El rito y la prudencia: una atípica recta final

  • Juerga, música, tradición, suciedad, excesos, bulos, redes sociales y una afluencia impropia para un viernes víspera de festivo

  • Aquí nada es lo que parece, pero la Feria es lo que feriantes hagan, o dejen de hacer, de ella

L A banda llamada Proyecto Mandarina enfila con una lectura en clave garage del Get Lucky de Daft Punk en la plaza de Uncibay, y una pandillita levanta sus manos, vasos y botellas a modo de bachilleril coreografía al pie del escenario. Cinco machotes ya talluditos cuyas camisetas amarillas comparten el lema Échense a un lao cristianos han llegao los canariones se incorporan a la fiesta pero de inmediato parecen barruntar dónde lanzar el ancla para tomar la penúltima. Cerca, el Muro de San Julián se convierte en casa de acogida de vagabundos que han convertido su camiseta en hatillo para ir guardando las sobras recolectadas, fumadores de hierbas babilónicas, hippies nostálgicos con perro y niño en brazos, gafapastas que parecen comentar las virtudes de la última película de Schlöndorff al calor de las sevillanas que siguen bramando desde la calle Beatas y una mujer africana que deja a un lado su cargamento ambulante de piezas artesanas en madera y se sienta a descansar. Por una solitaria calle Comedias se pierden dos entusiastas de pro que van dando palmas en tres por cuatro con efusión rociera, vestidas de lunares y con enorme flor en el moño, mientras cantan el mismo repertorio que llevan machacando desde el sábado Ari ari se la llevó. Una gitana vieja como el mundo, con pañuelo en la cabeza, alpargatas raídas, delantal roto con un único bolsillo en el que guarda algunas monedas y surcos en su rostro va vendiendo flores e intenta colocar alguna a los pardillos que saltan con sus rebujitos como si acabaran de empezar las vacaciones en la plaza de Mitjana: "Hay que aprovechar que viene tanta gente", dice la mujer mientras sonríe de medio lado y continúa su lento caminar por Calderería, a ver si alguno de los guiris de medio pelo del Café Madrid se da por aludido.

Pero no, no hay tanta gente esta tarde en el centro. No tanta, al menos, como cabría esperar un viernes de Feria en víspera de festivo. En algunos corrillos se da por bueno el bulo de que alguien ha robado dos furgonetas. Las redes sociales hacen su trabajo. Pero si hubiera que concluir algo respecto al volumen de personal reunido ayer en el centro, así como en la noche del jueves en el Real (donde tampoco ayer la entrada fue precisamente la que cabía esperar), tal vez habría que concluir que el miedo hizo más mella de la que gustaría aceptar. En las mismas redes no eran pocos los que desde fuera de Málaga manifestaban su decisión de cambiar de planes cuando llevaban preparada su visita al último tramo de la Feria desde hacía semanas. Y, ya en vivo y en directo, con plato de queso al alcance, había quien manifestaba ayer en la Plaza de la Constitución sus dudas sobre si llevar por la noche o no a los niños al Real. El dispositivo de seguridad desplegado en el centro era ayer, tal y como confirmó el subdelegado del Gobierno, Miguel Briones, el mismo que se había acordado antes de la Feria, sin incremento de efectivos; aunque seguramente por la menor afluencia de feriantes parecía haber más agentes de policía, especialmente en la calle Larios y la plaza de la Marina. Si se trataba de paliar el miedo y convencer a los ciudadanos de que el dispositivo en cuestión era suficiente, los bulos y su asunción acrítica causaron un daño no pequeño. Pero, al final, la Feria es lo que los feriantes hagan o dejen de hacer de ella. Quien decide participar vuelca en la fiesta su calidad humana, lo que por otra parte resulta revelador en cuanto al tiempo presente; el miedo de quienes acuden, y de quienes no acuden, también deja su huella. La Feria no es otra cosa que una ciudad a flor de piel, que se pregona y se promueve, que enseña lo mejor y lo peor de sí, pero el signo de las ciudades lo deciden, ante todo, quienes viven en ellas. Resultaba ayer por tanto ilustrativo comprobar cómo una ciudad volcada al cien por cien en su fiesta asumía los coletazos de los atentados en Cataluña, entre el miedo, el respeto y la despreocupación; se respiraba, en todo caso, cierta prudencia inevitable, un ir a menos en la exultación primaria, un par de puntos menos en el frenesí que los más despreocupados profesaban. En cualquier caso, sin embargo, el rito de la Feria del centro continuó su curso, con menos sirenas de ambulancias, menos apreturas y menos incidentes, aunque la basura acumulada pareciera la misma en el entorno de Madre de Dios. El botellón siguió siendo también el mismo, menos nutrido pero igual de ruidoso. A eso de las cuatro, la calle Cárcer contaba ya charcos de tinto derramado como para que Gene Kelly se marcara una coreografía. Y a la cuadrilla de repetidores de ESO que iba por San Juan de Letrán con bolsas de hielo, vasos de a litro y globos flexibles con los que se atizaban de lo lindo, lo que sucediera o dejara de suceder en Barcelona parecía importarles muy poco. Con todo el derecho del mundo, por otra parte. Por no hablar del gaznápiro de no más de quince años que a eso de las nueve ya no se tenía en pie en Montaño gracias a la priva que debieron haberle facilitado sus primos mayores. Con el apogeo del botellón y el arrinconamiento de sus enseñas tradicionales, la Feria del centro es en gran medida una cuestión adolescente. Los espacios familiares son prácticamente inexistentes, salvo que alguien decida acudir a la Feria Mágica de calle Alcazabilla, lo que por otra parte no se corresponde con un plan de Feria como Dios manda al que de otro modo pudieran asistir niños y mayores sin problemas. Pero la cuestión adolescente que adopta la Feria como leitmotiv es la peor de las posibles, la más chusca, la que peor se vende, la que confunde ocio con deshumanización, la que se mea en los portales y la que termina vomitando lo acumulado en la misma esquina de Dos Aceras, noche tras noche. Beber en la calle, dar saltos en un concierto de rock y pasarlo bien con los amigos debería ser perfectamente posible sin necesidad de que tenga que oler a muerto desde Uncibay hasta Lagunillas; más o menos con estas palabras se expresaba una mujer que cada madrugada derrama su cubo con agua y lejía en la acera frente a su casa de la calle Frailes para limpiar las vergüenzas que otros han decidido arrojar allí. Pero si algo ha demostrado también esta edición de la Feria es que esta batalla está perdida. Quienes hablan de cambios de modelo de Feria seguramente no pasan por aquí. Pero en las casetas y bares de mayor postín huele a jazmines. Claro.

En la Feria de Almería se aplazaron ayer los actos de la inauguración (pregón incluido) a hoy sábado en señal de duelo, y en Málaga algunas voces sostenían que su Feria debía haber expresado un gesto más contundente que el apagón de la portada del Real durante dos minutos en la noche del jueves. Pero resulta difícil concretar qué se podría haber hecho con la Feria ya empezada. Entre huelgas de taxis, atentados en ciudades amadas y otros menesteres, la Feria que hoy llega a su fin ha resultado singularmente atípica. Llega el tiempo de balances, de golpes de pecho y de satisfacciones en los recuentos; de cambiarlo todo, como siempre, para que todo siga igual.

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