El noble desfile de la sinceridad

  • El verano es la época propicia para la especie humana: el calor destapa los ambientes más favorables a nuestros comportamientos naturales y eso se demuestra en la calle l Hay menos rubor, menos interés a la hora de ocultar lo que se es l Aflojar la corbata es un signo de normalidad democrática

SE cumplen estos días 150 años de un acontecimiento decisivo: la exposición de la teoría de la evolución de las especies a cargo de Darwin en la Sociedad Linneana de Londres. Aunque entonces el pronunciamiento pasó con más pena que gloria (el naturalista tardaría todavía un año en publicar El origen de las especies), hoy permanece como uno de los momentos más importantes en la Historia de la humanidad. Sin aquel valiente asalto a los templos acorazados de los biempensantes, nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos sería otra, radicalmente, por mucho que aún algunos creacionistas se empeñen en dotar al mito de categoría científica. Viene todo este rollo a cuenta del calor; hoy jueves, de hecho, cuando escribo estas líneas y especialmente a esta hora, sopla un terral de mil demonios. Pero resulta, claro, que desde los primeros australopitecos que bajaron del árbol hace cinco millones de años hasta la entrada en juego del homo sapiens, el calor ha sido el elemento climático más favorable a las distintas especies de homínidos, incluida la nuestra. El bochorno africano saca lo mejor de estos bípedos y garantiza la multiplicación de los individuos, mientras que el frío nos sienta bastante peor. Baste recordar a los neandertales y a la imposibilidad de hacer frente a las glaciaciones en Europa hace 30.000 años. Hoy tiene poco sentido hablar de esto con aires acondicionados en todas partes y ministros que se niegan a entrar en el hemiciclo con corbata, pero cabe recordar que, aunque los mayores y los más pequeños deban protegerse con esmero (sombra y agua) de los sofocos, la helada castellana es más ingrata, más dura y menos amiga de los patios de vecinos.

La primera consecuencia de todo esto es que la especie humana se encuentra más a gusto con el calor y tiende a la distensión, a olvidarse un tanto de las formas y relajar la guardia. La manga corta delata, por no hablar de las chanclas chivatas. El organismo se exhibe más allá de la piel en toda su plenitud: ya no sólo somos gordos o albinos, también tenemos rozaduras, pompas, pelos en sitios odiosos, marcas de nacimiento, manchas blancuzcas, lunares entrometidos, uñas pertrechadas en los pies como corpúsculos invasores, arrugas y alopecias. Como habitamos un estado aconfesional, el respetable tiende a enseñarlo todo sin pudor. Y en estas condiciones es mucho más difícil mentir, pasar por quien no se es o simplemente aparentar. El sudor se pega inmisericorde a la espalda, a los michelines, debajo de las curvas. Ocurre en calle Larios, basta asomarse y comprobar que ya no se corre tanto, que no hay tantas prisas, que los profesionales de mérito ya no transitan tan estirados, basta con llegar sano y salvo desde la Plaza de la Constitución a la de La Marina, si de camino se encuentra algún conocido nadie duda en parar y saludar, hola cómo estás, vaya la que está cayendo, y parecía que no, unos segundos de tregua a modo de refrigerio. Por muchos toldos que extiendan para la umbría, calle Larios es un hervidero, como el Parque, como La Victoria, como Carranque, como Cerrado de Calderón. Todo quema.

Y así aflora la compasión hacia quienes no tienen más remedio que mantener sus uniformes ahora que los bikinis y toallas se imponen bastante más allá de La Malagueta. Claro, uno ve al alcalde en julio con su corbata bien anudada y esos trajes azul claro que pretenden pasar por veraniegos pero dan calor con sólo mirarlos y piensa, pobre hombre, es humano. Y Salvador Pendón también lo es, aunque su look estival sí parezca más absolutorio. Quien crea que las damas lo tienen más fácil espere a toparse con alguna monja; a las Hijas de la Caridad les basta con un polo de punto que debe pegarse como el infierno, pero las hermanas de otras órdenes más restrictivas (como la de Santa Clara, y mira que están buenos los dulces) han de vérselas con sus hábitos en pleno fuego del mediodía, en algún escarceo cometido con discreción y rapidez, siempre parece que van a votar.

Si Málaga es una ciudad de contrastes, el verano los fermenta hasta convertirlos en agustiniano conflicto de carnes, prendas y espíritus en pugna por no pasar desapercibidos. Pero aquí reside un estupendo trasiego de normalidad democrática que en otros sitios más nublados echan de menos con melancolía y a veces con ira. Para no caer en la tentación de creernos más de lo que somos (ah, felicidad), viva el estío.

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