El corte perfecto, la cabeza en su sitio

  • Quienes no somos el marido de la peluquera hemos visto nuestras cabezas en manos rudas que, sorprendentemente, mostraban oficiante pericia en la tijera l En Málaga todavía quedan barberías al modo antiguo y pródigas para la conversación: las mismas que homenajean a la Revolución Francesa

POR la fotillo de ahí arriba comprenderán que ha transcurrido ya bastante tiempo desde mi última visita a la peluquería. Más aún: antes de dejarme crecer estas greñas mantenidas a base de acondicionador carísimo, mi señora me cortaba el pelo en casa con uno de esos kits que venden ya hoy en casi cualquier perfumería. Así que mis últimos aseos capilares públicos se remontan a mi época de soltería. Por entonces visitaba a Pepe, que tenía su negocio cerca del antiguo matadero de Cruz de Humilladero; era una peluquería de barrio, auténtica, donde se daba la conversación sobre fútbol, mujeres, coches y política con espontánea facilidad.

A Pepe le fue bien, muy bien, y trasladó el mester a la Avenida de las Américas, justo al lado del centro comercial Larios, pero en lugar de la barbería de antaño abrió un salón unisex: los botes a medio llenar de after shave quedaron sustituidos por fijadores de nombres franceses y (seguro) precios muy elevados, en lugar de la conversación reinó un hilo musical con el último compás del Prêt-á-porter, las mesas que antes ofrecían el Marca daban ahora cuenta del Lecturas y donde antes olía a tabaco ahora salían despedidos efluvios dulzones. Me alegré por Pepe, pero la verdad es que a veces eché de menos la vieja peluquería, nostalgia que, traicionera como cualquier otra, me embarga aún de vez en cuando a estas alturas. Cuando ayer vi las colas de chicas en paro en Agustín & Hijos, ávidas de la oferta gratuita (también había chicos, pero muchos menos: hasta en eso el pudor nos puede, maldita sea) que se les tendía con generosidad, pensé en la clase de clientes que habría aprovechado el mismo cable en la primera barbería que visité de niño, también cerca del mismo matadero, detrás de La Campana de la Avenida de la Aurora que todavía hoy sirve sus vinos; más bien, habría sido un fracaso, porque recuerdo un público formado en su mayoría por jubilados. Yo me presentaba allí, en mi tierna primera década, y compartía espera con ancianos sospechosos que invocaban al unísono el mismo after shave, el Floïd mentolado, el de toda la vida. Me sentaba con aplomo en una silla que siempre chirriaba al dejarme caer y evitaba la tentación de hojear el ejemplar de Interviú que ya rodaba por allí. De hecho, fue en aquel antro donde me prepararon para la Primera Comunión. El peluquero tenía unas manos dignas de la doma de reses a bocajarro, peludas, enormes, de dedos cortos pero capaces de pellizcar al mismísimo demonio sin salir del caldero; sin embargo, cuando el acólito vestía su mandil y aquellas zarpas se posaban en mi cabeza, éstas adquirían de pronto la precisión de los violagambistas: se movían con soltura por entre mi cabellera, cortando como de cualquier manera pero con resuelto equilibrio. Sólo cuando el filo de la navaja se aferraba a mi garganta se acentuaban mis miedos infantiles, qué manera de morir más cruel va a ser ésta, Dios mío, perdona mis faltas, juro que no he mirado las tetas de esa portada, sólo de soslayo. Salvo por aquellas tentadoras revistas yo tampoco fui el marido de la peluquera, pero aquellas manos me parecían dignas de la consagración eucarística. También las extraño.

Aunque en el fondo sea un traidor de melena al viento y sin coleta, me gustan mucho las barberías de Málaga. Especialmente las que tienen la enseña francesa en su puerta (costumbre que adquirieron las peluquerías españolas en homenaje a las galas, ya que fue en ellas donde se urdió la Revolución Francesa; al menos eso dice la leyenda, y yo la creo), como la de la calle Sánchez Pastor y la que hay justo al lado de Casa Aranda, cerca de Puerta del Mar. Tengo especial cariño a la que hay al final de Héroe de Sostoa, ya en el cruce de Juan XXIII y la Avenida Europa. Y, de vuelta al centro, en Sancha de Lara. A menudo me detengo en sus puertas y observo a los peluqueros artesanos, en sus charlas animadas con los clientes. Cogen un periódico avuela pluma y se ponen a criticar la primera foto que les sale al paso. Queda aquí una Málaga que se resiste a ser Valley: como una insignia perdurable.

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