Cuando lo mejor es callarse

  • Hay mucho ruido últimamente, y no sólo por las obras del Metro l Málaga se prepara para disfrutar su carnaval, pero aquí los disfraces están de moda todo el año l Basta elegir la camiseta perfecta y descargar a gusto contra quien se ponga por delante l Pocas veces se ha necesitado tanto el silencio

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MIENTRAS escribo estas líneas ando con un trancazo de órdago que me ha dejado afónico perdido. Apenas puedo emitir sonidos más allá del susurro, lo que me hace sentir como si estuviera siempre dentro de una iglesia, aunque por otra parte esta penitencia me ha permitido en los últimos días percibir la realidad de manera distinta, como más autónoma, sin necesidad de interpretación por mi parte. Ya saben, aquello de ver, oír y callar a menudo basta para transformar el mundo. Yo no aspiro a tanto, pero lo cierto es que se echa de menos un poco de silencio, y no lo digo sólo por las obras del Metro. Hay mucho ruido por todas partes: debe ser la crisis, pero en la calle la gente se maneja con una especial agresividad y sobre todo mucha susceptibilidad. Casi a diario me encuentro discusiones acaloradas en tiendas, en las paradas del autobús, en los atascos, a la salida de los colegios, en cualquier esquina, por cuestiones nimias o graves, no importa. Se respiran ciertas ganas de llegar a las manos. Es lo primero que me ha llamado la atención cuando me ha dado por desplazarme con la boca bien cerrada: la paciencia se agota y los complejos estallan. El último Pleno de la Diputación, que no fue más que una exposición bastante clara del quilombo en el que ha venido a reducirse la política, resultó bastante representativo de lo que ocurre en la cotidiana selva. Ni San Valentín va a resultar suficiente: si al mártir le diera por predicar hoy, sus discípulos preferirían los leones de Roma al matrimonio. Por si faltaban motivos, llegaron las amenazas extranjeras contra la presencia de la Legión en Semana Santa para suscitar la indignación general, expresada no pocas veces con agrios disparos de violencia verbal. Si la calle no basta, siempre quedan los foros de internet. Basta un vistazo para echarse a temblar.

En realidad, esta furia contenida a lo Fritz Lang responde al ambiente de carnaval que se vive en Málaga todo el año. Muchos visten su camiseta favorita, la máscara que permite al individuo identificarse con un determinado colectivo más que con su personalidad (el infierno no siempre son los otros, señor Sartre: depende de la acera en que se pongan), y así se sienten más arropados para culpar al otro por ser otro, no uno mismo. Cuando uno tiene la voz sana intenta poner algo de razón a todo este lío, pero al final acaba metiendo más ruido. Por eso, si los lobos aúllan, cabe aplicar la máxima de Wittgenstein, callar la boca cuando no se puede decir nada. Y esperar tranquilamente a ver qué pasa.

Un ejemplo de todo esto ocurrió el pasado fin de semana. La noche del viernes, el hotel NH acogió un homenaje al ministro franquista José Utrera Molina, como restitución frente a la retirada de sus antiguos méritos desde la Diputación. Allí acudieron confidentes y compañeros, por lo general con cara de pocos amigos, mientras en la puerta unos veinte ofendidos recordaban los crímenes de la dictadura y pedían justicia. Dos días después, una nueva marcha recordaba en la playa del Peñón del Cuervo a los huidos de la carretera de Almería en 1937. Y, mientras tanto, un artista llamado Rirkrit Tiravanija llenaba el CAC Málaga de camisetas con este lema: Uno no puede simular la libertad. Difícilmente se podría haber encontrado una respuesta mejor a semejante big bang de la memoria. El otro día, en el autobús, un señor mayor se puso a hablarme a voz en grito sin que yo le dijera nada y me espetó que Málaga se merecía que le prendieran fuego. Yo estuve a punto de soltarle una lección de Dario Fo: la indignación es la última bala de los gilipollas. Pero de nuevo me convino callarme. Bendita afonía.

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