Las mil maneras de habitar el hueco

  • 'El pensador' de Rodin ya no corona la calle Larios, pero su presencia se atisba todavía, como una impregnación bañada en melancolía l Se demuestra así el poder de inmanencia de los símbolos y su perdurabilidad, tan eterna como las ideas que encierran l Málaga es Málaga y su vacío

NO soy de ésos que detestan la Navidad. Al contrario, celebro gustoso los alumbrados espectaculares por mucho que se adelanten a los calendarios oficiales, y me gusta encontrar repletas algunas calles que el resto del año, de noche, se repliegan como patrimonio del diablo. No comparto, claro, ciertas modas disfrazadas de tradiciones que afean el conjunto y que se derivan de la manía de agotarlo todo cuanto antes, pero sopeso y doy el visto bueno. Además, pienso que Málaga es especialmente tolerable en estas fechas, más visitable, como si la suciedad se notara menos bajo los zapatos, los conductores fueran más amables y al Museo del Patrimonio entrara alguien de vez en cuando. Se vuelve uno optimista e inevitablemente un poco idiota, qué le vamos a hacer: cuando Briones dice que la ciudad tiene opciones serias para ser Capital Cultural de Europa en 2016, yo le creo en Navidad. Las peñas y asociaciones montan coros e incluso alguna zambombá al estilo jerezano, y los artistas callejeros redoblan sus esfuerzos. Calle Larios se exhibe espléndida, con sus bombillas y sus pascueros repuestos, aunque desde la caída del miércoles algo me falta en el enclave. Algo para cuyo olvido tendrán que pasar muchas pascuas. Me refiero a las esculturas de Rodin, y en concreto a El pensador, cuyo perfil he disfrutado diariamente por aquello de trabajar en el centro. Lo veía convertido ya en emblema de la ciudad, sustituto de un cenachero pánfilo y vetusto, pero la ilusión volvió a ser vanidad: se lo han llevado. Los de la Fundación La Caixa lo han trasladado a otras ciudades. Y la fiesta se me apagó un poco, lo admito, cuando me encontré el pedestal solitario; nadie quería hacer fotos al viento.

Hoy, frente a la estatua del Marqués de Larios, se percibe un vacío. Es curiosa la manera en que la ausencia crea espacios definidos por la nada, como la impregnación a la que se refieren los parapsicólogos cuando hablan de presencias como restos tras la muerte de un ser querido. Si se entra a la calle Larios desde la Plaza de la Marina sale al encuentro la falta, lo que demuestra cómo el vacío determina gran parte de nuestras emociones. Más aún en una ciudad como Málaga, que se ha transformado radicalmente en los últimos diez años y ha prescindido de elementos que socialmente pueden resultar inútiles, pero perviven en la memoria de muchos. Mi padre, sin ir más lejos, nació en un lugar que ya no existe: la calle Estrella, antiguo rincón victoriano, se ha convertido en un solar donde aparcan los coches entre Victoria y Lagunillas. En mi infancia me gustaba pasar por allí e imaginar a mi viejo jugando al fútbol con mi misma edad, o asistiendo a un concurso doméstico de cante flamenco que se celebraba en el Jardín de los monos y que ganó alguna vez. Por eso, inevitablemente, cuando paso hoy por allí y veo la tierra y los escombros no puedo dejar de atisbar un vacío en mi sesera. Pero ese vacío forma parte de mi historia, y también de Málaga: ni arquitectura ni PGOU alguno podrán tapar a mis fantasmas.

Con El pensador, salvando las distancias, me ocurre un poco lo mismo. Tanto cariño, confieso, le llegué a tomar a la representación de Dante pensando los infiernos que si hoy me pusieran la Piedad de Miguel Ángel la seguiría echando de menos. Las imágenes se convierten en símbolos cuando adquieren la capacidad de la inmanencia, cuando se pegan como lapas al corazón y se hacen allí eternas, al igual que las ideas que encierran. Puede haber mil formas de llenar el hueco, término al que María Victoria Atencia dedicó uno de sus libros más estremecedores, pero éste seguirá siendo un hueco. Sensaciones parecidas me asaltaron cuando cerró el América Multicines, cuando el colegio de Carranque en el que estudié la EGB clausuró su primer módulo y convirtió el segundo en un comedor, cuando modificaron la línea del autobús del que me hice usuario para ir al instituto (nunca volvió a pasar por mis escaparates predilectos) o, sencillamente, cuando el quiosquero de mi barrio traspasó el negocio. Nada de esto, sin embargo, ha dejado de ser. Todo perdura en algún sitio en el que alguien, también, me echará de menos.

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