Sobre la nobleza del espíritu

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NO hay razón para el miedo, ni al cambio climático ni a los próximos atascos navideños, mientras los mejores hombres de Málaga aparezcan en los momentos decisivos. El pasado miércoles se presentó en el Archivo Municipal el cartel que ha pintado Félix Revello de Toro para conmemorar el 125 aniversario del colegio San Estanislao de El Palo. El artista gustó la custodia del alcalde y el delegado de Cultura, Miguel Briones, en el descubrimiento de la obra, pía y contenedora de la estética jesuítica, con un presbítero amoroso que sostiene en sus brazos a un niño de pecho inspirado en el Mesías, educando y futuro pastor de las almas. Después de la revelación del lienzo, Revello de Toro visitó, de nuevo acompañado por la misma comitiva municipal, la casa de Pedro de Mena en la calle Afligidos que albergará el museo consagrado a su obra, todo un privilegio que ningún creador malagueño ha disfrutado jamás en vida. El enclave, situado justo frente a la que será puerta de acceso del Museo de Málaga, es uno de mis favoritos, especialmente a la caída de la tarde, cuando entre Císter y Santa María se amontonan las sombras a la espalda de la Catedral y Sócrates y yo nos deslizamos como en otra ciudad, silenciosa y cauta, sólo algunos acordeonistas y ciertos gatos nos quiebran el ensueño de no ser de aquí. Allí, en el vértice primordial de la antigua medina árabe, será donde Revello de Toro tenga su obra, la que puede verse aún en la colección del mismo Archivo Municipal y la que todavía ha de venir, con ejemplos como el nuevo cartel para San Estanislao. No hay duda, a estas alturas, de que el también famoso retratista es el agente cultural malagueño más y mejor promocionado por quien tiene poder de decisión para hacerlo, por lo que los jesuitas, a los que José María González Ruiz consideraba los mejores estrategas de la Iglesia, habrán recibido la beata ilustración con regocijo. Lo del 125 aniversario no ha pasado inadvertido: han dado cuenta de ello publicidades y avisos en medios de comunicación y publicidades en lugares insospechados, como los autobuses de la EMT. Tanta gente ha estudiado en el imponente centro de El Palo bajo la advocación de San Ignacio de Loyola que serán muchos los agasajados. Pero, por si acaso, faltaba un estandarte genial y ahí estaba Revello de Toro para que nadie se olvidara del acontecimiento.

El acto de iluminación del cartel contó con el previsible boato, ése que estimula la nobleza del espíritu, y quedó claro entre los presentes que Málaga no es tan mala para sus hijos: las instituciones de toda la vida rebasan sus centenarios y los pintores más queridos visitan sus futuros museos. Y todo en torno a la imagen de un sacerdote de la vieja guardia que derrocha la cristiana caridad. Decía McLuhan que el medio es el mensaje, y desde luego en medios aquí no se ha escatimado: un artista cuya obra lucirá en un ejemplo patrimonial de primer orden mientras mantiene su producción, centrada en los últimos años en encargos como el que nos ocupa. Resulta conmovedor contemplar los pechos henchidos en esta ciudad donde se cierran teatros y nadie da explicaciones, donde se clausura la Cinemateca y nadie respira, donde hay menos galerías de arte contemporáneo que en ciudades significativamente menos habitadas y elogiadas como Murcia y en la que hay museos como el del Patrimonio, en el que si un incauto entra aparece un guarda de seguridad a preguntar qué se ofrece. Otra Málaga será posible, pero de momento nos quedamos con ésta, la de Revello de Toro. Los jesuitas, esos sí que saben.

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