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Descabello (3-2)

  • El Málaga despeja todas las dudas de descenso en Riazor

  • Con 2-2, En-Nesyri cabeceó al larguero

Rosales, abatido al finalizar el encuentro en Riazor. Rosales, abatido al finalizar el encuentro en Riazor.

Rosales, abatido al finalizar el encuentro en Riazor. / EFE

No está tan mal perder en Riazor para el Málaga. Es casi una liberación para todos los que sostenían la esperanza con los dedos del alma, empujando la puerta con la otra mano para que no entrase la realidad. Este descabello corta el sufrimiento de raíz. Así, al menos, se podrá empezar a pensar en la temporada que viene. Y dada la realidad del club en todas las parcelas, la limpia debe ser absoluta para que el objetivo sea volver en un año a Primera después de esta década prodigiosa. 

No es un comentario gratuito. No son pocas las instituciones que han bajado dos peldaños consecutivos por empeñarse en hacer de los errores una capa de virtudes que no existen. Y el Málaga no está en buenas manos. El dueño y presidente lleva toda la semana, la trascendental semana, la semana del tan cacareado milagro, liado con peleas de patio de colegio con políticos y pequeños accionistas. 

Escondido en Catar y gobernando a golpe de capricho y DM (mensaje de Twitter), deja el cortijo en manos de dirigentes que están incluso más a gusto que él en la cueva. Pensando que algún día escampará y podrá salir a lucir palmito al sol, a seguir viviendo de la mediocridad, como si de un hijo de Tormes se tratase. La picaresca es pan para hoy y hambre para mañana. Y mañana es hoy. Y hoy es Segunda. Y el pan encima se lo reparten cuatro.

Pero ay, cómo engaña a veces el fútbol, que te manda espejismos para alimentar sueños aunque sepa que la alarma está a punto de sonar, dejándote con la amarga realidad a los pies de la cama. La redención está en el verde, en un suspiro. Casi no había empezado el partido y En-Nesyri había habilitado a Diego Rolan, que se metió en el área y tomó la peor decisión dos veces consecutivas. Una intentando pasar al marroquí con el exterior y la segunda, jugándosela y fracasando en el intento.

La réplica del Dépor nos enseñó por qué el Málaga, este Málaga, anda como anda. Luis Hernández cometió penalti sobre Lucas Pérez. Eso no tiene por qué ser algo reseñable. Entra dentro de lo posible. Ver la acción produce escalofríos. La manera de defender del central del Málaga, corriendo de espaldas al balón, dejando que le dé en la espalda, permitiendo al delantero quedarse en  una situación manifiesta de gol... No se pueden más añadir calificativos.

Hasta el 1-1, lo más emocionante fue un disparatado intento de En-Nesyri, que tiró desde más de 30 metros, como si tuviese la capacidad y la jerarquía para tal osadía. Y el gol tampoco es que llegase desde las sensaciones. De hecho, el Málaga sumó uno sin sumar ocasiones. Un córner botado por Miquel y rematado hacia su portería por Guilherme, con la colaboración inestimable de Rubén, con el rango de un portero de futbolín. 

A falta de fútbol era noche de emociones. Tras un buen puñado de llegadas (algunas verdaderamente peligrosas), el Dépor se salió con la suya. Mosquera entró por la franja derecha y asistió hacia atrás, donde Adrián, otro ex que estaba frito por volver en verano, lo tuvo fácil. 

Samu García, que se lamentaba de un despeje defectuoso que llegó a Mosquera en ese 2-1, se sacudió el mal fario con un centro monumental que Rolan convirtió en el 2-2 de un magnífico toque. Pero los brotes verdes, como estos empates o como el cabezazo al larguero de En-Nesyri, en este Málaga, tienen las raíces muertas.

Adrián se imitó a sí mismo, esta vez recibiendo el servicio del recién entrado Valle por el flanco izquierdo. Y se acabó lo que se daba. 3-2 contra el penúltimo, que evita comparaciones y deja claro que el peor equipo de toda la Primera División es el Málaga, por si alguna vez hubo dudas.

Luego llegaron las explicaciones de José González, que rozan la vergüenza ajena. Pero no, ya no es culpa del gaditano lo que sucede. Es culpa de quien le deja las llaves del barco para que termine de encallar y así no admitir su cuota de responsabilidad. Que eso sí es muy de Málaga, echar la culpa a cualquiera menos a uno mismo.

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