedemos sin Semana Santa. Total, yo al Cautivo voy a verlo cuando me da la gana. Pero, ¿qué dices? ¿No has visto lo del Monedero, el tío ese de las gafas? ¡Si ellos son igual de ladrones! Escuchándoles, me gustaría pensar que tengo también una opinión sobre el asunto. Una opinión madura, reflexionada, asentada. Pero no, no la tengo. Más aún, no me apetece tenerla. Caigo entonces en la cuenta de cuánto se habla de lo que la mayoría habla. Cada vez hay menos espacio para la alternativa, para la resistencia. Todo se resuelve en extremos, en blanco y negro. Las anécdotas, los chascarrillos, las complicidades, las pequeñas cosas han sido eliminadas de las conversaciones entre amigos. El hombre es un animal político y mediático. Cierto. Tanto, que es cada vez más político y más mediático y menos hombre.

Vuelvo a mi periódico. Grecia no tiene nada que hacer. Los griegos han sufrido demasiado, pero seguirán sufriendo por el bien de las bolsas. Leo otra noticia: Mattel ha fabricado una Barbie interactiva capaz de mantener una conversación con quien se lo proponga, sobre cualquier asunto, y con conexión directa a internet. Es el último gran logro de la inteligencia artificial. Quién sabe, pienso, tal vez aquí resida mi esperanza. ¿Podrá una muñeca de plástico darme la charla que echo de menos esta mañana? ¿Qué pensará Hello Barbie de la vida, de mis recuerdos, de los gorriones que ya no quedan a cuenta de la invasión de loritos tropicales, de la teología de Spinoza, de cierta receta del ajoblanco, de cualquier cosa que no tenga que ver con la maldita actualidad? Su modelito, no obstante, la delata en la fotografía del periódico. La muñeca de las narices está tan sola como yo. Mejor quedarnos en silencio lo que queda del café.

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