La tormenta perfecta

  • El ministro que se las tenía más tiesas con el PP y pisaba cualquier charco

Si Francisco Quevedo escribió de aquel hombre a una nariz pegado, nuestro flamante ex ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo estaba cosido a la polémica. Y además siempre dio la sensación de que le iba la marcha, de sentirse cómodo en la bronca inclemente de la confrontación política; una figura atrabiliaria acampada en el filo de la navaja que se acabó despeñando en la sierra de Jaén con unas cacerías donde unos han visto bandoleros y otros una demoledora casualidad, aunque la polémica tenía narices y la imagen del ministro y el juez a tiro limpio con la imagen de independencia de la Justicia se ha llevado por delante al torero que la pasada semana se despedía aclamado por el tendido socialista del Congreso y lanzando besos al grito alto, claro y grave de "claro que no dimito" que más de uno -igual hasta él- se creyó.

Ha estado dos años al frente del Ministerio de Justicia, donde relevó al canario Juan Fernando López Aguilar en febrero de 2007, que se marchaba a su tierra para presentarse como candidato a la presidencia autonómica. Quién sabe si los supersticiosos llevan algo de razón, pero tan cierto es que Bermejo tomó la cartera de Justicia un martes y 13 como que ha sido el primer ministro que presenta su dimisión a Zapatero durante sus cinco años de gobierno. No se sabe si estaba gafado, lo que está claro es que entre sus fetiches no están las gaviotas sino frases lapidarias como "ya luchamos en su día contra los padres de los que nos gobiernan y ahora lucharemos contra sus hijos", pronunciada obviamente cuando Zapatero estaba en la oposición y Bermejo -"un hombre de izquierdas que actúa como tal", según se autodefinió- al frente de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Un puesto que debió abandonar tras un sonado enfrentamiento con José María Michavila, entonces ministro de Justicia, por el rechazo de su futuro sucesor a los juicios rápidos. Un pulso que acabó con el cese de Bermejo y un odio africano mutuo, pues en ese punto se sitúa el germen de esa hostilidad tan exquisitamente recíproca que le profesan los populares, que no le perdonan que obligara a Michavila a declarar dos veces ante el Tribunal Supremo antes de ser absuelto de vulnerar el honor de Bermejo. Vaya par de dos, que Michavila fue sancionado por el PP por hacer novillos en el Congreso de los Diputados...

El caso es que lo de nuestro hombre es llegar al poder y besar el santo y no hubo que esperar más que a su primer discurso en calidad de miembro del Gobierno para que se desatara una tormenta perfecta con el PP que se ha merendado a todo anticiclón que se presentara durante estos 24 meses. No podía ser menos en tanto en cuanto que Bermejo debutó acusando a los populares de no aceptar su derrota en las urnas al tiempo que arremetía contra la "falta de legitimidad" del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), pendiente entonces de una renovación que se demoró hasta el pasado septiembre y no precisamente gracias a los buenos oficios del vitriólico ministro.

Un tipo duro, un guerrero que pelea a pecho descubierto había llegado al Consejo de Ministros, un arrebato que muchos vieron como un mal necesario para desatascar sin contemplaciones un CGPJ con una numantina mayoría conservadora que no hacía más que poner palos en las ruedas de las iniciativas del Gobierno socialista y que debía arreglar el entuerto (se las apañó) de una mayoría conservadora en el Tribunal Constitucional que amenazaba la reforma del Estatut.

Bermejo se mete en todos los charcos y si hay que mojarse, se empapa: toma y daca sobre la ilegalización de ANV, negociación con ETA, onerosas reformas de su piso oficial, el caso Mari Luz, huelga de funcionarios del ministerio que dirige... Hasta los jueces se le han plantado y les amenazó con una ley antihuelga. Para chulo, él.

Nuestro viejo rockero -nació en la localidad abulense de Arenas de San Pedro en 1948- tocó en sus tiempos mozos el bajo en el grupo Los Cirros, una palabra cuya definición de la RAE da pistas sobre su carácter: tumor duro, sin dolor continuo y de naturaleza particular. El caso es que el viejo cirro se despidió del poder mansamente y sin dar cornadas, quizá dolido sobremanera por las puyas de los suyos.

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