Las moradas colgantes

  • Encerrado en su historia y su mitología, el barrio más vertical de la ciudad mantiene su épica lucha contra la marginación mediante una admirable apuesta por la cultura participativa

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Perdone, busco la calle Pulgarín Bajo. "¿Viene usted en coche, o andando?" He venido en autobús. "Entonces, prepárase para una buena caminata". La caminata en cuestión no se prolongó durante mucho más de cien metros, pero cuesta arriba y bajo un sol de mil demonios dieron de sí. Aquel hombre salido de una de las pocas tiendas de alimentación de Mangas Verdes sabía lo que decía, aunque viajar en coche por aquí sólo puede recomendarse a conductores audaces y a embragues resistentes. Es mediodía y en este barrio que hasta la plaga de la filoxera de 1877 era un inmenso racimo de vid colgante no se ve mucha gente en la calle, como casi en cualquier pueblo de similar constitución. Algunos abuelos aparecen sentados a las puertas de sus casas, unas cuantas mujeres arrojan cubos de agua a las calles para mantenerlas limpias y dos o tres chaveas juegan a vaqueros, pero poco más. Quizá de esta manera, no obstante, y aun a riesgo de terminar definitivamente abrasados, el singular urbanismo de este enclave levantado hasta el cielo entre Ciudad Jardín y Los Montes se percibe de manera más clara, más espontánea, menos intervenida. Las moradas, en su mayoría unifamiliares, y a falta de jardines babilónicos, cuelgan como las vides de antaño. Y el laberinto urbanístico que es Mangas Verdes se resuelve en su leyenda negra de droga y delincuencia, pero también su mitología, su historia y la resolución de no pocos valientes dispuestos a que aquí se hable y se escriba de otra cosa. Mientras uno echa de menos una maldita gorra de pintor, concede el beneplácito.

Aunque su nombre remita a aquel báquico vergel del siglo XIX, Mangas Verdes creció como barrio a partir de 1960, cuando llegaron a la ciudad habitantes de Los Montes, de Casabermeja, de Olías y de Colmenar atraídos por el auge de la construcción y cansados de las duras servidumbres del campo. Aquellos pioneros instalaron sus viviendas en la enorme ladera sin orden ni concierto, aprovechando cada hueco al máximo, primero en las cuevas que todavía pueden encontrarse, después a base de ladrillo y cemento. El resultado fue una encrucijada monumental a prueba de PGOUs, llena de calles interrumpidas bruscamente, barrancos peligrosos mal ganados con escaleras y muros alzados en el mismo aire. Poco ha cambiado la fisonomía del barrio desde entonces. Los primeros moradores trajeron además sus costumbres y tradiciones agrícolas, todavía perdurables en gran medida. Un ejemplo decisivo son los verdiales: Mangas Verdes es, junto al Puerto de la Torre, la zona de la capital más volcada con la Fiesta. Aquí vivieron y viven notables artífices, organizados en torno a una panda emblemática y una escuela de soberana proyección. El folklore más antiguo de Europa se alimenta de talento en este crisol: el aislamiento, en parte, ha sido su mejor aliado en la garantía para el mantenimiento de su identidad.

Junto a los macetones en las puertas y la ropa tendida, en los ambientes indudablemente lisboetas reforzados por las fachadas colmadas de azulejos, estratégicos conjuntos realizados en cerámica anuncian, con cierto orgullo, los episodios más notables de esa identidad. Algunos hacen referencia a personajes decisivos en la historia del barrio, desde fiesteros a religiosos; otros rememoran y celebran hitos arquitectónicos, como una ermita y el imponente Acueducto de San Telmo, que atraviesa el entorno en un tramo de dos kilómetros y ejerce también su función testimonial del siglo XIX en que fue construido (sus ruinas, a estas alturas, no inspiran tanto nostalgia como verdadera curiosidad patrimonial, como los vestigios romanos del norte de África); aunque un servidor se queda con el que recuerda la presencia de El Lute en la calle Pulgarín Bajo (a la que finalmente hemos llegado, sedientos y empapados), en la época dura de su tragedia, cuando el villano era prófugo de la justicia y la Guardia Civil llegó a sitiar el barrio hasta el último palmo para su captura (algo de redadas, a menudo también espectaculares, saben los vecinos). En 1987, cuando Vicente Aranda rodó su biopic con Imanol Arias, se trajo hasta aquí a su equipo para conferir el mayor realismo posible a la película. Muchos de quienes se asoman a sus ventanas mientras avanzamos participaron de extras en aquella extraña aventura.

A pesar del empeño, y una vez delimitado el campo de batalla, son pocos los vecinos que se prestan a hablar abiertamente sobre las virtudes y calamidades del barrio. El periodista percibe el rubor y la fatiga en los mayores, pero también algo más. Los pocos comentarios vienen a incidir en que desde hace unos años se vive con más seguridad y que el paro ha hecho estragos en las familias, pero poco más. Un señor de camisa abierta nos presta al fin un poco de atención: "Es normal que algunos no quieran hablar, todavía pasan cosas. Es cierto que en los últimos años se vive con más tranquilidad, pero en la zona baja, junto al arroyo, todavía se acumula mucha delincuencia. La policía acude de vez en cuando, aunque estaría bien que hubiera una presencia más continuada, que no vinieran sólo a hacer redadas". Y él mismo borda un lúcido análisis de la situación: "El mayor problema del barrio es la economía. Casi todo el mundo está en paro. Hay quien ha puesto su casa en venta, pero muchos siguen viviendo en situaciones lamentables, sus casas se vienen abajo comidas por las ratas y no tienen medios para emprender una reforma. No es el mejor panorama para evitar la marginalidad". Tiene razón: en nuestro camino encontramos numerosos carteles de Se vende, y en muchos casos los potenciales compradores estarían obligados a echar abajo la vivienda y levantar otra nueva. En una panadería de la calle Árchez, donde buscamos un poco de sombra y una sonrisa, la propietaria indica otra carencia en el barrio, la de los servicios: "La recogida de basuras funciona bien, y los mismos vecinos limpiamos las calles. Lo malo es que para comprar casi cualquier cosa hay que bajar a Ciudad Jardín. No tenemos ni siquiera una farmacia". Mangas Verdes no es, nos tememos, el lugar más idóneo para una urgencia.

Se produce un dictamen revelador: todos los vecinos consultados coinciden en valorar un incremento de la inmigración en los últimos años, pero ninguno vincula este dato con la inseguridad cuando se les pregunta al respecto. El historial de delincuencia, especialmente la relacionada con las drogas, es largo, pero Mangas Verdes es también uno de los barrios que más ha apostado por la cultura participativa en la ciudad como respuesta inteligente a sus problemas: con dos grandes epicentros en la Asociación de Vecinos de la calle Monda y el colegio Ángel Ganivet, se organizan diversos talleres educativos, excursiones, concursos y numerosas actividades. El sello de la asociación se ve por todas partes, en las cerámicas, las (muchas) papeleras, los carteles. Quien quiera compañía y ocio los tiene garantizados. Que no es poco. No nos han faltado sonrisas en nuestro paseo.

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