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Con la mágica receta de Peiró

  • El Málaga del 99 que conquistó el Camp Nou llegaba antepenúltimo y tras siete jornadas sin ganar

  • Aprovechar que la presión era para el Barcelona y así liberar el potencial, clave aquel día

Joaquín Peiró posa para Málaga Hoy en la capital de España. Joaquín Peiró posa para Málaga Hoy en la capital de España.

Joaquín Peiró posa para Málaga Hoy en la capital de España. / m. h.

En los últimos años, a pesar de que el Real Madrid está opacando al Barcelona tanto en España como en Europa, si hay una bestia negra para los azulgranas, esa es el Málaga. En La Rosaleda y el Camp Nou han caído varias veces los catalanes. Y aunque pueda sonar quimérico que este Málaga puntúe ante este Barcelona, el aviso queda ahí. También la fórmula mágica de Joaquín Peiró, que un 7 de noviembre de 1999 cambió el curso de estos encuentros y, de manera simbólica, puso la pica del cambio: sus jugadores llegaban antepenúltimos a Can Barça y encontraron allí una pista de despegue después del inolvidable 1-2.

El pesimismo también era compañero de viaje en esa expedición. Con el agravante de que Peiró sí se veía seriamente cuestionado, al contrario que un Míchel que ha recibido en público y en privado el arrope de su director deportivo. Un empate en casa con el Valencia había permitido abandonar el farolillo rojo (en detrimento del Sevilla) tras haber perdido 2-1 en Mallorca, pero las dudas eran claras. Por enlazar siete jornadas sin triunfo y por ser un recién ascendido. Pero la conquista del Camp Nou dio alas: en las siguientes diez jornadas solo hubo dos derrotas y se esfumaron los miedos.

Desde aquel triunfo, el equipo solo sufrió un par de derrotas en los siguientes diez choques

Cómo lo lograron Peiró y los suyos tuvo de todo un poco. Extramotivación propia, relajación del rival, un inicio fulgurante y esa dosis de suerte que siempre se necesita en estadios así. Sin embargo, los protagonistas de aquel milagro siempre destacan dos claves que el entrenador madrileño les transmitió en su momento: que el partido estaba perdido de antemano y que aprovecharan, ya que por una vez no tenían la presión de ganar, para intentar disfrutar en un campo así.

Fue una receta muy recurrente del viejo lobo. "Estos partidos los vamos a perder jugando bien y jugando mal. Así que juguemos bien para que al menos hablen bien de nosotros". Así solía ser el mensaje de Peiró a sus futbolistas en Barcelona y Madrid. Y les salía bien. En el Camp Nou, de hecho, tardaron 13 minutos en aplicarlo. A los 8 minutos Agostinho y cinco después Valcarce, clavaron dos aguijones con un fulgurante juego a la contra. El mensaje de que toda la presión era para el Barcelona, donde ni por asomo se contemplaba que siquiera cedieran un punto, había calado.

Desapareció el Málaga impotente e ineficaz de las jornadas anteriores ante el Valladolid, el Deportivo o el Athletic, que remontó un 3-1 en La Rosaleda menos de un mes antes. La ambiciosa puesta en escena sorprendió a los de Louis Van Gaal. No obstante, en un córner Bogarde recortó distancias casi a la media hora y desde entonces tocó más guardar la ropa que nadar. Pero aguantó en pie un Málaga que ahí encontró su punto de inflexión para la temporada. Justo lo que necesita esta versión blanquiazul 18 años después.

Desde entonces cayeron varias goleadas en contra (5-1, 4-0, 6-0), pero en los últimos años el Málaga provoca dolor de cabeza allí: 0-1, 1-0 y 0-0 (en ese periplo cabe añadir otro triunfo y otro empate en La Rosaleda). Y aunque igualmente con épica, nunca el Málaga volvió a jugar contra el Barcelona tan necesitado como aquel 7 de noviembre de 1999.

Este equipo blanquiazul no tiene la velocidad de los Valcarce, Agostinho o Rufete, ni la consistencia de Movilla o De los Santos y la magia de Sandro. Sin embargo, sí dispone del camino trazado aquel día desde el que intentar igualar la gesta. Tan imposible como parecía aquella.

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