La vida en la frontera

  • El barrio que mejor representa la expansión de la ciudad es también su ala más moderna, un paisaje que busca sus raíces entre la saturación del tráfico, la vena abierta de las obras del Metro y la crisis económica

No hace muchos años, el área de Teatinos, que debe su nombre a la orden religiosa que se instaló en sus dominios allá por el Siglo de Oro (aunque aquí la leyenda también hace de las suyas), era un asentamiento de chabolas marcado en negro en el mapa vital de la ciudad. Luego llegaron el recinto ferial y la Universidad, aunque a la zona le costó notablemente desprenderse de su categoría maldita: hace tres décadas, pretender vender un piso en la próxima Portada Alta constituía motivo de ruina. Nadie lo diría paseando hoy por sus calles amplias, sus jardines, sus plazas, los espacios dignos del más alto concepto de urbe moderna que se abren más allá del puente de la Barriguilla. Málaga necesitó su alivio de expansión cuando el suelo entre El Palo y la Carretera de Cádiz se hizo demasiado estrecho y lo encontró en este otrora territorio inhóspito que hoy sirve a la urbe de frontera humana y psicológica. La Universidad sigue siendo su mejor aliado, pero el principal reto de este barrio es todavía definirse como tal, echar raíces, servir de hogar común y compartido a sus habitantes como marca. Los vecinos han demostrado, en este sentido, un proverbial empeño, mediante una de las asociaciones más activas de la capital y la puesta en marcha de mecanismos propios de articulación e información, como una página web (www.teatinos.com) que recoge noticias, convocatorias y diversos elementos de interés.

La sensación que fluye al emprender un paseo por Teatinos es extraña. Como corresponde a los barrios modernos, todas las viviendas están construidas hacia dentro, con portales discretos y herméticos alzados como guardianes celosos de urbanizaciones, piscinas y jardines. En la mayoría de estos edificios, los porteros electrónicos funcionan a base de complicados códigos numéricos: no basta con llamar al piso, hay que introducir la clave. El factor ciudadano juega así a ocultarse en cajas fuertes, pero por lo general los vecinos admiten que Teatinos es un barrio tranquilo y seguro. La arquitectura se convierte en uno de los mejores aliños del tránsito, con ejemplos recientes como la flamante nueva Escuela de Arte Dramático, alzada en la calle Béla Bartók y llamada a convertirse en verdadero agente dinamizador del mismo; la Ciudad de la Justicia, eje que ha derivado a estas lindes buena parte del peso burocrático de la capital; y otros como la sede de la Fundación Fondo de Formación y Empleo de la Junta de Andalucía y la imponente estructura de cristal que somete a la esquina de la calle Mallarmé y la Avenida Jorge Luis Borges. Sin embargo, lo más notable en este rincón a ojos del caminante es el cielo abierto, que ofrece desde las explanadas respetadas entre las manzanas perspectivas inéditas en cualquier otro punto de Málaga: un manto azul entero y limpio que se pierde en el horizonte y que, en días luminosos como el que nos ocupa, se concilia en los ojos con el cemento, el acero y el vidrio. Al regresar la mirada al suelo se topa con la vena abierta de las obras del Metro, que se extiende como un socavón faraónico por la misma Avenida Jorge Luis Borges. Los vecinos aguardan el medio de transporte con especial impaciencia: "Ir desde aquí al centro en hora punta es un suplicio", apunta una señora que pasea a su perro, abrigado con un forro rojo hasta las cejas. "Los autobuses funcionan con regularidad pero los atascos son enormes, y quienes se desplazan en coche propio no lo tienen mejor". El Metro supondrá, sin duda, una mejora de la situación, pero sus obras constituyen en la actualidad buena parte del problema. Un joven trajeado que camina muy deprisa se detiene un momento y lo explica: "Desde que cortaron el acceso de la autovía a Herrera Oria y la salida que había desde aquí hasta Torremolinos, el tráfico es un caos. Ahora, tanto para salir del barrio como para entrar en él hay que dar un rodeo enorme y meterse obligatoriamente en el atasco de la Universidad. Parece que la salida a Torremolinos se va perder definitivamente, y desde luego quien ha tomado esa decisión no ha pensado en nosotros".

Los parques y jardines públicos de Teatinos, los que salen al paso en el bulevar Louis Pasteur y en calles como Pablo Gargallo y Franz Kafka, parecen más bien anchuras verdes de las aceras que riberas dictadas para el esparcimiento. Por ellos se ven sobre todo familias jóvenes, familias con bebés, solitarios con mascotas, profesionales de los sectores más prestigiosos y en alza. No es raro encontrar en las cafeterías usuarios de internet con sus portátiles en ristre mientras devoran un pitufo. Hay estudiantes, claro, de paso o bien en su cotidiano quehacer, ya que los universitarios siguen teniendo aquí una de sus primeras explotaciones de alquileres, a pesar de que los precios no son precisamente populares. La gigantesca Ciudad de la Justicia es culpable de buena parte del vaivén, y también de que muchos decidan aparcar sus automóviles en las aceras o en doble fila. Apenas se dejan ver inmigrantes ni rasgos proclives a la diferencia: el perfil nacional-católico no es el medio, sino casi el único. Y sorprende ver en algunas de las avenidas más transitadas pintadas racistas en las puertas de algunos comercios. Aquí Teatinos también revela sus contrastes: se asiste, por lo general, a un enclave limpio y decente, pero calles como Frank Capra están inexplicablemente sucias. Y no sólo en el solar contiguo que sirve de enfangado parking, también en la acera contraria, la más transitada, donde las bolsas cerradas o destripadas y esparcidas se acumulan pérfidas entre las baldosas.

Preguntado por los problemas más graves de los vecinos, el propietario de la cafetería La Fenicia responde al instante: "Las hipotecas". Hombre, ese problema es universal. "Pero aquí es mucho más común. En otros barrios de Málaga como Miraflores de los Ángeles y Carranque las casas, como son más antiguas, ya están pagadas. Pero aquí las viviendas son recientes. La mayor acumulación de hipotecas de la ciudad se da aquí y, por tanto, también se cuenta el mayor número de familias que no han podido hacer frente a la crisis y han tenido que deshacerse de sus casas". Tiene razón: los carteles de Se vende y Se alquila proliferan por toda suerte de ventanas y balcones. Y muchos de los comercios que encontraron en esta extensión la suya propia, para satisfacción de los pioneros que se instalaron cuando aún tenían que coger el coche para comprar el pan, anuncian su traspaso con lastimosa decadencia. Los males de la sociedad contemporánea, en fin, se revelan aquí con especial incidencia. En una frontera que quiere ser corazón.

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