El último corazón del gigante

  • Pues sí: yo también vi una reposición de 'Ben-Hur' en pantalla grande cuando fui niño con un bocata de tortilla de patatas l La memoria del siglo pasado es inevitablemente cinematográfica, pero en Málaga sólo el cine Albéniz la mantiene encendida l El alcalde desea su continuidad l ¿Y el mundo?

CUANDO yo era niño, que lo fui, mi padre me llevaba al Cine París, en la Cruz de Humilladero. Allí vi El libro de la selva y 101 dálmatas. Luego convirtieron la sala en un bingo decadente y muy español, así que E.T. la vi con mi viejo en el Aleixandre, en Armengual de la Mota, y Superman III en el Coliseum, allí cerquita. La primera vez que fui solo al cine, a mis 10 bravos años, con el dinero justo de la entrada y mis ínfulas de adulto en ciernes, vi una película que no recuerdo (no puedo asegurar al cien por cien que fuera la de los Masters del Universo) en el América Multicines, espacio que acogió mis atormentados domingos matinales de la adolescencia en busca de algún consuelo en películas americanas. Muchos años más tarde, éste nos recibió a Manuela y a mí la primera vez que fuimos al cine juntos. Poco después lo cerraron. Hoy ya no existe ninguno de estos sitios, así que mi hija no podrá ver a sus actores favoritos en las mismas pantallas que yo frecuentaba. Dirán que me estoy poniendo muy familiar, pero es que, inevitablemente, la gente de mi quinta tiene un recuerdo del cine muy casero, como de acontecimiento doméstico. Yo también asistí, precisamente en el América Multicines, a una reposición de Ben-Hur con mis padres y un bocata de tortilla de patatas para aguantar el tirón. Estrictamente, en Málaga sólo queda un cine en pie: el Albéniz, en calle Alcazabilla, sobrevive contra viento y marea y regala un vivo montón de recuerdos a quienes se atreven a penetrar en sus penumbras. Todos los que han venido después no son tanto cines, sino multisalas en centros de ocio. En mi infancia no visité mucho el Albéniz: a veces iba a la biblioteca de la Casa de la Cultura y me dejaba caer si era el día del espectador, pero, cada vez que pasamos por la puerta, mi madre me recuerda todavía que allí vio Lo que el viento se llevó, y que para la ocasión clavaron un cartel enorme en la fachada con un Clark Gable arrebatador. Y cada vez que me lo suelta me corroe cierta envidia, pero cuando se lo digo ella me responde que mejor no, que aquellos tiempos no fueron precisamente buenos y que el cine es de lo poco amable que le queda de entonces.

La última vez que fui al Albéniz, poco antes de fin de año, vi La huella, la nueva versión que se atrevió a hacer Kenneth Branagh del clásico de Mankiewicz, con Michael Caine en el antiguo papel de Laurence Olivier y Jude Law en el antiguo papel de Michael Caine. El ambiente en la sala era familiar, con un público mayoritariamente veterano que seguramente había visto la producción primigenia, quizá entre aquellas mismas paredes, y había acudido con una mezcla de nostalgia y curiosidad, a ver si revivimos aquello, seguro que no es tan buena. No, claro, no es tan buena. Detrás de mi butaca, un matrimonio de jubilados alababa a Caine pero echaba de menos a Olivier, y yo echaba de menos a los autómatas, porque las luces de neón me cansaban un poco. Y entonces caí en la cuenta de que, efectivamente, ellos habían visto la película de Mankiewicz en el Albéniz y yo en el vídeo, que ha sido mi puerta de entrada al director de Eva al desnudo y a Otto Preminger, John Ford, Akira Kurosawa, Stanley Kubrick, John Huston, Charles Chaplin, François Truffaut y Billy Wilder. Maldita juventud la mía.

Me queda, al menos, el bocata de tortilla. Y a muchos el alivio de encontrar una escapada en una película de amor o de tiros. Por eso me alegra que el alcalde quiera que el Albéniz continúe, aunque sea sin Cinemateca y aunque por debajo salga Fenicia entera. La memoria es mucha. Los elegidos, pocos.

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