Los otros usos del botox

  • La toxina botulínica se emplea para reducir el agarrotamiento muscular que provocan algunas enfermedades · Los pacientes van desde los 3 a los 80 años

Hay quienes usan el botox para quitarse las arrugas y tratar de frenar, al menos en apariencia, el envejecimiento. Pero la toxina botulínica -su nombre auténtico ya que el otro, aunque más conocido, es el de una marca farmacéutica- tiene otros usos. Desde hace tiempo se emplea en Medicina para distintos tratamientos. Por ejemplo, alivia el agarrotamiento muscular provocado por determinadas patologías. "Lo que para unos es estética, para otros es recuperar bienestar y mejorar ciertas funciones", reflexiona la responsable de Rehabilitación del Hospital Carlos Haya, Marina Tirado.

El tratamiento consiste en inyectar selectivamente la toxina según las necesidades de cada paciente. "Donde pinchamos, provocamos una parálisis muscular", explica la médico. El resultado es que disminuye el tono y el músculo se relaja.

La sustancia comenzó a utilizarse en Estados Unidos a principios de los años 80 para ciertos espasmos del ojo. Desde entonces, las indicaciones han ido en aumento y aportan soluciones a problemas que antes no lo tenían. Y en muchos casos, nada banales: hay personas en las que la espasticidad (agarrotamiento) les ocasiona caídas porque tienen afectados músculos de las extremidades inferiores.

Después de cuatro años de utilización de la toxina con fines terapéuticos, Tirado hace un balance positivo: "Va bien, tiene poquísimos efectos secundarios, facilita la fisioterapia, es bastante eficaz para lo que se pretende y disminuye el dolor". Este último efecto no es nada despreciable ya que dos de cada tres enfermos sufren dolor de mayor o menor intensidad. En rehabilitación, la toxina se utiliza justamente para tratar el dolor y la espacticidad provocada por daños neurológicos.

Antes los pacientes no tenían esta opción de tratamiento. Es un avance médico, pero que tiene su coste. Cada ampolla de la toxina vale unos 150 euros. Unos pacientes necesitan una y otros cinco. Es decir, que cada sesión por enfermo puede oscilar entre esa suma y los 750 euros. "Algunas mañanas pinchamos 14 ampollas", precisa Tirado. Y los efectos son temporales. Duran de tres a seis meses; después hay que repetir el tratamiento. Por eso, en 2008 el gasto total en esta sustancia sólo en el Servicio de Rehabilitación del hospital ascendió a 64.000 euros.

Pero la mejoría de los pacientes justifica la inversión porque la espasticidad dificulta el aseo, la movilidad y la fisioterapia, además de provocar dolor, alteraciones en la piel y, a veces, impedir que un enfermo que ha cogido un objeto pueda soltarlo luego. La toxina es eso, tóxica. A grandes cantidades es la causante del botulismo, enfermedad que puede provocar la muerte por parálisis de los músculos respiratorios. Esta patología está causada por una bacteria. Pero lo que en grandes dosis mata, con mínimas e inyectado en músculos muy concretos tiene efectos terapéuticos.

Los pacientes son muy diversos. Desde niños de 3 años con parálisis cerebral hasta mayores con 80 años que han sufrido un deterioro neurológico a consecuencia de un ictus. Tirado cuenta que en los críos con parálisis cerebral, inyectando la toxina se logra relajar los músculos y retrasar y, en algunos casos, evitar la cirugía que suele ser necesaria para alargar los tendones. No todos los pacientes son susceptibles de beneficiarse del tratamiento. Por eso, lo primero que hace el equipo es una valoración de cada caso. Aquellos que son candidatos, son inyectados en una segunda cita. Luego se les llama para una revisión a las cuatro o seis semanas y finalmente a los tres o seis meses, para repetir el tratamiento.

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