La crisis, según los estudiantes de Económicas

El fin de la crisis económica en España... ¿cuándo?

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LA pregunta está en la mente de todos pero nadie sabe con certeza la respuesta. Los empresarios, los agentes de Bolsa, la banca, los economistas, los políticos intentan dar fechas orientativas, algunos, los más optimistas, creen ver la recuperación económica en otoño de este mismo año, aunque por otra parte tenemos los pesimistas, que piensan que no veremos la luz hasta el 2020.

La gigantesca burbuja hipotecaria sobre la que se había asentado el celebrado crecimiento económico norteamericano había explotado. Cada año subían los precios de las viviendas, poco a poco se promovió el endeudamiento de sectores sociales con bajo poder adquisitivo, a través de las llamadas hipotecas basura (subprime). El boom inmobiliario se convirtió en la locomotora que tiraba de la economía norteamericana. Bancos, sociedades financieras, promotores inmobiliarios y constructoras alcanzaban beneficios astronómicos, a costa de una transferencia masiva de las rentas salariales de familias trabajadoras, cada vez más entrampadas. Una monumental burbuja financiera se alzaba sobre la ya enorme burbuja hipotecaria. La economía mundial se aguantaba sobre una montaña descomunal de capital ficticio. El problema vino cuando los préstamos comenzaron a fallar y crecía la morosidad. Las familias endeudadas comenzaron a poner a la venta unas casas que ya no podían pagar, los precios de las casas comenzaron a bajar, las ventas retrocedieron y la construcción entraba en un fuerte parón.

Los efectos de la crisis económica también han tenido un fuerte impacto en el sistema financiero español. El sector de la construcción ha sido uno de los más perjudicados por la crisis debido al fin del boom inmobiliario y a la posterior caída de las ventas. La economía española se enfrenta, pues, a una serie de factores que le suponen falta de liquidez y financiación a corto plazo, altos precios de determinados bienes de importación y factores internos que, en cualquier caso, habrían provocado la brusca caída de la actividad de nuestra economía. Nos enfrentamos a dos crisis, en parte sucesivas y, en parte, sobrepuestas: la del ajuste del sector de la construcción y la de la falta de liquidez del sistema financiero. Los bancos y las cajas preferían pensar que asistiríamos a un suave ciclo de desaceleración económica, de corta duración y del que no habría que preocuparse porque había provisiones suficientes en sus correspondientes balances para hacer frente a los posibles impagados. Pero no todo se había previsto. No se había previsto que las tensiones generadas por el exceso de liquidez terminarían por afectar a la estabilidad de la economía mundial. Tampoco se había previsto la falta de confianza en los instrumentos de valoración de los distintos activos en que invertían su ahorro los ahorradores a nivel mundial.

Según algunos estudios realizados, un gran número de empresas piensa que España saldría de la crisis en octubre de este mismo año. Sin embargo, si nos atenemos a lo que piensan los consumidores ponen el final de la crisis en el 2012. Otros especialistas en la materia van más allá y piensan que la crisis en España se prolongará, al menos, durante cinco años y después todo dependerá de diversos factores, tanto internos (políticas aplicadas hasta el momento) como externos (crisis financiera). El problema consiste en que el país acaba de vivir la mayor burbuja inmobiliaria de la historia, al tiempo que ha explotado la mayor burbuja crediticia internacional desde el crack de 1929. Los datos indican que la recuperación del ladrillo, principal motor de crecimiento durante la última década no tendrá lugar hasta que se diluya el abultado stock de viviendas existente en la actualidad.

Es probable que la particular travesía por el desierto se prolongue como mínimo hasta 2015, ya que hay que tener en cuenta otros factores de riesgo que amenazan con alargar la agonía. La duración de la crisis financiera y la restricción del crédito, el elevado déficit exterior, la apuesta por un sistema energético insostenible, la posibilidad real de que el ladrillo español experimente un estancamiento similar al de Japón y todo esto unido a la inexistencia de reformas estructurales de calado por parte del gobierno para atenuar los efectos de la crisis, dibujan en el horizonte un clima bastante pesimista.

Aún hay opiniones que van más allá de estas últimas fechas, los que piensan, que el mundo saldrá de esta situación con una caída fuerte a partir de este año y hasta 2012, un período de estancamiento absoluto hasta 2015 y una nueva salida a partir de 2020.

A medida que avanzamos hacia la recuperación vemos una urgente necesidad de que las empresas que están creciendo aprovechen la oportunidad para aprender del pasado y hacer los cambios pertinentes en sus estrategias y operaciones. Esto puede implicar una nueva forma de gestión de personal, e incluso cuestionarse qué parte del mismo van a mantener trabajando en sus instalaciones y a jornada completa. Las nuevas estrategias de gestión de personal y de puestos de trabajo son dos de las principales áreas en las que las empresas pueden reorganizar sustancialmente sus costes básicos y avanzar hacia un cambio más amplio de infraestructuras. En cuanto a las soluciones, se puede salir de aquí a través de una cambio de modelo. No se puede volver a lo de antes, la solución está en lo nuevo, no en lo viejo. Este cambio de modelo, debe ir hacia la eficiencia y la productividad. El nuevo modelo debe modificar las relaciones entre economía y medio ambiente. Yo creo que lo que se plantea ahora es cuál es el papel que hay que reservar al estado, hasta donde hay que llegar en materia de regulación, de garantías al sector privado, cómo deben funcionar algunos mercados fundamentales, como el de trabajo o el financiero, etc. En cierta medida, se trata de conciliar el corto con el largo plazo y procurar que los procesos sean sostenibles.

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