Turismo

El sherpa del Caminito del Rey

  • Fali Martínez ha hecho del sendero de la presa de El Chorro su vida. De forma literal: Su hogar, con su perro y gato, está en una cueva del entorno y ha creado una empresa de turismo para ayudar a los visitantes a mirar con los ojos llenos de entusiasmo con los que él mira a su alrededor

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El Caminito del Rey es literalmente su vida. Su pasado, presente y ahora también su futuro. De pequeño acampaba con su padre durante días a orillas del río Guadalhorce, conforme fue creciendo fue coronando sus cimas con cada vía de escalada que los impresionantes cañones le permitían alcanzar y con el tiempo ha llegado a convertir el paraje en su hogar y también en su trabajo. Hace doce años desescombró una de las cuevas del paraje de El Chorro y se quedó allí a vivir. Ya con la reapertura del sendero al público, de la que ahora se cumplen dos años, ha conseguido montar su propia empresa de turismo activo, Xperience Tiempo Libre y Ocio, con la que ofrece no solo visitas guiadas sino auténticas experiencias en el entorno. Es sin duda, un sherpa, un lugareño que al igual que en el origen de la denominación viene a decir que las montañas del Everest son parte de ellos, trasladado a tierras malagueñas, bien podría aplicarse a quien conoce cada secreto y detalle fde El Chorro -por bien ocultos que estén entre sus grietas-. Para los escaladores del lugar, los vecinos de Ardales y Álora, o para quienes recuerden el programa Volando voy que Jesús Calleja dedicó al Caminito del Rey no es necesario presentación alguna. Para los demás, solo decir que se llama Fali Martínez y que su vínculo con el famoso sendero no deja indiferente a nadie de cuantos se paran a escucharlo. Hasta es el último culpable de que el sendero esté en Google Street View; porque es quien llevaba puesto el casco con las cámaras 360º durante la grabación.

Comienza Fali sus visitas guiadas por el sendero en el mismísimo sillón del Rey Alfonso XIII, el mismo que estuvo durante años sumergido en las profundas aguas del pantano y que hoy se exhibe muy cerca de la entrada norte del Caminito del Rey, justo donde comienza el recorrido.

El sillón del rey. El sillón del rey.

El sillón del rey. / Javier Albiñana

Señala los “balconcillos del rey” que asoman detrás del trono de piedra sobre el que el monarca firmó el final de las obras a de la presa y, al otro lado, la casa del pantano, del ingeniero Rafael Benjumea. El entusiasmo con el que describe cada uno de sus detalles se contagia y llega la hora de acceder al recorrido.

La casa del pantano. La casa del pantano.

La casa del pantano. / Javier Albiñana

Personalmente prefiere atravesar el túnel. Existe un sendero paralelo al río Guadalhorce, de una extensión algo mayor, pero la oportunidad de atravesar un túnel “excavado en la roca hace más de 100 años no se ofrece todos los días”. Fundido en negro, porque recomienda, siempre que se pueda, no encender las linternas ni móviles para experimentar sensaciones. Fali se sumerge en sus recuerdos de niñez, cuando llegó a atravesar esa misma oscuridad en bicicleta, aunque también rememora alguna caída.

Túnel de acceso al Caminito del Rey. Túnel de acceso al Caminito del Rey.

Túnel de acceso al Caminito del Rey. / Javier Albiñana

Ya fuera del túnel, antes de llegar a la caseta de control de acceso, revive las acampadas con su padre junto al río; las alargaban durante días para disfrutar de todo el entorno. Aparecen las primeras pozas pisando, ya la pasarela que hace dos años recuperó la Diputación Provincial y por la que pasan a diario mil personas. Se ve bañándose en ellas, también de niño; señala unas pequeñas escaleras de piedra que conducen al agua.

Fali señala la poza en la que se bañaba de niño. Fali señala la poza en la que se bañaba de niño.

Fali señala la poza en la que se bañaba de niño. / Javier Albiñana

Y explica cómo se han ido formando los “calderos” en la roca: “Todos esos agujeros que veis en la pared se han ido creando cuando sube el nivel del agua, cada uno tiene una piedra dentro que es la que dando vueltas hasta crear ese efecto como si fuera un caldero”.

Los "calderos" en la roca. Los "calderos" en la roca.

Los "calderos" en la roca. / Javier Albiñana

Conforme avanza el sendero, un puente con el que se desvela que a pesar del nombre, el rey sólo lo recorrió parte del Caminito, construido para facilitar los trabajos de mantenimiento de la presa. “Por ahí salió hasta el tren que lo esperaba Alfonso XIII”, comenta Fali. Las inclemencias del tiempo lo obligaron, a él y su comitiva, a atravesarlo rápidamente.

El puente por el que Alfonso XIII abandonó el Caminito. El puente por el que Alfonso XIII abandonó el Caminito.

El puente por el que Alfonso XIII abandonó el Caminito. / Javier Albiñana

Las vías de escalada llaman la atención del guía. Tanto el cañón Gaitanejo, como el Gaitán, de mayor caída, contienen innumerables vías de escalada y Fali las va nombrando una a una, mientras enumera cuantas de ellas ha conseguido finalizar. La pared de la pasarela de madera del Caminito está en la actualidad vetada a los escaladores, pero enfrente, donde sí está permitido, se ve a dos en pleno ascenso. Al llegar a El Recodo se detiene: “todas estas vías me las he hecho yo”. Ante lo que una de las visitantes del sendero se muestra horrorizada, lo ve muy peligroso.

Fali señala una de las vías de escalada enfrente del sendero. Fali señala una de las vías de escalada enfrente del sendero.

Fali señala una de las vías de escalada enfrente del sendero. / Javier Albiñana

Llega su faceta reivindicativa y Fali habla entonces de posibles soluciones para quienes echan de menos estos ascensos; quizás los lunes, cuando el recorrido permanece cerrado al público para las tareas de mantenimiento, podría intentarse negociar el acceso de escaladores, comenta. Cuestión a proponer, por si fuera posible. Quién sabe si la empresa que gestiona las visitas del Caminito –la UTE Hermanos Campano y Bobastro 2000– no está dispuesta a explorar esa posibilidad.

Vista del parte de la pasarela del Caminito. Vista del parte de la pasarela del Caminito.

Vista del parte de la pasarela del Caminito. / Javier Albiñana

La parte más dura del Caminito es para Fali el final del recorrido, justo antes de llegar al puente colgante. Sin decir una palabra, casi sin mirar, pasa por delante de una placa en memoria de los tres escaladores que murieron allí en el 2000 , y levanta el puño. Pudiera pasar desapercibido, pero para quien se fije, su nombre es el primero de una larga lista de amigos de los fallecidos que figuran en el homenaje.

Mucho antes, en el valle de los naranjos –insiste en que sobre el papel se llama El Hoyo–, en la parte del sendero entre las dos pasarelas de madera del recorrido, relata los seis meses que estuvo viviendo en una tienda de campaña que instaló justo allí. Hasta el día, hace ya 12 años, cuando empezó a convertir su hogar en una de las casas-cueva del entorno, porque hay bastantes, algunas aún visibles durante el recorrido, de vecinos que fueron realojados en casas en el pueblo después de la construcción de la presa. Ni siquiera es necesario preguntarle por los motivos, la pasión que desborda con cada una de las palabras con las que describe no solo el sendero de fama mundial sino todo el paraje de El Chorro y los pantanos revelan por qué ha hecho del Caminito del Rey su vida, por qué vive en él.

El valle de los naranjos. El valle de los naranjos.

El valle de los naranjos.

Antes de dar por terminado el recorrido oficial, es hora de cruzar el puente colgante. 

Últimos metros hacia el puente. Últimos metros hacia el puente.

Últimos metros hacia el puente. / Javier Albiñana

Fali y su padre en una imagen antigua, cruzando desde la pasarela. Fali y su padre en una imagen antigua, cruzando desde la pasarela.

Fali y su padre en una imagen antigua, cruzando desde la pasarela.

El puente colgante del Caminito. El puente colgante del Caminito.

El puente colgante del Caminito. / Javier Albiñana

Aún sin llegar a la caseta de control de la zona sur, Fali se desvía, sube y sigue subiendo hasta su casa. En una mesa de lo que se podría llamar su terraza, junto a la puerta de entrada, un azulejo que reza Picadero, el apodo con el que ya ha sido renombrada su casa en la roca. Lo encontró desescombrando una de las tres habitaciones con las que cuenta su cueva. Salón, cocina, un dormitorio en la parte más alta y un pequeño porche construido con sus propias manos. No vive solo, lo acompañan Ra, su perro, y Manolo, su gato, al que compara con Garfield. Poco más necesita. Con un generador de electricidad, con el que por un euro de gasolina le da para tres horas de luz y un salto de agua también recuperado por él con la fuerza suficiente como para encender el calentador y darse una ducha tiene solventados los problemas de suministros. Porque “las cuevas son térmicas, siempre se está bien dentro”, así que no necesita calefacción ni aire acondicionado. Y luego está el huerto, que ahora tiene un poco descuidado, su amigo Salvi, que se une a la excursión en ese momento, le regaña y empiezan a discutir sobre el modo de recuperarlo con algo que no resulte muy caro de plantar, fresas, quizás.

La entrada a la casa-cueva de Fali. La entrada a la casa-cueva de Fali.

La entrada a la casa-cueva de Fali. / Javier Albiñana

El salón de la cueva. El salón de la cueva.

El salón de la cueva. / Javier Albiñana

Acaba el Caminito pero para quien tenga ganas de más, Fali empieza a relatar las opciones que el entorno de los pantanos ofrece y de curiosidades desconocidas. Lo hace mientras degusta el plato de la casa de La Ermita, donde también está instalada la sede de su empresa. Habla de las ruinas de Bobastro, de la ruta mozárabe, de ir a escalar, de ver nidos de buitres, de hacer rápel; al día le faltan horas. Habrá que repetir, hay ganas de más.

En las ruinas de Bobastro. En las ruinas de Bobastro.

En las ruinas de Bobastro. / Javier Albiñana

De niño en las mismas ruinas. De niño en las mismas ruinas.

De niño en las mismas ruinas.

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