Cuando los hijos son la 'moneda de cambio'

  • Expertos consideran que el asesinato del pequeño Alejandro tiene reminiscencias del doble crimen de Breton y exigen medidas preventivas

El asesinato, como ha clasificado el juez la muerte de Alejandro, de sólo 3 años, a manos, supuestamente, de Antonio Fernández, el compañero sentimental de la progenitora, ha pasado a engrosar la historia negra de España. La mayoría de los autores de los crímenes de menores registrados en los últimos años comparten un denominador común: el ansia por vengarse de su pareja. El caso de los niños que fueron asfixiados en Lloret de Mar (2010), los pequeños Ruth y José (2011), otros dos ahogados en la bañera por su madre en Jaén (ese mismo año) y la menor Asunta (2014) son algunos ejemplos.

Los expertos consultados por este periódico coinciden en destacar la frecuencia con la que los hijos se utilizan "como moneda de cambio" cuando hay desavenencias en una relación. En esta última ocasión, de hecho, Antonio, que el viernes ingresó en la prisión de Alhaurín de la Torre como presunto responsable de lo ocurrido, aseguró que Alejandro cayó el lunes accidentalmente a una balsa de Los Montes y que lo dejó ahogarse por estar enfadado con la madre. El supuesto asesino, como adelantó este periódico, habría enviado recientemente unos mensajes al padre del menor, en los que reconocía que el niño "estorbaba" e incluso le pedía que se lo llevara con él a Ceuta, donde está destinado como teniente de la Guardia Civil.

El objetivo, a veces, según explicó Alejandro Galán, médico especialista en Psiquiatría, se basa en "denostar la imagen del compañero sentimental para hacer daño y apropiarse de los hijos", que sufren las consecuencias de una "actitud de revancha". En palabras del profesional, el crimen del pequeño podría enlazar, por las circunstancias que lo rodean, con el doble asesinato de Córdoba. "En ambos subyace un trastorno de personalidad disocial. Aunque Bretón [que sí era el padre] es un psicópata mucho más frío con capacidad para planear durante un tiempo su objetivo, en el caso de ahora existe una impulsividad mayor", recalcó el experto, quien considera que la actitud de Antonio podría responder a "una dificultad para controlar los impulsos" y a una "menor capacidad para urdir un plan conveniente". A su juicio, en este tipo de perfiles, suelen ser notorios los problemas "para asumir las normas de convivencia a nivel social y la falta de empatía hacia los demás".

También el psiquiatra José Miguel Pena reconoció que son muchas las ocasiones en que los niños sirven de instrumento para causar un daño a la otra parte. "Es frecuente, sobre todo cuando son menores y no tienen capacidad para dar su opinión, pero no a este nivel", resaltó el doctor, que rehusó pronunciarse en concreto sobre el caso de Alejandro.

Para el psicólogo clínico Pedro Javier Gómez, este asesinato muestra rasgos "de otros múltiples casos en que el hombre ejerce violencia sobre la mujer a través de los niños", que quedan "anulados y se convierten en un mero objeto al servicio del ego del maltratador". "Se busca hacer daño a la madre por no satisfacer sus necesidades o no plegarse al papel de víctima que le tiene asignado", dijo.

Según el experto, es necesario detectar actitudes de maltrato antes de que el individuo llegue a quitarle la vida al niño. "Resulta complicado actuar judicialmente contra ellos; es el mayor hándicap que tenemos. Es difícil convencer al juez de que actúe preventivamente. La culpa nunca es ni será de éste, sino de quien da el golpe, pero hay una responsabilidad de los órganos judiciales que no pueden eludir afirmando que no es previsible", aseveró el psicólogo, quien precisó que son "miles los casos potenciales" que existen, aunque con "uno sólo" habría que "poner en marcha un protocolo" y destinar una gran inversión.

La madre de Alejandro tenía la guardia y custodia del pequeño y junto con el padre (ambos divorciados) compartían la patria potestad. El niño vivió durante un año en casa de sus abuelos en Marbella y, precisamente, este fin de semana iba a pasarlo con su progenitor en la ciudad, señaló el portavoz de la familia paterna, Antonio Caracuel. "El contacto era permanente con el menor y nunca le ha faltado nada. Alejandro ha tenido de todo, porque era el niño mimado de toda la familia", apuntó.

De las investigaciones se desprende que "había tensiones familiares" y que quizás Antonio consideraba al menor un obstáculo para su noviazgo con Lourdes, la madre, de 39 años. La mujer comenzó hace años una relación con un teniente de la Guardia Civil (padre de Alejandro) que también resultó conflictiva. De hecho, llegó a presentar una denuncia contra él por recibir "consistentes llamadas y mensajes telefónicos" a los que, según puntualizó entonces, solía atender cuando sus hijas estaban con su padre. La situación se venía dando desde hace cuatro años. El Juzgado número 2 de San Roque acordó una medida cautelar de alejamiento del denunciado respecto a la víctima, a quien no podía acercarse ni a su domicilio, a menos de 500 metros, ni a cualquier otro lugar que frecuentara. Tampoco podía comunicarse con ella durante la tramitación del procedimiento. Poco después, una sentencia absolutoria a favor del hombre dejó sin efecto dicha medida.

El testimonio de Inmaculada Fernández, hermana del presunto asesino, reflejaba tras conocerse el crimen que Lourdes inició hace unos 24 meses un romance con Antonio, 15 años más joven que ella, y que, en ese tiempo, habían roto en varias ocasiones. El verano pasado se instalaron en una vivienda de la calle Eucaliptus, situada en La Mosca. "Muchas veces se peleaban; tenían altibajos, pero al niño siempre lo ha querido", apostilló.

Tanto el joven como Inmaculada, su madre, tienen un cierto grado de discapacidad. Antonio fue criado por una tía suya debido a los celos que, al parecer, desarrolló una de las hermanas. Soñaba con ser bombero y provocó varios incendios para comprobar cómo los efectivos procedían a su extinción. Desde su círculo más cercano le definían como un hombre "muy tímido y reservado, que apenas tenía amigos y que se relacionada, sobre todo, con mujeres más mayores, a las que engatusaba con mentiras".

Trabajaba en la residencia militar Castañón de Mena y formaba parte de la contratación social. Solía recoger al niño del colegio. Lo hizo, por última vez, el lunes, cuando al parecer acabó con su vida. Antonio entró ese día en un ultramarinos contiguo a su casa y compró una bolsa de chucherías.

Ninguno de los vecinos podía imaginar lo que después ocurriría. "Le escuchábamos reír y jugar con el niño y lo llevaba de la mano como si fuera hijo suyo", recordaron varios conocidos. El acusado declaró que, en torno a las 15:00 fue a por el pequeño a la salida del centro escolar. Más tarde, hicieron una parada en un mirador de Los Montes para que el niño tomara la merienda. Fue entonces cuando, aseguró, Alejandro se cayó en una balsa, situada en una zona de difícil acceso y con el paso prohibido.

El presunto asesino justificó el hecho de haber dejado que el menor se ahogara por estar disgustado con la progenitora, según consta en el atestado. Fuentes cercanas a la investigación señalaron que incluso llegó a oírlo gritar. Hacia las 17:15, cuando el menor, posiblemente, llevaba ya una hora muerto, Antonio alertó a un vigilante de seguridad del centro comercial La Cala de que había perdido al pequeño. También tuvieron conocimiento la Policía Local y la Guardia Civil, que activaron un dispositivo de búsqueda. A partir de ahí, proporcionó distintas versiones, entre ellas que lo llevó a una playa próxima porque el niño quería ver el mar. Hasta allí se desplazaron numerosos efectivos y voluntarios. En otro momento, agregó que el cuerpo del menor podía estar en un acantilado de El Cantal. Ya habían transcurrido ocho horas desde que Antonio denunció la desaparición cuando, sin reconocer la autoría del asesinato, dejó entrever que el pequeño se encontraba en Los Montes. El hallazgo del cadáver, que estaba flotando en una balsa, tuvo lugar a la 1:00. El hombre permaneció detenido en el Cuartel de la Guardia Civil de Torre de Benagalbón hasta el jueves, día en que pasó a disposición judicial. El viernes ingresó en prisión.

Alejandro fue enterrado el jueves en Marbella, como había pedido su padre. La madre, que discrepaba en que fuera allí donde recibiera sepultura, no acudió. El pequeño murió ahogado por un "enfado", pero la incógnita que aún queda por despejar es a qué respondía.

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