Una droga legal que socava familias

  • Enfermos que intentan superar el alcoholismo coinciden en que la adicción destroza empleos, carreras, parejas y hasta amistades

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A José Manuel llegó a dominarlo tanto el alcohol que el día que volcó su coche ni se amedrentó porque la Guardia Civil comprobara que llevaba una tasa de alcoholemia cuatro veces superior a la permitida. Al contrario, invitó a los agentes a una copa en un restaurante cercano al lugar del siniestro. Ahora lo cuenta consciente de la locura que cometió bajo los efectos de una droga legal, barata y accesible.

José Manuel tiene 45 años. Empezó a beber a los 14. Dice que cuando tenía trabajo -porque finalmente el alcohol se lo arrebató- se levantaba a las 6:00 para tener "siete u ocho" copas en el cuerpo cuando llegara la hora de entrar en la oficina. Ha pasado por dos centros de deshabituación, por otras tantas clínicas y hasta probó con una iglesia evangélica. Pero al final recaía. Ahora lo intenta por sexta vez en Proyecto Hombre.

Su historia, como la de muchos otros, revela que el alcoholismo -una enfermedad según la Organización Mundial de la Salud- no solo destroza hígados. También destruye carreras, familias, trabajos, amistades; en síntesis, vidas.

Cada enfermo tiene su historia particular, pero la mayoría coincide en denunciar que el alcohol es una droga legal, asequible para cualquier bolsillo y que se consigue en cualquier supermercado. "Para mí es más difícil superarlo porque veo el alcohol en los anuncios, cuando voy al súper, si voy a una comida y es socialmente tolerado", reflexiona Natalia, de 38 años y bebedora desde los 25. También intenta salir del alcoholismo en Proyecto Hombre. En las terapias de deshabituación, las mujeres son minoría. Pero ella encaja exactamente en el perfil de las bebedoras, que a diferencia de los hombres, consumen en solitario. "Yo bebía en soledad, a escondidas. Mi madre también es alcohólica. Ella bebía por su lado y yo por el mío", relata. No son pocos los enfermos que confiesan que alguno de sus padres también abusaba de la bebida.

Natalia es solo un ejemplo de cómo el alcohol les va socavando la vida. Ella dejó los estudios de Trabajo Social, fue perdiendo todos los empleos que conseguía, rompió parejas, fue distanciándose de sus amigos... La historia, con variantes, se repite en muchas de las personas que intentan sobreponerse a una patología que enferma no sólo a la persona, sino a todo su entorno.

Los alcohólicos tienen muchos trucos para que su dependencia no se descubra. "Yo vaciaba una botellita de agua y la llenaba de vodka porque daba el pego de que era agua y no tenía mucho olor a alcohol. A mí me ha dominado el alcohol", confiesa Natalia.

José María empezó con 16 años, tomando "unas copitas" con los amigos. A los 50 está logrando salir del pozo gracias al apoyo de su familia y al trabajo de la asociación de alcohólicos rehabilitados ÁREA. Elegante, educado, nadie se lo imaginaría bebiendo en un bar sin acordarse de su casa ni de su familia. "A mí se me iba la cabeza y no me acordaba nada más que de beber", cuenta. El alcohol le llevó a sufrir tres accidentes de tráfico. En uno tuvieron que colocarle tornillos en la columna. Entre la gravedad del siniestro y su adicción al alcohol, perdió el empleo. Era nada menos que controlador aéreo militar. "Yo era un borracho dócil, no era agresivo", asegura. Hay muchos enfermos que por su agresividad o su dependencia pierden sus matrimonios. José María tuvo suerte. Su familia ha sido el puntal que lo ha mantenido y que ahora lo apoya para que salga adelante.

José Luis es un poco más joven. Tiene 43 años y está en AREA. Él se divorció. El alcohol fue a la vez causa y consecuencia. Recuerda que empezó a beber en la mili, porque pensaba que así era "más hombre". A los 19, cuando se licenció, era un adicto al alcohol. Bebió desde los 18 hasta los 41 años. Dice que podía consumir hasta 20 copas diarias. Su historia no es original, es la de muchos otros: trabajo perdido, problemas judiciales por protagonizar accidentes de tráfico debido a sus borracheras y divorcio.

A diferencia de otras drogas, en las que predomina la gente joven, en el alcohol coexisten adictos de distintas generaciones. En Proyecto Hombre están Fernando, de 67, e Ismael, de 20. Pero mientras los alcohólicos de más edad suelen estar enganchados sólo al alcohol, las nuevas generaciones lo combinan con otras drogas, sobre todo, con cocaína, que atenúa los efectos de la borrachera y permite seguir bebiendo. José Luis era uno de ellos.

Y a más juventud, mayor politoxicomanía. Miguel Ángel -en tratamiento en Proyecto Hombre- confiesa que ha consumido cocaína, alcohol y éxtasis. Tiene 25 y bebía desde los 15. Empezó con la cocaína y luego probó el alcohol. Podía tomarse "20 ó 30" copas diarias. Al final, el alcohol pudo con la cocaína y solo consumía la cantidad necesaria de esta sustancia para poder seguir bebiendo.

Ismael comenzó a tomar con apenas 14 años. Al principio, los fines de semana. Después, a diario. Hasta que se convirtió en un alcohólico y entonces perdió el empleo. Como Miguel Ángel y muchos otros jóvenes cuentan cómo sus padres les han suplicado casi de rodillas que tomaran las riendas de su vida, que dejaran la bebida. Ahora lo están intentando. Unos en ÁREA, otros en Proyecto Hombre. Unos casi recién llegados a la mayoría de edad, otros ya más allá de la jubilación. El presidente de ÁREA, Mario Pallín, en un intento de que nadie sufra lo que ellos han pasado advierte que entre disfrutar de una copa y convertirse en un alcohólico hay "un límite invisible que se traspasa y no te das ni cuenta".

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