"Me podía pasar 10 horas en el bingo y ya ni me divertía; estaba amargada"

  • Más de la mitad de los ludópatas de la capital son mujeres · Ellas ocultan durante más tiempo su adicción y cuentan con menos apoyos familiares y sociales que los hombres a la hora de salir o pedir ayuda

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Rosa Portillo, de 53 años, ha pasado los últimos 31 de su vida tachando números de un cartón y encerrada en una sala de bingo. Empezó yendo para tomar café después de comer algunos días a la semana. Después, bajaba a diario a tomar el aperitivo. El bingo era su ocio y su pasión. Al final, podía pasar hasta diez horas cada día y gastarse más de 200 euros; ya no se relacionaba con nadie y cantar línea ni siquiera le divertía, reconoce.

Más de la mitad de las personas adictas al juego en la capital malagueña es mujer. El juego ya no es cosa de hombres, al menos en apariencia. Ellas están metidas hasta el cuello, pero cuentan con menos apoyos familiares y sociales para pedir ayuda y, por lo tanto, es como si no existieran. Así lo confirma el presidente del único colectivo en Málaga que brinda ayuda a las personas afectadas por la adicción al juego, la Asociación Malagueña de Jugadores de Azar en Rehabilitación (Amalajer), Francisco Abad. "Un estudio nos indica que el 55% de las personas afectadas en la capital es mujer, aunque este porcentaje se situaría en un 20% en la provincia", explica Abad.

Sin embargo, los datos oficiales manejados por la Junta de Andalucía muestran otra realidad, con apenas un 7% de mujeres enganchadas al juego.

El desfase en las estadísticas aparece por la invisibilidad de la mujer ludópata, escondida en las salas de juego y que no llega a seguir un tratamiento.

Si Rosa Portillo ha accedido a contar su experiencia con nombres y apellidos y hasta con su imagen es, según dice, por ayudar a otras mujeres a salir. "Con que sólo una lo lea y pueda ver que existen recursos para salir me merece la pena", dice.

"Hay menos mujeres que piden ayuda porque los hombres no tiran de sus mujeres, como sí lo hacen ellas con sus maridos", insiste Abad.

La mujer se implica más en la estructura familiar, "pone maletas en la puerta" y acoge con más paciencia las terapias de deshabituación que también deben seguir los familiares del enfermo y que para ambos es de dos años de duración.

Si las máquinas tragaperras suponen la puerta de entrada a esta enfermedad en el caso de los hombres, son las salas de bingo las que enganchan a las mujeres.

Rosa se dio cuenta de que tenía un problema cuando cometió la primera irresponsabilidad. "Yo tenía a mi tía a mi cargo; siempre comíamos juntas cuando yo llegaba del bingo de tomarme el aperitivo, una vez llegué a las seis de la tarde y ella todavía no había comido", dice.

Rosa empezó a dejar de divertirse y su ocio se convirtió en su esclavitud. "El crédito de la tarjeta era cada vez más grande y se me acumulaban las deudas; ya jugaba para recuperar y poder pagarlas", cuenta.

Rosa llegó a Amalajer hace un año y medio y no ha vuelto a pisar un salón de juego. Lo conoció a través de una amiga, que estaba preocupada por ella y se informó.

Sólo en lo que va de año, se han inscrito en los programas de la asociación -que siguen actualmente 238 personas- 89 hombres y 14 mujeres. También desde el pasado mes de enero, suman más de 60 las que han abandonado el tratamiento: terapias de grupo e individuales con el apoyo de psicólogos y trabajadores sociales.

El estudio realizado por Amalajer en la capital revela que la ludopatía afecta a un 1, 6% de la población, es decir, a un total de 9.120 personas.

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