El periodismo provinciano se hace ahora en Madrid

  • La polémica en torno a la obra de teatro de los titiriteros en la capital española es un buen ejemplo de una información elaborada con material de segundo mano

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José Miguel Larraya fue defensor del lector en el diario El País. En febrero de hace ahora siete años escribió una columna haciéndose eco de un interesante debate que apareció esos días en The Guardian y donde se alertaba de que los medios de comunicación se habían convertido en fabricantes masivos de distorsión. Planteaba uno de los principales periodistas del diario británico, Nick Davies, que los medios, un sector cuya tarea debería ser filtrar las falsedades, "se habían convertido en un conducto para la propaganda y las noticias de segunda mano". Y llegaba a una terrorífica conclusión: "La tendencia a reciclar la ignorancia es mucho peor que nunca".

Davies había encargado una investigación a especialistas de la Universidad de Cardiff sobre más de 2.000 informaciones de los cuatro diarios de mayor calidad en Inglaterra -Times, Telegraph, Guardian y Daily Mail-. Y las conclusiones eran devastadoras: al rastrear las fuentes de los "hechos", vieron que sólo el 12% de las informaciones contenían material que los propios periodistas hubieran investigado por completo. El resto eran noticias elaboradas total o parcialmente con material de segunda mano, procedente de agencias de noticias y despachos de relaciones públicas.

La polémica en torno a la obra de teatro de los titiriteros en Madrid es un buen ejemplo de una información elaborado con material de segundo mano. La historia comenzó a rular por los medios de comunicación con tanta fiereza que cuando algunos quisieron buscar pruebas para verificarla los hechos publicados, la realidad no tenía capacidad para desmentir lo que no había sucedido. Lo contaba el otro día de manera clara Manuel Jabois en su columna en la cadena SER, advirtiendo de la importancia que tiene siempre la primera noticia de algo. Y lo difícil que es abortarla cuando esa noticia confirma una idea, un prejuicio o una intención política.

Decía Jabois: "El viernes lo primero que circuló es que en un espectáculo de títeres se había sacado una pancarta de Gora Eta. Delante de los niños. Un delito de enaltecimiento de terrorismo. Una vez incrustada esa idea en gente que soñaba con la rentabilidad política de algo así (Eta, Podemos, etcétera) es muy difícil sacarla. Se supo, con más información, que la pancarta era Gora Alka-Eta, y formaba simplemente parte de la obra. Curiosamente aparecía para inculpar al personaje. Pero esa ficción, la ficción de los titiriteros había llegado tarde. Ya triunfaba la ficción de que se había hecho apología de ETA".

Vivimos en un país donde para censurar las tramas corruptas del PP, hay que recordar inmediatamente que también son corruptos los responsables de los ERES en Andalucía, para no correr el riesgo de que asumen los hooligans de algún partido político poniéndote a caer de un burro. Pasa igual con la polémica de los titiriteros, que para decir que es una barbaridad que dos tipos estuvieran cuatro días en la cárcel por una sátira de muy mal gusto, hay que recordar que se está en contra del terrorismo de ETA, como si ambas cosas fueran incompatibles. La desafortunada obra de los titiriteros que ha originado esta enorme polémica se representó en Granada sin que allí pasara nada excepcional. Algo parecido ocurrió con la Cabalgata de Reyes de la capital de España, donde durante varias semanas se armó un jaleo con algo habitual en ciento de ciudades de la geografía del país, la presencia de mujeres disfrazadas de Rey Mago.

Uno tiene la sensación, de un tiempo a esta parte, que todos los tópicos que, tan injustamente, se achacan al periodismo de provincia, se están realizando ahora en algunos de los principales diarios de Madrid, donde aparecen portadas que no se atrevería a publicar el más malo de los periódicos de cualquier pequeño pueblo de España. Y llegado a este punto, recupero el debate que se abrió en The Guardian sobre los medios de comunicación y los fabricantes masivos de distorsión bajo una evidente premisa: no aceptes que la realidad te estropee una polémica interesada.

No creo que haya actualmente ninguna prensa más confesional o de partido que la que sale diariamente de las rotativas de algunos periódicos de la capital del país. No digo de toda, pero sí de una parte sustancial de ella. Ningún periódico local se atrevería, ahora mismo, a mezclar información y opinión a los niveles que alcanzan algunos días demasiadas páginas de la prensa nacional. Y no digo nada de la cantidad de caspa que acumulan en sus escritos algunos articulistas de alcurnia, que obligan, a veces, a tener que sacudir primero el periódico para no mancharse de tanta mala baba.

Podría escribir un libro sobre las penalidades del periodismo local, de su excesiva dependencia publicitaria de las instituciones públicas y de sus males por su proximidad al poder, pero también puedo decir que casi todas las grandes tramas de corrupción en este país salieron de investigaciones de periodistas que, desde su pequeño periódico y en su pequeña ciudad, se tiraron años denunciando irregularidades sin que casi nadie les hiciera ni puto caso. En Málaga, tenemos un claro ejemplo con el gobierno de Jesús Gil en Marbella. Para cuando los periódicos de Madrid descubrieron el caso Malaya, a los periodistas de Málaga nos dolían los dedos de darle a las teclas del ordenador denunciando barbaridades de su gobierno, mientras en la capital de España se reían con las gracias de Jesús Gil e incluso lo contrataban para hacer programas de televisión en cadenas nacionales.

La mitad de las polémicas que se publican en Madrid sobre asuntos que tienen que ver con el consistorio de la capital de España, no ocuparían un suelto en un periódico local si pasasen en un ayuntamiento de cualquier provincia. Claro que igual en vez de hablar del periodismo provinciano, yo tendría que haber dedicado este artículo al periodismo de trincheras.

Y no, no hay que aceptarlo. Las noticias son noticias porque son noticia, no porque hayan salido en un periódico nacional. Claro que estas cosas las escribe un periodista que escribe desde una provincia, pero que se lamenta cada día de tanto periodismo provinciano. Allí donde se haga. Y ahora mismo, algunos de los diarios de Madrid se llevan la palma.

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