La duda vive en las casas de pescadores de El Palo

  • La mayoría de los vecinos afectados muestra su desconfianza acerca de las promesas de las administraciones públicas sobre la posible legalización de sus viviendas · Muchos de ellos viven a pie de playa desde que nacieron y confían en poder seguir allí el resto de sus vidas

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Hablan con la voz de los años, de las penurias, del dolor y el salitre clavado en la piel. Lo hacen con el sentimiento sincero de ser parte de la costa sobre la que se asientan los pilares de su familia y de las casas donde habitan desde el momento mismo en que nacieron. Sus palabras dan forma al mensaje original de una de las barriadas más señeras de Málaga, de los pescadores que levantaron siglos atrás las primeras chabolas, las primeras edificaciones de madera sobre un suelo marcado en los últimos años por las dudas y las sombras. Rosario, Carmen, Maríaý son algunas de las que sobreviven en las casas de El Palo.

Conviven con los interrogantes que se ciernen sobre las viviendas que las alojan con la resignación natural de que quien lleva haciéndolo después de varias décadas. Ahora, cuando asoma en el horizonte una nueva promesa para hacer legal lo que las administraciones entienden ilegal, su testimonio es el reflejo mismo de la incertidumbre. La Dirección General de Costas contempla ahora adecentar este frente litoral como paso previo al camino de legalización de los 400 inmuebles localizados en dominio público marítimo terrestre.

Es un privilegio caminar por la fachada misma de estas casas, adecentadas con el esfuerzo de sus propietarios, y lo es aún más conversar con estos vecinos de El Palo, cuyas historias lo son también de Málaga. María Soler lleva casi 96 años habitando uno de estos inmuebles. Su hija, Carmen López, nos cuenta que fue su abuela la que hace más de cien años compró la parcela sobre la que se levanta, por poco más de 35 duros de la época. "Y toda la vida el mar nos ha dado a los vecinos por el culo y los vecinos le hemos dado al mar", afirma con contundencia. "Pagamos la contribución, la basura, el riego de las calles, aunque no las rieganý Mi casa sí tenía papeles, pero vino un temporal y se los llevó", comenta Carmen, quien no esconde su temor a que el futuro de estas viviendas pueda estar en peligro.

Justo al lado de esta edificación tiene su negocio Antonio. Un bar que abrió sus puertas hace 29 años. "No me creo lo de la legalización mientras no esté demostrado", afirma con la certeza que le da llevar más de 50 años, desde que nació, escuchando hablar de lo mismo. "Mientras no lo vea no me lo creo".

En otra parte del barrio, un pequeño corrillo de cuatro mujeres se reúnen con ansias de expresar su opinión sobre el asunto. Una de ellas, María Jiménez, pregunta si es que van a tirar las viviendas. "¿Si es así, por qué dejaron que se hicieran estas casas; por qué dejan sacar permisos de obra a dos millones de pesetas; por qué tengo que pagar unos doscientos euros de contribución todos los años. Para que ahora no tenga nada?". Es la lógica aplastante del que padece sin saber por qué.

"Mi casa la he levantado con mi marido, que ha tenido que dar muchos golpes de mar", agrega. María, como otras muchas, sigue ignorando cuál será el futuro del lugar en el que habitan, en su caso, desde hace 34 años. Sus dos hijas nacieron allí y salieron de ella casadas. "Vivimos en un paraíso como para que vengan cuatro granujas y traten de ganar dinero a nuestra costa. Si las van a echar abajo, será con nosotras dentro", grita, en un mensaje que secunda otra de las propietarias. Su situación es la misma que Rosario Díaz y Carmen Serrano, que con 70 años no recuerdan otro paisaje que el de la playa de El Palo.

Dolores Luque, cuyas manos reflejan haber cumplido los 84 años de edad, llegó al barrio cuando tenía 10. En aquel entonces, la mar llegaba a apenas unos metros de las fachadas. "Lo que había en aquellos años eran casas de cartón o de madera, chabolas. Y cuando venía un temporal se metía dentro de ellas", añade.

Otro de los afectados es Miguel Caparrós, quien abandonó hace unos años el barrio, pero en el que mantiene una vivienda antigua, donde reside su suegra. Esta casa mantiene la fisonomía casi intacta de cuando fue construida. Apenas 40 metros cuadrados de espacio, techos marcados por el paso del tiempoý Y ahora, Miguel ha solicitado a la Gerencia de Urbanismo permiso para hacer obras de mejora. "Esta casa era de mis padres y se la he comprado a mis hermanos. Ahora intento hacer obras y tenemos los permisos pedidos y pagados", añade.

Todos ellos son malagueños en cuyas caras se marca la angustia de la incertidumbre; hombres y mujeres que, en su mayoría, nacieron en las mismas casas sobre las que desde hace décadas se cierne una sombra constante de duda a la que ninguna administración, hasta el momento, ha sabido dar respuesta. Son algunos de los ocupantes de las 400 casas de pescadores de El Palo.

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