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La vergüenza es otra cosa

  • Partido infame del Málaga con el Alavés, que golea en La Rosaleda

  • El público la tomó con Rosales tras el 0-1 y José le defiende señalando a otros

Ignasi Miquel, tirado en el césped después de intentar sin éxito evitar el 0-2 del Alavés. Ignasi Miquel, tirado en el césped después de intentar sin éxito evitar el 0-2 del Alavés.

Ignasi Miquel, tirado en el césped después de intentar sin éxito evitar el 0-2 del Alavés. / fotografías: marilú báez

Andrés h rosales lluis Hdez. l

Miquel l

D. González l

Lestienne H

Lacen l

Iturra, 65' l

Adrián l

Rolan l

Bueno, 81' l

En-Nesyri H

Ideye l

Bastón, 46' l

Pacheco H

Alexis H

Ely H

Maripán H

Diéguez l

Martín, 46' H

Víctor H

Burgui, 61' H

D. Torres HH

Manu HH

Ibai HHH

Demirovic HH

Guidetti H

Wakaso, 75' l

La vergüenza es otra cosa. La vergüenza es respetar tu profesión porque es la única manera de respetarte a ti mismo. La vergüenza es convertir el sudor en sangre porque así lo exige la palabra vergüenza. La vergüenza es agachar la cabeza si te señalan después de casi un treintena de ridículos. La vergüenza es hablar después de un partido infame porque es lo mínimo que merece la gente que paga una entrada y que contribuye a hacerte un millonario. La vergüenza es dignificar un escudo aunque lo hayas pisoteado tantas veces que no queda una punta sin arruga. La vergüenza es no pensar en cortes de pelo, redes sociales y otras banalidades cuando estás llevando a un club histórico a un pantano del que no sabe muy bien si podrá volver a salir. La vergüenza es una palabra que le queda grande a José González y a la gran mayoría de los futbolistas. Lo mismo que al presidente y todos los que van justo detrás de él. La vergüenza en Martiricos encuentra muy pocos aliados en césped y despachos.

José González, después de la infame actuación del Málaga contra el Alavés, volvió a demostrar que su manejo de la escena está muy por debajo de su desempeño como técnico, que ya es decir. Quiso contar cosas entre líneas pero no se atrevió a poner nombres y apellidos. En su defensa a Rosales, con quien el público se ensañó desde su grosero error en el 0-1, dibujó una diana pequeñita: "Hay un grupo de jugadores que están dando la cara". Lo que viene a decirnos que pone a los que pone porque hay otros que se esconden. Y a partir de ahí que corra la imaginación.

Quizás este sea uno de los problemas de base de este Málaga. Ya no como equipo, sino como institución, el miedo a llamar las cosas por su nombre. Nadie hace pedagogía de club y parece que todo el mundo prefiere nadar hacia dentro que coger un remo. Un hábitat de supervivencia enrarece la naturaleza de las cosas.

Escuece la derrota ante el Alavés porque el fútbol, llegados a este punto, es más una cuestión de vergüenza y respeto que de otra cosa. El Málaga tiene la obligación de salir con intensidad, sobre todo ante su gente y ahora más que nunca. Porque los aficionados blanquiazules no son tontos y hace tiempo que entendieron que espera una nueva vida más mundana en Segunda. Lo que les indigna es la desafección que emana de la mayoría de los jugadores, la sensación de indolencia. Pero, ante todas las cosas, rabian porque nadie cimenta.

La de ayer no fue la peor entrada de la temporada porque los números se maquillaron con niños. Infantes ilusionados, para muchos la primera vez que pisaban La Rosaleda y la primera vez que podía ver un partido de Primera División en vivo. Algunos todavía no tienen formada una opinión, desarrollado un gusto, cosidos unos colores. Y una de las guerras del Málaga pasa por rescatar a los más jóvenes de las garras del duopolio Madrid-Barcelona y ocupar un espacio en su propia ciudad que le permita tener una entidad que trascienda dueños, entrenadores, futbolistas y políticos.

La baja entrada en La Rosaleda no impidió un nuevo juicio sumarísimo. Evidentemente, con menos fruición que el partido inmediatamente posterior al descenso, pero con los mismos señalados. Presidente, director deportivo, entrenador y jugadores. La Rosaleda está siendo todo lo justa que puede y está siendo más light de lo que suelen ser otras aficiones, incluso, en situaciones menos sonrojantes que la actual.

Con todo lo que lleva sufrido, no todo son pitos, eso hay que destacarlo. Porque cuando Lestienne o En-Nesyri se dejan la piel, se llevan su aplauso. Hasta algunos que no lo merecen como Lacen o Rolan se fueron premiados al vestuario cuando se les sustituyó. Así que queja pueden tener poca. La Rosaleda no quiere pinturas de guerra, quiere aplaudir, como hizo a Ibai López después de firmar el 0-3, un golazo de autor pintado con una rosca infinita que viajó de la esquina del área a la esquina de la escuadra. Al futbolista vasco, que poco antes había enviado a Demirovic el balón que permitió el 0-2, la afición malaguista le premió con aplausos.

Eso es lo que quiere Málaga, fútbol, motivos para que merezca la pena el trayecto de una mano a otra y poder repetirlo hasta que duela. Pero este equipo, que da la sensación de ser peor tras los fichajes de invierno que antes de ellos (que ya es decir), se empeña en generar antipatía entre los suyos. Por la falta de carácter y presencia, por la ausencia de solidaridad y liderazgo, por la indolencia clavada en el tuétanos. Por los que se borran, que no son sólo algunos jugadores. También los Al-Thani.

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