La pequeña Varsovia

  • Familias azotadas por el paro e inmigrantes de los más diversos orígenes resisten entre bloques estalinistas y automóviles amontonados: bienvenidos a uno de los barrios con mayor densidad poblacional de Europa

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La barriada de La Luz contiene muchas ciudades. Su arquitectura, terrible e inhumana, digna de la más radical geometría estalinista, remite directamente a la Varsovia de la Guerra Fría: una simetría de altos bloques de ladrillo y cemento se repite insaciable entre las avenidas Europa y Velázquez, signo del brutal desarrollismo urbanístico que desde mediados del siglo XX confinó en estas colmenas a buena parte de la clase obrera. Pero también es La Luz, anclada en el distrito de la Carretera de Cádiz como testimonio pétreo inmune al tiempo, la Babilonia en la que Alejandro Magno impuso su dominio: por sus calles circulan representantes de las más dignas nacionalidades y orígenes.

Lejos de estar de paso, han venido aquí para quedarse; de ello dan cuenta comercios con reclamos como El corte chino, bazar donde se puede encontrar prácticamente todo, y la frutería Aisha. Locales emblemáticos como el restaurante Casa do Gallego dan cuenta de que La Luz es desde su origen un barrio de acogida, así que la inmigración no es aquí un problema, sino una tónica habitual, otra manera de respirar el mismo aire. Y también es este enclave monocromo el Bronx de Nueva York: los pandilleros cuelgan sus zapatillas deportivas en los tendidos eléctricos para delimitar sus territorios. Los tenis son más baratos a este lado del charco, no se ve ningún ejemplar de Nike, pero el efecto es el mismo: una advertencia que impone respeto. La Luz fue en su día el barrio con mayor densidad poblacional de Europa y hoy se mantiene en los primeros puestos del ranking (junto a otro vértice malagueño, Santa Julia) con una evidencia: más allá de sus endémicas carencias, lo que verdaderamente cuenta aquí es el factor humano, la vida que resiste en las aceras y en las casas aunque la luz prometida brille más en otros sitios.

Los problemas más peliagudos se derivan de esa masificación, conservada con una continuidad natural como un río. El primero es el paro, que en periodo de crisis azota a las familias con una sangría no menor que en otras zonas cercanas como Nuevo San Andrés. Una vecina que arrastra un carrito de la compra por el que asoman cebolletas y apios se detiene: "Lo malo es el paro, aquí está todo el mundo parao". Un joven estudiante con pinta de universitario aplicado afina un poco más en la calle Berruguete: "Hasta cierto punto es normal que la estadística se dispare aquí por el mero hecho de que vive más gente en menos espacio; pero también es cierto que en el barrio la mayoría trabaja por cuenta ajena y con contratos inestables, relacionados en muchos casos con la construcción". La consecuencia directa es el gran número de ociosos que se ven, un mediodía cualquiera como el de nuestra visita, en los bares, en los bancos, en los pocos jardines. Forman parte de un entorno social ciertamente diverso: ancianos que critican en corrillo al Gobierno en voz muy alta y maldicen por no recordar el nombre de tal ministro, hiphoperos que se deslizan con sus pantalones cagados y sus caras de pocos amigos, propietarios de locutorios que salen de sus establecimientos forrados con cantosas chaquetas doradas a mantener una comunicación con sus móviles carísimos, madres que empujan a la vez cochecitos con bebés durmientes, bolsas de la compra, perros y mandaos misteriosos.

La segunda consecuencia directa de la masificación es el tráfico, extendido como un caos. Ninguno de esos mastodónticos edificios de nueve pisos cuenta con un parking en sus entrañas, ni hay áreas públicas para tal fin en las inmediaciones. Así que aquí se aparca donde se puede: en las aceras, en las jardineras, en las áreas de carga y descarga. La segunda fila no es un recurso desesperado, sino un derecho: lo habitual es que los vecinos la practiquen y dejen suelto el freno de mano aprovechando el carácter llano del terreno, con el fin de que el usuario del vehículo bloqueado pueda desplazar al infractor tranquilamente y salir. Más que aparcados, los coches lucen aquí amontonados, como en un cementerio. Hay además una dolorosa carencia de pasos de cebra: sin ir más lejos, los vecinos llevan años reclamando uno en la mismísima puerta del colegio Nuestra Señora de La Luz, en la avenida del mismo nombre. Los niños cruzan la calle en una situación peligrosa digna de alerta. El peatón es en este barrio un superviviente obligado a la habilidad.

Sorprende encontrar poquísimos carteles de se alquila y se vende en las ventanas. Otra vecina   de  la avenida Isaac Peral se explica: "Lo normal es que las casas pasen de padres a hijos. Las familias son en su mayoría numerosas y en ellas conviven varias generaciones. Y con el paro, son pocos los que pueden aspirar a comprar una vivienda en otra parte". Los pisos son antiguos y presentan ya serias deficiencias, pero el plan de rehabilitación de la Junta de Andalucía sólo ha afectado por ahora a una parte representativa. A pie de calle, prácticamente todos los bajos de los bloques son comerciales; la variedad de negocios es tal que La Luz disfruta de un autoabastecimiento proverbial, con peluquerías, tiendas de moda, ultramarinos donde se anuncia "el mejor bacalao del mundo", fruterías como la de Aisha y otra bautizada Anticrisis que exponen sus mercancías en las aceras (es un gustazo ir paseando y verse asaltado por el olor a manzana), bazares, papelerías, herboristerías, carnicerías halal, armerías y hasta distribuidores de videojuegos. Por si fuera poco, vendedores árabes pregonan sus frutas y verduras desde sus camionetas.

Es en este amplio mercado que inunda todo  donde mejor se proyecta el carácter mediterráneo de La Luz: reinan el trato cómplice, el sentido de la amistad y la cortesía con el recién llegado, incluso si éste, como es nuestro caso, lleva una cámara de fotos y dispara a mansalva. Esa vecindad comprendida como hermandad es la tabla de salvación en un enclave donde el compromiso con el entorno equilibra el abandono que se filtra en las pintadas que cubren prácticamente todas las fachadas, en la suciedad que castiga los pocos rincones abiertos como la Plaza de La Luz, en algunos transformadores eléctricos que todavía se localizan abiertos junto a las puertas de algunos bloques. Un ejemplo de participación es la reciente elección del modelo de la fuente que adornará el barrio en breve, en la que todos los vecinos han tenido voz y voto.

La Asociación de Vecinos, una de las más señeras de Málaga, articula esta participación mediante numerosas actividades. En su sede se ofrecen cursos de pintura, manualidades, corte y confección, informática, baile y tai-chi-kung. Hay además una afición viva a los coros rocieros. Todo este trasiego de gente que busca su sitio en un lugar que a ojos extraños invita a irse puede servir de lección: cuando el paisaje se pone en tu contra, es mejor que tú seas el paisaje. 

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